Por Ramiro García Morete

“En algún momento vas a ver todo sereno como el mar de noche” (“Tropical”, Caracas, 2017). Ramiro camina todos los días por todos lados. Como si sus piernas extensas (o patas largas, para evitar eufemismos) hubieran sido calculadas para ello. Cuando viaja a otra ciudad también se pierde en las calles. Pero no de lo que lo rodea. “Allí está la materia prima de las canciones”, asegura. Y quizá la más concreta de las miradas políticas, aunque no lo exprese en modos dogmáticos. “Y las canciones las compongo caminando”, entona y cita riéndose aquel verso de Calamaro. “Hay algo ahí en tu paso y ese pulso después se transforma”, teoriza con la misma serenidad que un mar de noche. Y no es que no se agite en las profundidades, como el gigante océano. Más de una veintena de canciones para un inminente quinto disco hablan de una mente y un alma de sensaciones intensas y ganas constantes. “Decile al Flaco que tiene ganas”, fueron las palabras de un amigo común más de diez años atrás, cuando Martín y Matías tocaban jazz en Capital pero querían armar una banda de rock. Y Ramiro llegó con canciones que nunca concretaron el regreso de los Hermanos Macana (banda que supo tener con su amigo eterno Kubilai Medina). “Libros y gente” sonó en aquella sala en la casa de Diego en Villa Crespo y Ramiro sintió esa energía del tiempo presente. Pero entonces, como hoy, logra canalizar esa energía en lugar de ser desbordado por ella. Las ganas vueltas convicción, expresará más o menos. Del mismo modo que esos notables músicos economizan con sutiles arpegios y notables bases rítmicas en pos de la canción, las canciones de Ramiro saben ser simples sin ser ligeras, entre el existencialismo y la cotidianeidad… y mucho tiempo presente.

“Un corazón se rompe en todas mis canciones”, entona en “Qué hice”. Si un corazón se rompe en una canción suya, la sangre jamás nos salpica ni se refriega en su propia cara: o se sana o se sigue sin él. No hay lugar para la victimización ni para el sermón. Esa capacidad de simplificar envuelta en melodías adhesivas situó a la banda como una de las más convocantes de la ciudad, transversal no sólo en generar un público que supera los círculos rockeros sino también por el reconocimiento de muchos de sus pares. Sintetizar sería más adecuado para alguien que entiende que el estado del arte sabe ser dialéctico. Simple fue la elección del nombre, en un ascensor, poquito antes del debut en Ciudad Vieja en el frío junio de 2008, pensando en The Smiths o Los Rodríguez: “Pongámosle Pérez”. Síntesis sería evitar un teclado cuando se puede tararear “uh uh” y cantar que “una ola te va a llevar” sabiendo que otra ola te va traer de vuelta.

“Estamos terminando de mezclar dos temas que van a formar parte del próximo disco”, anticipa el cantante Ramiro Sagasti y cuenta que en el Ópera tocarán cinco de las casi tres decenas que tienen en carpeta. “Pero sólo irán ocho o nueve, para que no se eternice la movida”. En relación con su último material de estudio y lo próximo, Sagasti analiza: “Caracas tiene que ver un poco con explorar nuevos instrumentos. Empezás a componer distinto… Flasheás porque no estás acostumbrado y haces mil canciones. El elemento sorpresa te dispara la creatividad, como en cualquier modo de comunicación”. Y extiende: “También hay algo… el estado del arte que atraviesa a la sociedad. Hay una necesidad de romper con algo que venías diciendo. Algo dialéctico en el comportamiento humano y que atraviesa a las bandas. El cuestionamiento constante al ser humano”. Quizá por ello pasa algo así en lo nuevo: “Si bien puede haber puntos de contacto, es más despojado con los sonidos. Menos capas, que a la vez son grabadas como son ejecutadas. Más del vivo, de la sala. Si va un sonido es que se tocó directamente. Si usás un efecto te hacés cargo hasta el final. Creo que hay menos de medias tintas. Es mi lectura… no sé…”. Además de canciones propiamente dichas, habrá piezas instrumentales ligadas más “al cuelgue” que la banda también posee en vivo. Sobre los cambios de disco a disco y la falta de prejuicio, habla de “una banda ecléctica, bien de Argentina, un modelo de banda de rock pop que no es de género. Eso, más allá de alguna afinidad de estilo, te da libertad y no dejás afuera canciones porque la forma ‘no encaja’.”

“No me gusta ni hacerme la víctima ni el héroe –dice sobre las letras–. Ni que voy al cielo a bajarte las estrellas ni un pobre diablo castigado por el amor. Me gusta más estar en el medio. Nada es tan grave. Bueno, sí hay cosas graves: el genocidio… Pero después la postura ante los eventos tiene que tener cierta aceptación para poder enfrentarlos. Sino es una montaña muy grande para subir. Igual es como un anhelo. No necesariamente es eso que quieren las canciones ni uno tiene esa paz.”

“Es simplemente producto de la contemplación –continúa explicando el proceso de las líricas–. Como si encontraras la poesía mientras mirás y después la belleza de la palabra. Algo de la sonoridad. También en ese sonido hay un contenido. Pero básicamente tratar de transmitir las cosas que veo o siento y no el resultado. No sólo decir ‘triste’ y ‘contento’, sino tratar de trasmitir esa escena con sus acciones que me provocaron ese estado. Para establecer un diálogo… sino es un monologo.”

Ese diálogo se manifiesta en los conciertos con su público. “Hay un diálogo. No sé si es más especial que otro. O si cada uno tiene su manera. Hay una conexión. También hay algo que nos gusta mucho tocar. Estamos bien entre nosotros, lo disfrutamos mucho. Y se genera una onda.”

Sagasti afirma que la coyuntura afecta: “El contexto es como un elemento que determina el estado del arte. Más allá de que no hacemos canciones de protesta. Hay algo que el contexto genera que son movidas. Algunas pop y de evasión. O de ruptura o de agresividad sonora. A nosotros nos afecta y para mí está bien. Como artista me gusta empaparme del contexto”. Ese contexto posiblemente incida. “No podés hacer un disco de veinticinco canciones. No es sustentable. Te tenés que adaptar. Pero no lo vivo como una queja. Si bien es una mierda este gobierno, no me gusta la actitud quejosa sino el reclamo de derecho. Vivir como a uno le parece. Pero no desde el lamento. Si no podés hacer veinticinco canciones, hacés ocho… Juntás otra moneda y grabás otros ocho. Básicamente porque si no te quedás trabado.”