Por Ramiro García Morete

No hay un tiempo preciso. Era niño, sí. Y estaba en un cumpleaños. No sabemos de quién ni quién fue la mujer que lo vio. A un costado, se abrazaba a sí mismo y entonaba una canción. Tampoco está claro cuál. Alguna de Paul Anka o cualquier cosa que sonara en la radio. La mujer le dijo que era lindo lo que cantaba.

“Me sacó ese miedo a estar haciendo algo malo. Uno se oculta para mostrarse sensible”, dirá al relatar algo que se antoja más como un fragmento de sueño que un recuerdo concreto. A veces no recordamos lo que pasó, pero sí cómo se sintió. Sin haber estado allí, podríamos asegurar que los ojos conservan el mismo candor, como si el hombre capaz de entonar arias operísticas o aprender en dos días un himno en otro idioma para cantarle a una exmandataria siguiera en ese lugar. Justamente él, que como su voz –tan diáfana como consistente, decididamente reparadora– no deja de moverse y explorar lugares. “No existe”, ha dicho alguien de él. “Lo inventamos”. Por el ángel que no sólo lleva en su nombre completo y ese brillo de diamante loco, un aura entre etérea y mercurial, se ha generado una sensación a su alrededor. Quizá porque a pesar de discos como Saturno o grabaciones filtradas y más experimentales como El Museo, su obra no se ha focalizado en los carriles frecuentes de difusión y expansión. Su obra –si se permite a quien escribe estas líneas tamaña afirmación– parece consistir en sí mismo. Y su experiencia.

Sebastián Rulli o Sâr Rules (ya que así se llamará desde esta nota) no es un invento de la imaginación. Desde aquellos casetes que grababa de la radio para aprender casi desde la mímesis hasta los textos académicos que de grande hoy le permiten comprender la esencia de su instrumento, está ahí. Está y pueden localizarlo quienes quieran tomar clases de canto o ser producidos. Desde la canción más simple y bella a las improvisaciones trasnochadas o ensayos de narrativo sonora como “Piloto 16”, está ahí mismo, en la experiencia. Lo saben quienes lo vieron en el reconocido teatro Margarita Xirgu el año pasado o quienes asistieron a esa preciosa y secreta terraza hace unos años. Lo saben quienes lo han visto entonar con igual jerarquía y compromiso una canción propia, un hit de los Backstreet Boys o los residentes del Hogar Cantilo cuando los conecta con música que alguien llamaría de otro tiempo. Como si el tiempo fuera una cosa precisa. Como si trabajar de vidriero, en una calesita, de albañil o en un comercio no fuera parte del tiempo que permite sustentar el otro tiempo. Y para Sâr Rules, el tiempo no parece ser una carrera sino más bien un camino. “Me parece importante cuidar lo que se comunica o estar atento a la evolución personal –expresará–. Si no también en qué momento te encontrás para dar una mejor interpretación de lo que querés relatar.” Y aunque esta semana el tesoro mejor guardado se presente en un bar secreto de su barrio, Tolosa, y quien escribe también haya suscrito a la mitificación del niño diablo caracol, sí existe. O mejor dicho, y en términos de Oscar Wilde: “Lo menos frecuente en este mundo es vivir. La mayoría de la gente existe”. Sâr Rules vive, a su tiempo, cada momento, todo el tiempo.

“Entiendo el mercado de la música, la producción y la forma de dar valor. Y de la profesión que implica no sólo ser intérprete y compositor, sino producir un disco con todo lo que implica y hacer valer las obras. Ese trabajo y ese valor agregado, todos los colaboradores, los músicos… no tengo esa estructura hoy. Lo respeto y lo valoro mucho. Pero he tenido que hacer otro tipo de trabajos para conseguir dinero y financiar el tiempo que me permita hacer ejercicios interpretativos, abordar estilos, tener tiempo para tocar o experiencias diversas que me parece que complementan la experiencia de una carrera musical. No veo que haya un camino correcto o incorrecto. Ni siquiera es un modo de ver las cosas. Simplemente es como suceden las cosas”. Y continúa: “Estaría bueno hacer y enfocar del todo en eso. Pero también es lo que me ha permitido indagar más en el modo performático. Y ver la actuación en vivo o el evento. Salir un poco de la idea del circuito o la escena musical, sin desconocer su valor”.

Sâr Rules cuenta con mucho material que no ha subido. “Pero es registro, carpetas de trabajo. Son como si fueran discos pero no en el concepto a nivel producción.”

Si bien tiene el reconocimiento y admiración de pares y desconocidos, actualmente su “audiencia” más estable se encuentra en Residencia Hogar Cantilo de la Tercera Edad. “Es un buen trabajo, se valora que vaya alguien a cantar determinado tipo de repertorio que en otros sitios no tendrían casi sentido. Además de un desafío técnico es un desafío emocional llegar a la entrega. Y eso me hace crecer a nivel interpretativo. Siempre es igual a la hora de cantar: hay que darlo todo. Salvo que ahí es como que alguien te está esperando para que le cantes otra vez las mismas canciones. Es algo extraño. Es como le debe pasar a una estrella pop con sus fans.”

Aunque su padre lo conmovía las pocas veces que cantaba de modo doméstico y siempre hubo música, su formación podría denominarse autodidacta: “El tema con lo autodidacta es que hoy en día podés leer un montón de trabajos que son académicos. Si bien no he ido a una institución a aprender fonética. Me intereso mucho sobre el estudio de la voz. A través de la imitación uno empieza y después querés ir intelectualizando qué sucede para poder desarrollarlo como una técnica, y lo vas internalizando”. Y prosigue: “Empezás a analizar el instrumento voz que también sirve para hablar, para manifestar, que tiene distintas colocaciones y resonancias. Que está en el diálogo, que es una función dialéctica y que comunica un montón”. Y señala “el rol del artista que compone un conjuro, como es una canción, que viene más que nada de eso. De la oratoria, del discurso. Un aedo, un rapsoda, un himno, un canto. Eso hay que ver cómo está entrelazado. Somos mineros y buscamos el oro”.

En relación con lo que genera, dice con sinceridad: “Me sorprende y me agrada el respeto mutuo por personas afines. Va más allá de mí. Por ahí, como se basa en la experiencia, sí recae en la imagen o acercarse a la persona física. Y no poner un like en una página donde hay un material. Pero no me hago mucho cargo de eso. No me siento especial. Soy un poco tímido en verdad. Trato de no dejar que me afecten ni los elogios ni las críticas. Sé que las personas se relacionan de manera sensible con lo que hago, pero eso lo valoro como una cosa que no genero desde mí. Es el trabajo y cómo enfoco. Lo que quiero mostrar es para que lo veamos, no para que me vean”.