“Al llegar a cada nueva ciudad el viajero encuentra un pasado suyo que ya no sabía que tenía” (Las ciudades invisibles, Italo Calvino). Un amanecer. Tan sencillo como poderoso, se trató de un amanecer. Aún cursaba en el Comercial San Martín y faltarían algunos años para probar suerte con XXX y con Cine. Si bien daba una mano en el taller familiar, aún no dedicaría sus mañanas entre herramientas, almanaques, mates, visitas y ese olor reconocible.

El mismo que aún se entremezcla con la antigua cafetería de la esquina, en la misma cuadra del club. Fue durante un viaje, bastante más corto que los que lo llevarían por distintos países del continente. Colón, Entre Ríos, con un amigo al cual dejó al llegar para hacer la suya. Y aquel anochecer, junto a buena compañía cuyo nombre se reserva por el bien de la leyenda, se volvió alba. Jamás había sentido la necesidad. Pero aquello que vio –o sintió– le despertó algo: quiso sacar una foto. Esa misma tarde, después de esas horas ideales, recibió un llamado: su abuelo Julio –el primer mecánico de los Barbera– había fallecido.

Raudamente volvió a La Plata, con emociones mezcladas y la convicción de estudiar fotografía. Se anotó en un curso de José Luis Mac Loughlin y le robó la Zenith E analógica a Edgardo, su padre y también mecánico. Doce o trece años después, alternando ambos oficios, ha desarrollado una notable sensibilidad para retratar y adentrarse en el gesto de no tan extraños. Con varios kilómetros a cuestas, equilibrio entre relato y color, Fausto Barbera condensa en Transeúntes el recorrido a través de las fotos que tomó… y aquellas que guardó para sí. Este viernes a las 20 hs expone en Tres Al Cubo (1 e/ 63 y 64), pero ya piensa en nuevos destinos. ¿Y qué es la fotografía –al igual que viajar– sino volver a descubrir el mundo pero bajo una luz nueva, como otro amanecer?

“He expuesto hace unos años atrás –introduce Barbera, en la pequeña oficina del taller–. Un ambiente muy lindo. Los chicos son muy buena onda, es hermoso y súper relajado” La muestra incluye un itinerario de año y medio iniciado en junio de 2017 que va desde el sur de Brasil, pasando por Bolivia, Perú, Ecuador, Colombia, México y Guatemala. “Cada país me generó distintas paletas. Cuba es súper colorido y a la vez no. Son coloridos los autos, el calor de la gente. Pero en cuestión de edificios es todo apagado. Hay edificios grandes o casas que no se pintan desde hace más de cincuenta años. Pero también lo envuelve el color del espacio. México también es muy colorido. Lo que más me llamó y donde más estuve es en comunidades indígenas. Más que todo en el sur de México, donde están los zapatistas.”

Respecto de una mirada política de esos países, considera que “inconscientemente sí hay. Porque yo también muestro esa realidad como a mí me parece. O lo que me gusta de ese momento. Ahí se abre a la crítica en el momento que mostrás la foto, que toma su camino, que la ven los demás, cada uno tiene su criterio”.

Si el fotógrafo de por sí desarrolla una mirada extrañada, en situación de viaje se potencia: “Sos un extraño y todo lo que ves es algo nuevo. Por lo menos a mí me ha despertado algo que quizás estando acá estaba trabado en mi trabajo. De no ver imágenes en la calle o colores. Muchas veces no la dejás plasmada en una plataforma digital o analógica, pero la ves en tu cabeza. Eso estaba medio perdido. Y viajando me despertó mucho”.

Para Barbera es fundamental generar un vínculo. “No tengo casi fotos robadas. Siempre se generó un vínculo con esa persona, de estar días compartiendo u horas. Que se dé una confianza y si esa persona se siente cómoda, hacer la foto” Y cuenta que “a una señora fui, le imprimí esa foto, se la llevé… y no le gusto. Porque no está acostumbrada. Algunas comunidades sienten que le roban el alma al fotografiarlas. Pero a la familia le gustó. ‘Dale, abuela’, le decían los nietos. Yo se la llevé como un recuerdo para que tenga en su casa”.

Barbera dice que le gusta más “o me sale mejor un retrato que una foto de paisaje. Me encuentro más”. Y que se centra en “algo que exprese, más allá de una linda luz o lindo fondo. A veces es un gesto. Para mí se compone de esos vínculos”.

El año pasado su trabajo estuvo expuesto en Dante, lo que hizo que se vendieran sus fotos y terminaran en diversos lugares. Talleres mecánicos también. “Es genial. Se fueron fotos mías a un montón de lados, pegadas a una heladera, a una pared, en una casa. Y sí: acá en La Plata hay fotos mías en talleres. Los talleristas amigos de acá, de mi abuelo. Cierra el círculo.”