Por Ramiro García Morete

Un click en medio del bosque. En enero de 2018, mes en el que no oficia de preceptor en el colegio, tuvo tres semanas en soledad. La casa de Mar Azul que la familia compró mucho antes de que el bello y pequeño pueblo balneario creciera estaba a su disposición. Sí, la misma casa lindante a la del dueño de Mr. Gone. Se trata del bar musical referencial de la zona, hace veinte años atrás, cuando apenas aprendía algo de batería y guitarra. Fue así que conoció a músicos como Celeste Carballo o Botafogo, que pasaban de compartir mates cuando se alojaban en lo de su vecino a invitarlo a subir al escenario. En ese mismo entorno que él definirá como “mágico”, hizo click. No sólo con la computadora del pequeño home studio que -junto al charango, la guitarra y algún teclado- lo acompañaban. La había llevado para musicalizar el mediometraje que su hermano, cineasta, preparaba sobre el sindicalista Raimundo Ongaro. Como era un work in progress de ambas partes, le quedaban espacios. Y en alguna caminata por la playa le surgieron versos y canciones. Estaba solo, pero no solo por la casa. No estaba ni su viejo amigo de Das Culter (dúo de rock pesado donde tocaba la batería), ni Naranja Mors. Tampoco los compañeros de Honk Kong (banda de blues ahora en stand by donde canta y toca la guitarra) ni su trabado proceso de grabación de disco. En definitiva no estaba toda cadena infinita que infiere -con sus bondades y perjuicios- el trabajo colectivo. Hizo click y se dio cuenta que podía componer y grabar sin plan ni plazo ni estética definida. “Porque necesitaba sacar, sacar, sacar. Si no me estancaba”, dirá. Y sacó un tema y otro y otro. Sólo cuando empezó a compartir a sus amistades por WhatsApp cayó en la cuenta de que sonaba muy distinto a todo lo anterior: rap, trap, reggaetón, cumbia, electrónica. Quizá fueron los chiques de la escuela, a esos que miraba azorados cuando le hablaban de cierta música nueva. Quizá fue “Hello Cotto” de Duki, el cual le explotó la cabeza e incluso llevó a inspirarle un falso beef (pelea a través de canciones de rap) como signo velado de admiración. O sencillamente fue un click de liberación, como aquella madrugada que envalentonado por algunas copas se animó a filmarse con el celular y subir un video de una canción a YouTube. O quizá no haya un click sino pequeños pasos, como los que dio al volver a la ciudad y seguir adelante. Hasta que su amigo Gero Favaloro lo instigó: esto es un disco. Y en una semana Himalaya estaba publicado. Por cuestiones legales tuvo que recurrir a algo que lo divertía de niño, cuando iba a la N° 12 de Gonnet: invertir palabras. Pero Nitsuga no es Agustín que se dio vuelta. Al contrario, es Polo, haciendo algo que siempre estuvo ahí pero nadie veía. Como esos secretos que se ocultan en el bosque.

“Es como estar en el paraíso” sonríe Polo sobre la instantaneidad que da el proceso solista. Aunque aclara: “Lo que extraño es el compañerismo, juntarte, la diversión. Todo lo que gira en torno a un ensayo, a una fecha. Lo que gira en torno a una banda. Lo que se crea es hermoso. Ahora me está dando ganas de juntarnos, de hecho”.

Para las presentaciones solistas, que comenzaron a mediados de año pasado cuando otro amigo lo animó a tocar en Mercat Catalunyia (otro bar que luego cerró por la crisis): “No me enrosco. El formato que hago es un bombo en el pie, guitarra, teclado, micrófono con bastante reberv y pista. Una gran parte es ejecutada y la otra más de pista”. En su set tampoco faltan “Little respect” ni “Karma kamaleon”, lo que no sólo denota sus gustos heterogéneos sino su herencia de Los Deloreans, grupo de covers ochentosos que integró en el pasado.

Otra faceta que se reveló o reformuló fue la de cantante principal: “Tanto en Naranaja Mor y Das Culter solíamos cantar al unísono. Raramente hacíamos arreglos de quintas u octavas. Asi que un poco se complementaban. Y más tocando la batería, que a veces no te da el aire y un poco la disfrazás. Y ahora sí, claramente. Hay veces que soy yo y la guitarra en vivo. Le estuve metiendo, aprendiendo y desarrollando técnicas. Creo que tengo un registro relativamente grave en comparación con las voces más agudas que se usan hoy”.

De sus temas, que lejos de la ortodoxia transitan la amplia gama de lo que se llama “urbano”, fue “Pa’ ella” el que constituyó otro punto de inflexión: “Medio reggaeton, medio cumbia. Ahí fue que me solté y dije: ya fue. Ya venía un poco rap, un poco electrónica. Y como que eso conjuga todo”. Entre otros elementos, Polo apela allí al tan utilizado como cuestionado “autotune”. “Me tiraron bardo con el autotune. Yo no tengo drama en decir que lo uso. En vivo no, porque no tengo los artefactos para que quede bien. Tampoco usarlo en vivo es tan fácil. Para mí está buenísimo, está fantástico. Está quien lo usa bien y quien lo usa mal. No hay que subestimarlo. Yo lo entiendo como un efecto: como un delay, como un flanger”.

“Pa’ ella” también es uno de los videos de mayor producción que ha logrado, pero tampoco eludió el recurso casero. “Miro mucho YouTube -cuenta Polo-. Lo que escucho lo voy tomando de ahí. Me gustan algunos formatos y la idea de single”. Y confiesa: “Me daba un poco de cosa la exposición personal, al principio”. Y explica: “Tenes que hacer un click. Es como pasar barreras. Cuando empezás  hacer las cosas solo, cuando te empezás a exponer. Es como un arma de doble filo a veces. Con una banda tenés miles de escudos: tenés los instrumentos, tenés los músicos. Pero cuando está solo, está solo. Y eso era a cada pelada. Fue el principio. Me gustó lo que surgió. Me gustó el formato de largar un tema sin pensar si es de un disco”.

Con conciertos precisamente en Mar Azul, Polo proyecta un año donde quizá terminen el disco con Honk Kong pero apuntará su energía principal en este rumbo solista. Hasta que el bosque, como en un célebre poema, vuelva a indicarle otro camino.

LINK PARA ESCUCHAR: https://open.spotify.com/artist/3ny7eAUKF9hBTSv5KIIXf0