Por Ramiro García Morete

“Soy abanderado de no olvidar/ prefiero caminar con las mochilas viejas”. En 1983, con apenas once años, posiblemente no usara otra mochila que para ir a la escuela. En las calles de La Plata se volvía a respirar, lentamente, un poco más, y las marchas políticas y jingles de campaña envolvían el aire. El niño apoyó las manos –algo más pequeñas que las que compondrían décadas después “Nunca menos”– y casi por intuición o quizá como destino hizo sonar la “Marcha peronista”. Fue entonces que los padres decidieron mandarlo a estudiar música en la Facultad de Bellas Artes, donde fue presidente del Centro de Estudiantes.

Es que para el joven criado con discos de Mercedes, Atahualpa y Víctor Heredia, y que a los veintialgo tocaba folclore con Las Piedras, la música no sería su lugar principal sino la militancia. Quizá lo supo cuando iba al Normal 3 y escribió su primera canción, esa cuya letra no recuerda pero sí el sentimiento sobre su protagonista: Evita. O quizá nunca pudo disociar el arte del mundo en el que resuena, porque, como dice don Ata: “lo primero el hombre, lo segundo el poeta”.

Si bien entre el fin del menemato y la primera presidencia de Néstor acompañó a Natalia Bogliano en un proyecto tanguero llamado Desencuentro, jamás pensó en cantar. Fue un encuentro casual –o no tanto, como todo– que lo hizo cambiar de idea. Algo que debe ser usual en una persona cuyas mochilas no sólo cargan los libros y autores que ilustran el arte de su disco, sino fuertes convicciones.

Una madrugada, tras un concierto en el Centro Cultural Maradona que coordina, Palo Pandolfo y él se sentaron a guitarrear. El admirado y legendario líder de Don Cornelio o Los Visitantes se entusiasmó con sus canciones. “Estás buscando la canción que muestre lo que no ves”, grabó cuando la oscuridad tenía un significado más personal que colectivo. ¿Quién las habría de cantar sino quien las escribe? En colectivo con el cubano Michel Portela –que volverá lleno de gloria, asegura su amigo– le dieron un sonido rockero y con un atmósfera que oscila entre el dark de los ochenta y las grabaciones encontradas del Salmón, a sus canciones de raíz criolla y esencia pop. Y ahora que el deseo de volver a brillar se vuelve una necesidad más que personal, piensa un nuevo disco “más político” y busca la canción que muestre lo que unos no quieren ver.

Como aquel niño, se sienta y, antes de escribir su propia letra, Horacio Bouchoux busca la canción de todos.

Puro presente se grabó entre 2015 y 2016. “Yo nunca hice rock –introduce Bouchoux–. Yo siempre hice candombe, folclore, tango. Pero Palo lo agarró y lo paso por el filtro de su post punk mental”.

Y no duda en definirlo como un genio. “Es un chabón que no explotó en la masividad por su exceso de oscuridad”. El músico graduado de Bellas Artes –que se encargó de los arreglos de violín o bandoneón– cree que fue “una mixtura de su saber callejero y rocanrolero y lo que yo podía aportar del conocimiento”. Y agrega: “El disco fue una producción colectiva, en términos generales. La mitad hecha entre La Plata y el Oeste, la amistad de los músicos también. Como un puente”.

“No soy cantante: puedo cantar porque canto mis temas –sentencia–. Los que componemos tenemos esa ventaja. No podría grabar un disco con temas de otros.”

Con planes de grabar Odiseo con un cuarteto encuadrado en buena parte de la tradición rockera argentina, promete un disco de marcado contenido social. Sobre todo cuando gran parte del repertorio de Puro presente se centra en experiencias o emociones personales. Bouchoux encuentra una explicación: “El disco anterior fue compuesto en la década ganada. Salvo Hijos del Dolor, compuesto en los noventa. Tienen esa impronta y a lo mejor por eso habla de cosas individuales. Porque lo colectivo estaba resuelto desde la militancia y la esperanza. El disco que armo ahora es más testimonial. Es casi una obligación de un artista que se sienta parte de un colectivo político, sea el que sea. No es que se puede separar que un día es padre, otro militante, otro músico. Uno es uno y con distintas dimensiones en las cuales se desarrolla”. Y concluye: “La música y la política van de la mano”.