Por Ramiro García Morete

“Quiero un palo, una piedra./ La manada tuvo hambre/ ya no espera.” Era medianoche en Cerro del Burro y Nina, su pequeña hija, ya dormía. Spotify acababa de subir el disco que, curiosamente, aún no había escuchado en orden. A la misma hora que, como quien es consciente de un oficio, comenzaba el arduo trabajo en la mítica Pensión Milán. Es que la noche la hizo Dios para que el hombre la gane, decía Atahualpa. Y a una cuadra y media de su casa compartida dedicó muchas noches de 2017 a componer. Guitarra, piano, un lápiz, un papel. Trabajar los elementos, porque sin el palo y la piedra no nace el fuego. El rito que comenzó a desarrollar en la adolescencia en Parque Guaraní, un complejo de viviendas en las afueras de Montevideo, cuando vivía con su madre, su tía y muchos libros. “De lunes a viernes eran libros, sábados y domingo música.” Por entonces, Jordan era el mayor héroe de todo chico que como él jugaba al básquet, y ni sospechaba que titularía la canción que, en cierto modo, lo consagró en su país y más allá. Rito que desarrolló entre los acordes de “Pichonero” de El Sabalero, cuando alrededor de los diez años su padre (cantor y guitarrista de tangos, milongas y zambas) le permitiera agarrar la guitarra sin necesidad de tenerlo en el sillón frente a sus ojos. Rito que se repite en cada disco y que comienza como el fuego: lo inicia en soledad y de a poco se suma la manada. Pero su manada reposaba ese 6 de diciembre y la otra –la banda que completan Santiago Peralta, Andrés Coutinho y Marto Moreno– estaba sonando en los auriculares mientras caminaba la playa oscura y solitaria. Quizá recordó aquellos auriculares del equipo Sanyo de la infancia. Por un sistema especial, podía escuchar independientemente cada lado de la mezcla. Así era que escuchaba Help!, entre vinilos de Brahms o de Serrat. Primero entero y luego todo lo que salía por la izquierda, y una vez más, pero todo lo que salía por la derecha. Ese mismo juego de entender la música como un todo, iba por la playa escuchando su propio disco cuando una jauría de perros lo asaltó junto al mar. Respirando por la boca, estirados hacia adelante, como el hombre lobo de su canción. O el hombre lobo del espejo, ese que va del canto grave y sentido al grito desbocado, de la canción sensible al rock contundente, el del puño en alto arengando “río arriba”.

“Yo tengo dos velocidades”, confesará: “Todo o nada”. El hombre que tras el brillante y crudo El éxodo redobló la apuesta con Hambre. Canciones de rock profundas y poderosas, llenas de atmósfera y alegorías, simples de apariencia pero meticulosamente construidas. “Los eucaliptus de al lado cuando pasó la tormenta soltaron montañas de leña”, posiblemente iba cantando junto al mar. De la tormenta y el dolor a la construcción y el calor, el disco entero de Eté & Los Problems es un canto a lo primal. “Recurrir a tu mínima expresión y volver a fundarte”, dirá. Por eso Ernesto Tabárez seguramente, pasado el momento del temor, habrá mirado a esos perros como quien se reconoce. Apenas unas semanas después, los medios especializados volverían a definirlo como autor de uno de los mejores discos uruguayos de 2018. Pero no es ese el alimento que lo nutre a él ni a su manada, sino el hambre de la canción y la necesidad de mantener el fuego construido.

Tabárez asegura que no hizo caso a la expectativa generada por el disco anterior. “Hice un trabajo profundo de ignorar esos sentimientos. En algún modo son espurios. No pensás en eso, estás laburando. La tarea es la mejor manera de ignorar todo alrededor. Se trató de hacer el mejor disco que podamos hacer, otra vez. El resultado final nunca lo disfruté tanto”.

El álbum se destaca por textos muy precisos y significantes. El músico dice que intentó que “fuera menos literario y que la musicalidad de las palabras valiera más. Un trabajo que vengo haciendo mucho”. En las doce canciones se advierten “elementos reconocibles, sin dudas. Esos elementos fueron apareciendo en el proceso de composición, que fue larguísimo. Y recurrentemente, esas imágenes. El árbol y la manada. Porque el fuego ya es parte de nuestro imaginario”.

Sin embargo, en lo estrictamente musical se dio de manera contraria. Sin sonar pretencioso, el álbum destaca por volumen: “El disco anterior es casi una bata, bajo, dos guitarras y alguna acústica. No tiene mucho más. En este me parecía justamente necesaria la contradicción del texto primario y la música cargada. Tiene gran cantidad de capas. Sigo encontrando interacciones entre los elementos de las canciones”. Si bien tiene una voz narrativa reconocible, en este disco se destaca la primera persona del plural: “La manada éramos nosotros durante el proceso. Y también el conjunto de personas que puedo reducir a mis afectos. Todos tienen un nosotros. Creo que es el disco más colectivo. A pesar de trabajar más en soledad. Pero fui muy consciente de los compañeros. Otra cosa que cambió, por la dimensión de los toques: tenemos un equipo más grande. Somos más”.

“Y si vos cambiás, cambia el mundo…”

Sin ser explícito, se trata de un disco bastante político. “Pero entendido como una filosofía. Como los preceptos con los que te guiás. No hay elementos particulares de la coyuntura. El disco está de un lado. Para empezar, es un disco popular. La manada no puede ser una élite. La manada tuvo hambre y ya no espera. Eso está todo ahí. Soy una persona a la que le interesa y estoy muy alerta. Nosotros, con todos los defectos que tiene el gobierno, no perdimos con la derecha. Y eso que podría pasar una nota entera hablando sobre cosas que no podría perdonar a este gobierno.”

Muy vinculado musical y emocionalmente a nuestro país, Tabárez dice: “Miro la Argentina. Nunca habíamos ido tanto como en estos tiempos. Y hay mucho de esa realidad. Una vez, cuando decidí el nombre del disco, fui a Buenos Aires y en una esquina decía “Hambre = Macri”. Entonces pensé: también responde a esto. Yo vivo con preocupación. Tengo mucha gente muy querida en Argentina. No somos ajenos a lo que pasa. Pero acá hay aire. No están saltando los milicos, no te cagan a palos, los consejos de salarios funcionan, una ola que todavía se sostiene. Me preocupa mucho porque me acuerdo clarito cuando gobernó la derecha. No me olvido. Ahora tengo una hija. Preferiría que no se críe en un lugar lleno de fachos, un páramo de liberalismo en lo económico y conservadurismo en lo moral”.

“Somos una banda más masiva que rica. Aunque después de El éxodo dejé de perder dinero”, se ríe este músico que ha trabajado como coach vocal de La Vela Puerca, entre otros. Con la presentación montevideana fijada para abril y planes de volver a girar por Europa el año que viene, el 27 de abril se dará la presentación de Hambre en el Margarita Xirgú de Buenos Aires. Y Sr. Tomate mediante, la banda planea regresar a La Plata este 2019.