Por Ramiro García Morete

“Rogás que sea mentira la mentira/ Que sea inmensa tu verdad/ que abran lo que no se abría/ Y que nadie toque tu libertad”. Como cualquier persona que estudie historia (la universal), es lógico que Paula tuviera cierta reticencia con lo anglosajón. Por eso cuando Josefina finalmente pudo con Máscaras poner en castellano varias de las cosas que durante años sólo cantaba en su cuarto comenzó a gestarse algo. Una suerte de poder, quizá. Aunque la historia (la propia) no contara con ningún evento repentino ni azaroso como en la mitología de los cómics. Porque aunque no haya “nada como comenzar de cero a construir un cielo sobre la ciudad”, había una cuenta acumulada que incluía varias bandas de garaje en la adolescencia de Paula, un puñado de canciones para Josefina y algunas malas experiencias en vínculos que suelen llamarse amorosos. Y la ciudad no era Vancouver, donde seguramente escaparían cuando alguien quiere definir su sonido o cualquier aspecto de ellas. Pero no era momento de escapar en aquel 2013. Ya habían pasado casi quince años sin verse, desde aquellas tardes de bombitas o sapos cerca de la cancha de Cambaceres. Porque la ciudad siempre fue Ensenada. Mucho antes de que ya púberes poblaran sus cuartos con posters (y unas inconseguibles muñecas) de las Spice Girls y Jose mirara con asombro cuando Pau cantaba The Offspring, sus padres ya se conocían. Sí, Nora (la madre de Jose) había conocido primero a Silvia y luego a Néstor, antes de que ambos se conocieran entre sí y trajeran al mundo a la bajista. Sí, porque Paula tenía un bajo y muchos años después Silvia se lo contaría a Nora en el super o en la verdulería. Y aunque una había ido al Benito Lynch y la otra al Nacional, y por años no se habían juntado, Jose no dudaría: quería armar una banda. Un mail primero y unas siete canciones después sirvieron para entender que había algo más que música ahí.

“Era una manera de hacerse cargo de una identidad que tenía que ver con potenciarnos a nosotras también”, dirá una de ellas. Como ocurre cuando hablan, tan sólidas como naturales. Igual que su música, potente pero espontánea. Y equilibrada como el reparto fluido de las palabras. Jose, Paula y More responden por cada una y por todas. Porque sí, a los veintiuno More no planeaba irse a Vancouver sino estudiar Química ambiental, carrera que está por concluir y donde conoció a ese grupo de amigues que agitaron las canciones al mes de que llegara a la sala para reemplazar al “chiloco” de Camilo, baterista y piba que de tan libre dejó su puesto pero no la amistad. Para More todo fue descubrimiento, pero no estaba sola. Aunque algunos recitales fueron literalmente para amigos y familia, las tres potenciaron ese superpoder que quizá no reflejaba el primer demo. Sí, ese que se grabó en un lugar sucio con un gato maloliente. Pero el disco homónimo, compendio eléctrico de bellas melodías, ensambles consistentes, armonías vocales precisas y “ninguna canción de amor”, significó un salto. Fechas cada vez mejores, festivales, y la satisfacción de haber construido un cielo para que remontara vuelo esa suma de poderes llamada Superpiba.

La banda comienza hablando de su primer y hasta ahora único disco. “Son temas que veníamos laburando desde 2013, que fue cuando empezamos a escribir y componer. Así que ya era necesario después de tocar tanto hacer un registro”, introduce Jose, y Paula agrega: “Que no esté cargado de cosas que no podés hacer en vivo”.

“Lo que sí, nos interesó muchísimo laburar los arreglos de voces. Porque es algo que forma parte de la identidad de la banda. Nos gusta mucho cantar”, completa. “Creo que al ser nuestra primera experiencia fue conocer y hacer al mismo tiempo –agrega More–. Creo que sobre la marcha fuimos viendo las posibilidades que había y también en función de con quién grabamos el disco: Matías Olmedo, quien nos enseñó un montón.” Cierra Paula: “Pero mayormente no tiene grandes intervenciones que lo alejen mucho de lo que es el vivo”.

Entre risas alrededor de la historia que las precede, evocan aquellas juntadas iniciales. “Yo creo que nos encontramos como amigas con la necesidad de unirnos en un proyecto que nos diera algunas direcciones de vida –cuenta la bajista–. Que no estuvieran puestas sólo en la música. Superpiba era una manera de hacerse cargo de una identidad que tenía que ver con potenciarnos a nosotras también. En lo personal, pero también como mujeres. Que es el significado que un poquito se condensó después acompañando el feminismo y todo lo que se está viviendo ahora. En algún punto estábamos fundando.”

“Sí –asiente Jose–. Seguramente esas canciones tengan algo que ver con eso, algo de nacimiento y de construcción.”

Después de un 2018 muy intenso donde “lo que hemos tocado por el aborto legal no tiene nombre; tocamos en todas las jornadas feministas; y es ponerle el cuerpo”, la banda prepara sin apuro temas nuevos. “Lo loco es que cuando el disco sale ya lo habíamos tocado entero –comenta la baterista–. Es lo que veníamos tocando. Sacamos el disco pero las chicas tenían no sé cuántos temas cada una para empezar a laburar. El 2017 lo tocamos a pleno. El plan ahora es laburar esos temas que están ahí, reducir fechas que nos atraigan de alguna manera y encerrarnos a laburar.”

“Por ahora estamos intentando terminar las estructuras de los temas y las identidades de los temas. Obviamente que queremos evolucionar”, dice Jose, y Paula extiende: “Hay fuertes continuidades con lo anterior porque seguimos siendo nosotras, y hay cosas nuevas. Como que una siente una renovación que son temas nuevos, pero está la impronta de Superpiba. Por ejemplo, yo me estoy animando a escribir un poco más. Porque en el disco las letras fueron de Jose”.

Fans de bandas variadas como Foo Fighters, Radiohead, Bestia Bebé o José González, tratan de definir la impronta de Superpiba. “Cuando empezamos, para mí estaba vinculado fuertemente a un sentimiento de autovalía –dice Paula–. De independencia.” Y Jose adhierre: “Sí, esta idea de independencia. Y también darse cuenta. Yo siempre me sentí una persona muy independiente y orgullosa de eso. Pero nunca lo había puesto en palabras. Nunca había escrito algo que después leía. Y era: ‘está bueno’. Y todo esto que estoy diciendo me para en una sociedad que necesita que las mujeres se valgan por sí mismas. Y que se la banquen. Esa fue una revelación. Ver nuestra propia independencia reflejada ahí”.