Por Ramiro García Morete

“En este mundo todo es diferente/ los arboles, las plantas/ las caras de la gente/ el paso del tiempo/ los días y las noches/ incluso los relojes/ derriten de repente”. Nunca supieron el nombre exacto de “los mormones”, pero nadie preguntaba demasiado a la hora del fulbito en Villa Porteña. Pegado al Club Estrella, el pedacito de pasto (que entonces no estaba custodiado por alambres) era un punto ineludible de encuentro. Como la esquina de 8 y 161, la casa de Nicolás, donde hoy ensayan con el mismo entusiasmo que el baterista lo hacía a los doce con Cuerdas. Lejos de los gustos de su padre (más orientado al pop mainstream de Madonna o Michael Jackson), el trío con cierta referencia a Pez o Invisible jamás alcanzaría fama. Pero Pocho, que era unos años más chico y jamás miró Dragon Ball ni dedicó tiempo a la tele, asistía a los ensayos, los grababa y miraba admirado a esos tipos que le “sacaban un metro”. A su viejo sí le gustaban cosas como Spinetta y Sumo, y a los catorce el guitarrista armaría Sabios veladores, otro trío. Y como previsiblemente no hay dos sin tres, Mauro –que por ser más pequeño seguramente fue el último en conocer la matiné de Asia– también estaba tocando el bajo por ahí. El tiempo, ese que en la patria llamada Berisso transcurre distinto, hizo que los vecinos “de toda la vida” finalmente confluyeran en una sala de ensayo. Con una búsqueda que ha transcurrido desde el power, los ensambles ajustados, el funk y la fusión hasta un tono más cancionero, encontraron en El lenguaje cotidiano (2017) el tono adecuando para condensar esa mixtura. Tal como una ciudad que tiene tanto de barrio como de unión de repúblicas, el trío concilia espontaneidad y calle con una mirada profesional y cuidadosa. No sólo en la música, sino en plantear una mirada crítica sobre la sociedad, el consumo y la “mediosincrasia” (como el track 1 del último disco). Quizá con la premisa tácita aquella de pintar la aldea, la banda encara nuevo material inspirado más que nunca en Berisso pero abriéndose a un sonido distinto donde la canción se impone a la técnica. Lospatasú y la prueba de que en la calle marca mucho más que “las patas”: marca un camino. Y todo indica que es “de toda la vida”.

“Después de esta entrevista nos vamos directo a Estudios Mirífico para reservar el día para grabar el tercer disco –cuenta Nicolás Zein–. Decidimos hacerlo aquí porque ya tuvimos experiencia de grabar en Capital, como Romaphonic. Y preferimos tomar un plan más tranquilo. El disco habla mucho de lo que pasa acá, en La Plata, Berisso y Ensenada. Y por ahí grabarlo lejos era una contradicción.” El baterista anticipa que “habla mucho de la actualidad social, pero vista desde el lado de las personas que habitamos Berisso. Un berissense viendo una manifestación. ‘Balas de goma, gases al azar’, dice un estribillo”. El cantante Rodrigo “Pocho” Merones aclara: “Habla desde un berissense arquetípico, pero en realidad puede adaptarse a cualquier personaje”.

Sin pretensiones sociológicas, la charla deriva sobre el origen: “Berisso tiene algo que, si bien no está en las letras, tiene una convivencia de un montón de naciones –explica gráficamente Pocho–. Tenés un tío turco, un abuelo italiano, comés paella, hacés un asado… se mezcla todo y es una identidad”.

POCHO: “BERISSO TIENE ALGO QUE SI BIEN NO ESTÁ EN LAS LETRAS, TIENE UNA CONVIVENCIA DE UN MONTÓN DE NACIONES. tenés UN tío TURCO, UN ABUELO ITALIANO, COMÉS PAELLA, HACÉS UN ASADO… SE MEZCLA TODO Y ES UNA IDENTIDAD”.

“Eso es lo que está en la esencia de cada ser berissense –agrega Nicolás–. Y qué decir del río mismo, que te hace caminar y vibrar de una manera. Tenemos Uruguay más cerca que Capital Federal. Es increíble. A 38 km Colonia y a 40 km el Obelisco. Por eso también tenemos en nuestra música algo rioplatense.”

“Sí, somos un menjunje –reconoce Zein–. Fuimos una banda de funk en algún momento de la historia. Lo dejamos de ser y no sólo eso: el funk apesta para nosotros. Ya no queremos saber más nada.” “El disco se va a llamar El funk apesta”, bromea el cantante. Y el baterista explica: “Porque nos dijeron tanto eso que lo terminamos odiando. Y ahora las canciones vienen por otro lado. Más tranquilas. Minimalistas. Sacamos muchos recursos que queríamos aplicar a la fuerza”. Y expresa algo que le pasa respecto del futuro material: “Las canto. Me generan las cosas que me generan de otro artista. Y eso no me venía pasando tanto con las anteriores. Me gustaba tocarlas, lo gozaba. Pero no me iba del ensayo cantándolas. Me pasa que está re logrado lo que queríamos. Esas canciones que generen algo dentro… nos está pasando con las nuestras. Me encanta…”.

Lo que no niegan es que El lenguaje cotidiano les dio crecimiento respecto del público y de preparar los shows mejor y más espaciados. Sin embargo, como a todos, la “macrisis” los puso a prueba: “Con el disco pasamos de cincuenta personas a trescientas. Pero mantenerlo fue muy jodido. Pudimos surfear la ola. Realmente estuvo muy difícil. Y hablar con colegas nos hacía ver que estábamos todos en la misma. Y eso es lo grave. De última, si éramos nosotros, estábamos fallando y lo teníamos que revisar”. Todo se cuela en cierto modo en las canciones: “Yo creo que sí. Si hay una letra que habla de una manifestación, es porque está la manifestación. Porque está este tipo. ¿Por qué llegamos tarde hoy? No nos quejamos de la manifestación, sino del tipo que la genera”.

Con planes de editar digitalmente cuatro de los ocho temas del disco en mayo, la banda tiene una fecha en abril junto a Las Manos de Filippi en Guajira. Y más adelante, movidas que no quieren adelantar. Más allá de lo planeado, apuestan a la espontaneidad del patasucia: “Es el disfrute, ser así como sos. No fingir nada. Por eso, en este momento nos sentimos mucho más identificados con lo que está pasando. Porque hicimos más caso a lo que sentíamos”.