“Y en vez de llorar por todo lo que no tenés/ ya ves, vale la pena intentar amar todo lo que te da alimento”. En la pequeña oficina del Archivo Musical del Teatro Argentino, y tras veinte años allí, diez menos de los que lleva tocando, asume que aprendió a aceptar su empleo. Como tantas cosas en la vida. El mismo teatro –a decir verdad no, porque previo al triste incendio el teatro era otro– donde se crió entre ensayos de orquesta que dirigía su padre y aprendiendo con sólo tres años el repertorio en latín o folclórico del Coro Universitario. Similar a lo que ocurriría poco después, cuando –tras algunas “visitas” por parte de las fuerzas represivas– la familia debió migrar a San Juan y en el auditorio siguió nutriéndose. Pero esa música –la que hoy corrige en partituras, la que estudiaría en Bellas Artes sin pensar ni un segundo en un test vocacional– no sería la única. Tampoco la que ya de niño tomaría del repertorio “zurdito” –dice, imitando a un milico tristemente célebre–: Serrat, Silvio Rodríguez.

Estaba la voz del loro de Andrés, que se parecía tanto al silbido de su madre cuando lo llamaba a la cena tras un día de piedrazos, tierra y rodillas sangrantes. Es que tanto de niño, como de adolescente –cuando su medio hermano le trajo de Estados Unidos el disco de James Brown, ese tipo que con un acorde y todo el ritmo podía contener el universo entero–, también lo educó la calle. Y la música de la calle, como cuando encendió sus primeros fuegos pateando like a Rolling Stone junto a sus amigos de La Pelada. Aunque con su amigo Carlitos Sánchez eran más de The Police.

No había muchos saxofonistas entonces y él disfrutaba de ese rol, donde podía saltar de una banda a otra. “Siempre me fue más fácil ser segundo que primero”, dirá. Y así sería arreglador en el funk de Vernápoles, se metería con la salsa en Sarabanda y con el ska en King Lion a lo largo de los noventa. Pero aquella aventura por el éxito que no fue, cuando con Buenos Aires Funk se instaló en México, y la Yamaha SG 1500 le dieron la pauta de que podía cantar.

“Yo elegí, en cierto modo, el formato pop”, pensará este hombre alto, rubio, espontáneo y afable que habla mucho pero no siempre completa las frases. No porque no sepa qué decir, sino porque parece que tiene mucho para decir. Como con las bandas, salta de una frase a otra. Sería Mutandina –notable banda de los 2000– y luego su camino (no tan) solista en el que concretaría su anhelo de mezclar lo que él llama “tuco”. Pero que no debe confundirse con la simple impresión de collage. Al contrario, es dentro de sus canciones donde todos esos saltos, esos cambios, esas experiencias, fluyen y confluyen. Con aires de funk, bossa, rock y canción popular de donde sea, es en la misma composición donde todos esos elementos se fusionan y no se confunden. El tuco sabe bien sin por ello notarse los ingredientes. Y aunque el pan sobre la mesa no refleje a veces el reconocimiento que sí ha obtenido de sus pares, puede que tampoco sea suficiente. Mato Ruiz siempre tiene hambre. De música, de tuco, de alimento. Por eso no recuerda un sólo día sin que ello fuera, precisamente, el verdadero pan de cada día.

“Mi laburo de búsqueda como compositor y como arreglador es permanentemente buscar ese cóctel en la composición –dice el músico–. Y no necesariamente que esté una parte punk, una parte funk, una parte salsa. Es como que todo ese catálogo de cosas que yo hice, durante muchos años, intenté que fuera armado a priori.” Y especifica con locuacidad y gracia: “Un rasguido de guitarra que tenga la forma de tocar que en algún momento aprendí de la música cubana tradicional, con los deditos, que sea medio gitano, como tocan para arriba, pero poniendo un acorde de un tema que saqué de AC/DC. Cuando vos escuchás es un tema, pero yo internamente sé que ese paquetito tiene un montón de data”. Y deja en claro: “Yo elegí ser un músico de pop, si se quiere. El formato que elijo es la canción. Una canción que puede ser radial. Aunque adentro la textura, la rítmica, la dinámica, puede ser infinita”.

