Por Ramiro García Morete

“Dios hizo el desierto para que el hombre conversara consigo mismo.” Martín no recuerda con precisión si es así el proverbio. Tampoco si “El Gran desierto” era el nombre de aquella serie de revistas francesas que a los cinco años había en su casa. Lo fascinaban más “estos tipos indómitos, arriba de un camello y con una espada, queriendo ser libres, que un gil que volaba con una capa y no se daban cuenta de que con anteojos era el mismo”. No habrá caído rendido al superhéroe de cómics pero sí se desarrolló dentro del dibujo y la pintura. Sin embargo, aquellas imágenes lo acompañaron siempre, y aunque de niño no entendía muy bien qué era un “nómade”, de grande se acostumbró a viajar hasta conocer de cerca a los señores del desierto, los hombres azules o como se llame a ese pueblo que transita y habita el Sahara uniendo cinco países africanos: Argelia, Libia, Níger, Mali y Burkina Faso. Un territorio desierto de cualquier cosa menos de historia, política y mística. En ese redescubrimiento que propone la inmensidad, ese golpe de insignificancia que a la vez otorga sentido, la fotografía pasó de ser una disciplina accesoria a tener un lugar más central. Quizá porque el diálogo consigo mismo necesitaba no repetirse. Quizá como el desierto, la foto sea un registro propio a través del otro y viceversa. Quizá por ello es que más allá de seguir la tradición Tuareg, esencialmente oral y que sólo escribía cartas de amor o poesía, escogió ese título para este libro de fotografías y textos realizado entre 2008 y 2018. Al parecer, el encabezado de esos textos debía dejar en claro quién los escribía. Y en esta serie de retratos sensibles y delicados, donde “el dolor tiene un rostro” y no es genérico, donde hay otro, el artista y profesor de Bellas Artes de la UNLP, se encuentra Martín Barrios. “Soy yo, Martín, quien ha dicho” y quien ha visto.

“Soy dibujante, tengo formación ahí –explica Barrios–. Uno de los saltos es que el dibujo es genérico y la fotografía tiene nombre. El tipo que sufre tiene cara. Hablar del dolor genéricamente es una idea vaga.” Respecto al vínculo más allá de su lente, responde con crudeza: “Vos sos un tipo que se sube a un avión y se vuelve a casa. Pero de todas maneras no es muy diferente a cuando estás en Plaza de los Ingleses y vienen los pibes que fuman paco a pedirte guita. Cuando te metés a un lugar de estos, vos estás de paso, ¿no? Si llegás vivo al avión ya está”.

Sin embargo, queda muy claro cómo el desierto y su gente lo han atravesado: “Me parece que una de las cosas, además de que es mágico, es que tomás conciencia de que vos sos nada. Que el hombre es nada. Un montoncito de carne débil. En las ciudades creemos que somos indestructibles. Pero de golpe estás en el medio de la nada, bajo un cielo indescriptiblemente grande. De verdad empezás a estar solo y a ser nada”. Y continúa: “Te das cuenta de que sos inútil. Tenemos que aprender a caminar de nuevo, a movernos. Planteás la vida de otra manera, el otro tiene un valor distinto. No gratuitamente la gente del desierto es muy hospitalaria. Incluso con nosotros que somos blancos… aunque sos francés y eso ayuda. Encontrás tu insignificancia y aprendés a valorar la existencia del otro ser humano”.

El libro –cuyas hojas están impresas en papel vegetal, páginas negras con dibujos geométricos, tipografías tifinagh y una cubierta serigrafiada– tendrá su presentación este jueves 28 de marzo a las 18 hs en la Sala A del Centro de Arte UNLP (48 N° 575 e/ 6 y 7). Presentarán el libro Mariel Ciafardo, secretaria de Arte y Cultura de la UNLP, Juan Bautista Duizeide, escritor, y Pablo Amadeo, editor. Además, tocará en vivo el Quinteto de Vientos de la UNLP.