Por Ramiro García Morete

“El tiempo me enseñó que los amigos/ Se cuentan con los dedos de la mano/ Por eso debe ser que no los cuento/ Para pensar que tengo mil hermanos” (Tabaré Cardozo). Manu, que tiene veintinueve pero dice que siempre tiene diecisiete, tenía catorce. Con más entusiasmo que plata, él y sus entonces compañeros de Se Va El Camello robaban una precaria cinta adhesiva de la escuela y pegaban afiches en los árboles de toda la ciudad. Una noche vio cómo detrás venía el entonces asistente de una convocante banda local. A la par de su propia pegatina, se tomaba el trabajo de usar su engrampadora para asegurar los afiches de Se Va El Camello que habían quedado flojos. Un año después, Manu lo invitaría a tocar la guitarra en un tema. “Automática empatía” y que “no alcanza la cinta”, dirá sobre quien considera un hermano: Juan Manuel Calabró. O “el Wachi”. El tiempo los juntaría unos años después para sellar la sociedad responsable de una de las bandas que más ha crecido en los últimos tiempos a base de potencia, constancia y estribillos viscerales que se adhieren más fuerte que aquellos carteles.

“El tiempo me enseñó que los valientes/ Escribirán la historia con su sangre/ Pero la historia escrita de los libros/ Se escribe con la pluma del cobarde”, seguirá Manuel citando y cantando guitarra en mano esta gema de Tabaré para un bar semivacío en una nublada noche de martes. Pero lo hace a viva voz, con ese tono rugoso y potente, como “un animal que con el tiempo supo andar herido pero andar”. Podría ser el escenario de Cosquín o un Pura Vida a beneficio. Manu (o Manuel Rodríguez) no piensa en eso cuando canta. Ni cuando escribe. Le brotan las coplas como agua de manantial, diría Martín Fierro. De haber existido y conocerse, se llevarían bien. Manuel tiene su propia idea de la ley, de la calle y de la política. Por eso saluda con los brazos bien abiertos, pero también mira de costado y piensa algunas palabras antes de soltarlas. Por eso el joven que le habla con aplomo a miles de jóvenes canta esta noche para tres un tema que suena como si fuera suyo: “El tiempo me enseñó que desconfiara/ de lo que el tiempo mismo me ha enseñado/ Por eso a veces tengo la esperanza/ Que el tiempo pueda estar equivocado”. Quizá el tiempo no se equivoque, sino que sencillamente ponga las cosas en su lugar. Quince años después de aquel encuentro y poco más de cinco como banda, algunos cambios de formación y mucha ruta encima, Sueño de Pescado prepara su cuarto álbum.

“Faltan detalles –cuenta el músico–. Se trata de un disco doble, con dieciocho canciones que ‘demeamos’ con el Wachi. Nos quemamos el bocho y se las mandamos terminadas por Cubase a los pibes para que cada uno ensaye su parte.” La grabación se realizó en el Estudio El Attic, que cuenta con máquina de cinta amplex. A Rodríguez siempre le interesa ese sonido vivo y vieja escuela: “Una vez que grabás así, ya está. Querés eso. Es más verdadero”.

Según anuncia entusiasmado, el disco tiene una “violencia” insólita. “Una canción atrás de la otra. Y el ingreso de Tomi y Gato (de La Smith) tuvo que ver. Son altos músicos. Nosotros dos tocamos desde el corazón, pero estos pibes saben. Y tocan con el corazón también.”

En tiempos de simples, Spotify y playlist, un álbum extenso supondría un riesgo que a Rodríguez le importa un bledo, por decirlo suavemente. “A los pibes también. Nosotros laburamos con el sello nuestro: Sueño de Pescado Discos. Y a partir de ahí hay una asociación con Pirka y EMI, que son los que distribuyen. Un modo de laburo similar al que desarrollaron los Redondos. Somos dueños de nuestros masters, de nuestros shows, de nuestras canciones. Cuando les dijimos que era un disco doble, nos preguntaron: ‘¿Les parece?’. Pero nada más. Está re bueno, porque más allá de que hicimos dieciocho canciones, fue re de corazón, re de pecho, logramos el objetivo y que no tuviera baches.”

Los cambios en la formación modificaron el sonido de modo “impresionante”, asegura. “Pero además el corazón, la espiritualidad, la cosa familiar. Pudimos trabajar más tranquilos, con otra determinación. Y estamos re felices. Si bien este año no está en los planes tocar mucho. Tocar poco, pero bien laburado. Porque el año pasado tocamos como 48 veces. Te quema la cabeza y hace perder disfrute.”

“Yo soy un inconsciente –sonríe el vocalista respecto de la composición–. La verdad que no pienso. Las canciones salen en treinta segundos. Como que sale todo de toque, derecho. Y después viene todo el proceso de musicalización, el ensayo. Me cabe que ahí intervenga más Juan.” Y extiende a otro plano: “Lo bueno de SDP es que cada uno sabe que la libertad de uno termina donde empieza la del otro. Es como una banda de ladrones. Está el que está robando el banco, el que planea y hay uno que tiene que avisar si viene la gorra. Porque si cae la gorra, caemos todos. Así que estamos todos pillos de no cagar a nadie. Y así terminás teniendo una relación que es muy profunda”.

Rodríguez también se refiere a la dimensión política de la música. “La música no es política. La ejecución lo es.” Y se explaya: “Desde pendejo me propuse no hablar nunca de algo de lo que no esté cien por ciento seguro como para aseverar una verdad. Yo hablo de mi vida, de mi historia y de mi película. La política para mí es social y es en la calle. Yendo a los comedores. Nosotros con Juan hicimos fácil veinticinco acústicos a beneficio en Córdoba. En Pura Vida tocamos un montón de veces sólo para que los pibes del bar puedan laburar. Nosotros hacíamos fecha a beneficio y con Juan cargábamos cajas a la Montana e íbamos a los barrios. Esa es una buena política. Para oradores está lleno”.