Con absoluta honestidad y hasta tomándose el pelo por momentos, el músico repasa su carrera hasta que llega al momento de tomar la voz principal. “El laburo de la voz lo empecé a hacer mejor como solista. Ahí me di cuenta de todo lo que me apoyaba la banda: desde olvidarme letras hasta cantar poco. Como solista, guitara y yo solito, me tuve que poner serio. Tuve que hacer un click de nuevo. Estás muy expuesto, no tenés paracaídas. Me puse a laburar mucho con la guitarra, la forma de tocar.” El modo de Ruiz remite a la elegancia “desgenerada” de ciertos cancionistas sudamericanos y el candor vocal de un Chet Baker criollo. Sin decirle nada de eso, agrega: “Me gusta más ahora que al principio. Te tenés que acostumbrar, te tenés que aceptar, como la vida misma”.

“Yo escribía desde pendejo. Tengo un paquete así de escritos –dice sobre sus letras–. Pero nunca se transformaron en canciones. Cuando tuve que empezar a mostrar mis letras, en algún lugar tuve que decidir qué quería decir. Cuál era mi aporte. Si iba a hablar estaba bueno, a modo general, tirar una buena. No sé si es lo que pienso de la canción exactamente. En ella podés decir lo que quieras. Si estás furioso podés tirar toda tu mierda. Para eso es una canción. Pero en su momento me planteé ser en algún punto alentador. Tampoco sonar como un pai ni la cosa consejera. Pero sí al mismo tiempo tengo una búsqueda mía. Desde hace diez o doce años que practico el budismo.”

A mediados de 2016 llegó a armar un ciclo de noches con distintas formaciones: una de cuerdas, una de vientos, otra de rock… ”Y estuvo buenísimo, fue un laburo demencial… y lo vieron treinta personas. Más allá del laburo musical, lo que me falta es la pata estratégica o de prensa.” Por eso está contento no sólo por volver al rol de productor (trabajando con Juan Pablo Bochatón), sino por haber armado una banda con el baterista Carlos Sánchez (ex Estelares), su hijo Martín en guitarra y su excompañero de Mutandina en bajo, Mauro Cambarieri. “Llevo seis o siete años tocando solo. Tiene esa intimidad que no se logra de esa forma. Llegar al susurro, obligar a la gente a que achique la percepción lo más que pueda. Está bueno, pero a mí me gusta compartir. Además, es una banda familiar. La armé con ese concepto. Vamos a juntarnos a ensayar, comamos, bebamos, charlemos. Háganse ustedes dueños del proyecto. Y ahora siento, después de mucho tiempo, que tengo un proyecto a mediano o largo plazo”, considera.

“Yo siento que hay un respeto de colegas, de pares –reconoce–. Me gusta, me enorgullece. Me toca el ego. Pero al mismo tiempo laburo mucho con eso. He tenido como pequeñas pruebas de reconocimiento de algún medio famoso que ha hablado bien de mi trabajo. Pero esas cosas son tan cortitas que dan vuelta en un sólo punto. Yo siempre estoy quejándome de la imposibilidad. Incluso teniendo mi fuerte que es la música, que tiene cierta originalidad y trayecto. Son casi treinta años. Por lo menos en la cuestión artística estoy seguro, pero me faltan otras cosas que veo que soy un pancho. Y ahí es donde aparece el látigo.” Seguramente hasta ese látigo caiga con algún ritmo o sonido. Pero hay un momento en el que no suena: “Cuando toco me chupa todo un huevo. La gozo. He aprendido. Tuve que aprender a disfrutar también.”