Por Ramiro García Morete

“A mí me importa muy poco lo que me das/ lo que me quitás/ lo que podría ganar fumándome la supuesta prosperidad”. Una noche, acompañando con su cámara como de hace años al rey de la canción, un famoso ingeniero de sonido le hizo una pregunta. Estaban en México, el país donde hace 37 nació, cuando sus padres se exiliaron. El masivo festival Vive Latino estaba atestado de gente y el simple interrogante no iba dirigido al realizador de videos sino al músico: ¿ustedes quieren esto?

Durante estos últimos años en los que rodó clips y produjo visuales para artistas consagrados, no dejó de hacer música. En verdad nunca lo hizo. Desde aquella guitarra de juguete con cuerdas de tanza a los diez años, cuando inventaba canciones de amor y fingía tocar acordes. Quizá inspirado por las cumbias que sonaban en Villa Corina a los tres años, la discografía de los Beatles –de grande se obsesionaría con coleccionar en vinilo– o el carisma de Johnny Tolengo. Aunque delegaría a su gran ídolo televisivo toda esa faceta. Porque ya fuera cuando tocaba glam en la batería a los catorce en Avellaneda con sacrificio, o experimentaba a los diecisiete en Doncellas de Maíz, a él lo que le gusta son las canciones. Las mismas que llevó adelante durante años con Mas y los Multidocumentados, grupo que formó al arribar a La Plata y que además de discos dejó una inolvidable gira por unidades penitenciarias. Casi una señal de cierta tendencia a escapar a los circuitos y –citando a otro rey de la canción–, “la gente que vive de la música sin ser músico”.

Las canciones. Grabar, maquetear, juntarse con otro, mostrar eso a los amigos, con el mismo placer y libertad que siente cuando va a pescar. Piezas midtempo a pura melodía y cierto tono reflexivo sobre el desamor, el desencanto y los pequeños refugios. Jugar y poner en juego. “Me ahorré horas de terapia” bromeará y no tanto. O como cuando su hijo Amador le preguntó al verlo editar y no se conformó con la respuesta: “Papá, eso no es trabajar. Eso es jugar”. Jugando un poco comenzó a compartir los fines de semana que coincidían con su vecino Maxi Tym, guitarrista de Guasones. Alguna maqueta a la que se le fueron sumando casi toda la banda platense para concretar un logrado álbum de rock guitarrero, melódico pero con cierta oscuridad. Gracias pero no es el flamante disco de Vicente Linares.

“El disco nace el verano pasado. Yo estaba bastante distanciado, no sé si de la música pero de la movida cuando dejamos de tocar allá por 2013. La verdad es que de alguna forma fui componiendo durante esos años, juntando con gente, pero sin pensar en grabar. Maqueteaba por necesidad y cada vez que podía me ahorraba una sesión de terapia.” Linares define como “generosidad” lo que hicieron Maxi Tym y luego Matías Sorokin en producción, así como Esteban Monti en bajo y Damián Celedón en batería.

“Mi idea original era poner una batería de compu, que Maxi grabara violas. No sé si fui consciente de ese traspaso, me fui sorprendiendo en el transcurso de la grabación. También sentí una exigencia fuerte, al ser más grande de lo que había calculado. Me puse durante mucho tiempo tratando de perfeccionar los temas. También hicimos un laburo bastante importante con las voces, donde Maxi me llevó a un lugar más grave. Un proceso lindo… y un poco largo para un ansioso.”

Linares no tiene complejos en asumir sus complejos: “Es un disco que está muy volcado a mis momentos de neurosis. Cuenta mucho de un cansancio del circuito musical y general”. Y agrega: “Hay canciones de desamores, no porque los haya vivido yo sino un amigo. También hay canciones que son más viejas. Cuando lo escucho, obviamente con poca objetividad, escucho una cierta oscuridad, un cierto cansancio con lo establecido, con el sistema, con esto de lo políticamente correcto. Eso en algún lugar está no explícito, sino en la afectación que tiene sobre mí”.

Hace un tiempo, la cámara le fue ganando terreno a la guitarra. “No tenía problemas con no tener tantos lujos. Sí con soportar algunos bolicheros. O buscar músicos cada dos meses. El agotamiento tiene que ver con eso o con las expectativas. Y después la realidad, me he ido volcando hacia el video, que me divierte y lo siento como un juego.” Allí, el aprendizaje excede al oficio y la música. “El hecho de compartir giras, shows, grabaciones, me dio una curiosidad constante. Ya sea con Calamaro, que lo conozco desde hace catorce años, o con otros músicos. Yo los miro, escucho, aprendo, entiendo cómo disponen las ideas, cómo interpretan. Me he tomado tiempo y estudiado la forma en que interpretan la realidad. Ha sido un trabajo muy privilegiado. Porque me permite aprender más allá de la música. Es una forma de ver la vida.”

Con un sonido que oscila entre la solidez y la prescindencia de arreglos de más, Linares reconoce: “Soy muy romántico con las canciones clásicas. Lo que es entendido como formato canción. Es lo que me sale por naturaleza y no sé si podría hacer otro tipo”.

Recién lanzado en las redes, Linares no tiene planes concretos sobre el disco. “La verdad es que si me preguntabas para armar una banda, ‘gracias, pero no’. Yo lo quería publicar, con los más cercanos. Y que quede ahí publicado. No tengo de momento ninguna aspiración.” Y remata con una risa: “Viste cuando dicen ‘defenderlo en vivo’… bueno, nada de eso: ¡que se defienda solo!”.