Por Ramiro García Morete

Tendría seis años cuando justo antes de subir al tren que iba a Córdoba cayó del andén y se rompió un diente. El viaje familiar quedó empañado y a través de la ventanita que se hacía en su boca pudo ver que era más la repercusión en sus padres que su propio dolor. A esa edad su verdadera ventana eran las historietas, desde D´Artagnan hasta toda la gráfica como Quino, Fontanarrosa y el dibujo. “Bastante atípico”, dirá sobre esa inclinación en una casa de padres científicos. Lo que no era atípico era su trazo: “Dibujaba bastante… mamarrachos. No era diferente a los otros chicos ni tenía un don especial”. Pero sí pasaba mucho tiempo con él, así como la nutrida biblioteca de un hogar donde había mucho lugar para la literatura y eso en lo que tanto confía: la metáfora. De a poco conjugaría todo ello para abrir mucho más la ventana generando un ojo crítico. “Desde el dibujo, hay cosas que te llaman la atención. Por ahí las orejas, ciertas cosas en la mirada. O a veces la actitud de la persona como si fuese de un barco. O de un árbol por cómo está plantado en el sueño. Un animal o un gavilán. Lo fui trasladando a lo que se ve, mezclar objetos, conceptualmente las personas con otras cosas.”

Esa mixtura se materializaría en un estilo que consagraría a Pablo Bernasconi como uno de los ilustradores más reconocidos del país: un imaginario basado en el collage digital y un juego lúcido sobre el sentido. Porque sus ilustraciones dicen pero jamás del todo, como si estuvieran conscientemente incompletas. Sus trabajos han sido publicados por medios como The New York Times o The Wall Street Journal, y además de ilustrar a diferentes autoras como María Elena Walsh o Elsa Bornemann, ha publicado catorce libros infantiles y cuatro libros de imágenes para adultos. Ese mismo concepto del sentido no resuelto y la metáfora fue el que se trasladó desde el libro Mentiras y moretones al escenario cuando junto a Eugenio Davide (actuación) y Pablo Ríos (guitarra) idearon un “concierto de literatura para grandes chicos”. Porque no sólo el público no está delimitado, sino tampoco las disciplinas: humor, música, teatro, dibujo en vivo, magia, poesía, narrativa. En un espacio austero y con un tono que elude tanto la soberbia como la condescendencia, se mezclan música, textos, dibujos y más donde el disparador son los miedos y las caídas físicas y simbólicas. Este domingo a las 19 hs en Sala Ópera (58 e/ 10 y 11).

“El espectáculo nace de una especie de interpretación del libro –introduce Bernasconi, quien en el espectáculo también toca el piano–. Y esa interpretación tenía ganas de llevarla al escenario de la forma más fiel a la estética, a los contenidos, a la parte narrativa que tienen mis libros. Cosa que no era sencillo. Muchos puntos no tenían traducción lógica, coherente. Sin embargo me rodeé de tres personas con las que pudimos darle forma y llevar un libro a una escena artística donde hiciéramos confluir las disciplinas. Todo eso llevado con la lógica de un espectáculo donde los tiempos tienen que ser diferentes y donde hay una búsqueda diferente del encuentro con el espectador directo.”

Dos años después, el espectáculo recorrió distintas provincias del país con excelentes repercusiones. “Es como un experimento, un legítimo descendiente de cualquiera de mis libros, donde esa estructura y esa narrativa es una sucesión de capas de sentidos sobre sentidos.”

“La idea se basa en cuentos separados sobre el tema de los golpes, del dolor, del porrazo… cómo con la metáfora se va interpretando y sanando. Entonces aparecen desde un astronauta a un elefante, una persona que se desdobla en sí mismo. Todo con tres personas que estamos vinculadas, actuamos, hacemos música y le damos al espectador para completar lo que no está. No nos disfrazamos de nada ni hay escenografía. Pero sí dibujos que se proyectan en pantallas gigantes, donde nos metemos. Hay un lugar muy grande para que el espectador complete con la imaginación. Eso es lo que propone la metáfora, donde yo sé que vos sabés que yo sé. Una búsqueda que hace cómplice al lector y al espectador.”

En tiempos donde parece regla la compulsión de estímulos, Bernasconi cuenta que trabajan “sobre nuestros propios ritmos. Más allá de que sean niños o adultos. Lo importante es la delicadeza, la mesura con la que planteamos conceptos bastante duros. Hay temas de la obra que son complejos. En eso encontramos que ambos lo toman de igual manera. Es lo amable de la metáfora. La bondad de la poesía. Que se acerca a grandes y chicos por igual de una forma respetuosa”.