Por Amparo Crivos

“No siento que soy otro de golpe, nunca sentí que no sabía quién era, sino que tenía de repente la posibilidad de encontrarle explicación y significado a muchas cosas”, dijo Maximiliano Menna Lanzillotto, nieto recuperado 121.

“Ana Libertad está feliz, se ríe todo el tiempo”, contó Estela de la Cuadra, tía de la nieta recuperada número 115.

Mario Bravo se reencontró con su mamá 38 años después de su nacimiento. “Nunca más te van a separar de mí”, le dijo su madre cuando lo vio. “Quería saber quién era”, dijo él.

“Fue el día más feliz de mi vida. Me reí, lloré, le hablé desde el lugar donde están sus papás, le dije que había podido cumplir lo que desde siempre le prometí a mi hija: encontrar a mi nieto”, explica Jorgelina “Coqui” Pereyra, Abuela de la filial La Plata.

“No pudieron, esta vez no pudieron. El amor le ganó al odio”, dijo enormemente emocionada, entre lágrimas y llantos, la nieta 126, hija de Edgardo Garnier y Violeta Graciela Ortolani. “Se me completó la vida”, añadió.

“Cuando me preguntan por mi nombre, hoy puedo decir quién soy porque en su momento sufrí lo que se conoce como sustitución de identidad. Soy Paula Eva Logares, hija de Mónica Sofía Grinspon y de Claudio Ernesto Logares, nieta restituida en 1988”.

“Para mí es la restitución del amor no vivido hace 42 años”, expresó Camilo, uno de los hermanos de Marcos, el nieto 128 que ya se reencontró con su familia.

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Cuando aparece un nieto, todo es alegría.

Cuando aparece un nieto, todo es tristeza.

Cuando aparece un nieto, todo es ambiguo.

Es la síntesis de años de lucha de sus familiares, abuelos, hermanos, tíos y de los organismos que hacen de la aparición, el juicio y el castigo una cuestión social.

El plan sistemático del robo de bebés fue el título que se le puso a la práctica de la apropiación de menores de la última dictadura cívico-militar argentina de 1976. Consistió en el secuestro, apropiación y ocultamiento de la identidad de los hijos de los detenidos desaparecidos.

Los niños robados como “botín de guerra” fueron inscriptos como hijos propios de los miembros de las fuerzas armadas, entregados a civiles relacionados con los militares o abandonados en institutos o Iglesias como N.N.

La Asociación Abuelas de Plaza de Mayo, organismo encargado de la búsqueda y restitución, estima que hay un total de 500 nietos apropiados en los años de la dictadura.

El modo de trabajar de Abuelas en esta búsqueda fue cambiando acorde a las distintas condiciones políticas, sociales e históricas, y supo afrontar los principales desafíos.

Buscaban rostros familiares, marchaban con las fotos de sus hijos en pancartas, golpeaban las puertas necesarias de cada oficina, iglesia, escuela.

Recolectaban datos sobre las personas que testimoniaron sobre los nacimientos en cautiverio. Recorrían cada sede de casa cuna y revolucionaron hasta la ciencia. Crearon el Banco de Datos Genéticos (BNDG) y posibilitaron la identificación por ADN con el “índice de abuelidad”. Con un grupo de especialistas en genética, lograron relacionar una muestra de sangre de un nieto y una abuela, saltándose a los padres. Incluyeron el derecho a la identidad en la Declaración Universal de los Derechos del Niño.

Soportaron que las llamen locas, que las manden a su casa cuando iban a preguntar, que les dijeran que sus hijos y nietos estaban “todos muertos”. Soportaron ver a los genocidas regocijarse con las leyes de la impunidad y también lograron su abolición en el año 2003.

Hoy, buscan a todos los que faltan. Pero también buscan juicio y cárcel común para los responsables. Hasta diciembre de 2018, se ha restituido la identidad de 128 personas.

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Inés Ortega tenía en ese momento 16 o 17 años. Estaba muy asustada. Estaba por dar a luz a su primer hijo.

Le dijeron que iban a traer un médico. Después de varias horas llegó.

El doctor la arrastró por las escaleras, la tiró en el piso y le hizo un tacto en menos de tres minutos. Se la llevaron al cuarto de al lado, el mismo que usaban para torturar.

“Oíamos sus gritos, oíamos las risas de los guardias, los gritos del médico y por fin oímos el llanto del bebé”.

Irene dio a luz a un varón, que estuvo con ella durante un tiempo. Después le dijeron que el Coronel lo quería ver y que se lo iba a entregar a sus abuelos. A partir de ese momento, Inés y su hijo nunca más se volvieron a ver.

(Del testimonio de Adriana Calvo de Laborde, en el Juicio a las Juntas, 29 de abril de 1985)

Leonardo Fossati Ortega nació el 12 de marzo de 1977, en la maternidad clandestina de la Comisaría N° 5 de la ciudad de La Plata, en Diagonal 74 e/ 24 y 64. Por el testimonio de Adriana conoce su fecha de nacimiento y el único momento que compartió con su mamá.

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Leonardo Fossati. F:@InfojusNoticias

La comisaría tiene dos grandes partes. Si bien todo funcionaba como centro clandestino, en la parte delantera se conservó la fachada de la comisaría para mantener las apariencias. Hoy, gracias a lucha encabezada por Leonardo y Abuelas este lugar está en proceso de convertirse en un espacio de memoria y se le donó a Abuelas un anexo, con un auditorio para realizar eventos.

La parte vieja se mantiene igual. Los calabozos son pequeños. Y el lugar donde nació Leonardo está lleno de bolsas de consorcio que son prueba judicial de elementos que se encontraron ahí.

Mientras recorre el lugar, señala una celda: “Ahí nací yo, en ese lugar que además se utilizaba como cocina, con mi mamá atada de pies y de manos”.

–¿Y tu papá?

–Con él no sé si pude compartir.

Hoy tiene 41 años, y recién a los 28 años conoció la historia de su familia y pudo armar la propia. Pasó más tiempo con el nombre que le puso su familia “de crianza” que con el verdadero.

Leonardo siempre sospechó que era adoptado. Sus padres de crianza eran un matrimonio mayor. Su hermana había nacido en 1972 y tampoco era hija biológica de ellos. Los criaron con mucho cariño, amor y dedicación. Vivían a diez cuadras de la comisaría y pasaban por la puerta cada vez que iban en bicicleta a jugar al Parque Saavedra.

Él comparaba la edad de sus papás de crianza con las edades de los papás de sus amigos y notaba que eran más bien las edades de los abuelos de ellos, y que además, tampoco tenía algún parecido físico. En su casa había fotos suyas y de su hermana de bebés, pero no había fotos de los embarazos.

No eran grandes dudas para Leonardo pero a medida que se iban sumando, generaban una duda mayor. Estaba casi seguro de que era adoptado, pero también se hizo la idea de que si efectivamente era así, era porque lo habían abandonado. “Si me habían abandonado y esta familia me crió con tanto amor, el tema para mí ya estaba cerrado”.

Cuando fue padre de Tomás a los 21 años su mirada sobre algunas cosas empezaron a cambiar. Sus dudas sobre su identidad crecieron. “Necesitaba confirmar mi historia de abandono”.

Le contaron la historia que le habían transmitido a sus padres de crianza: ellos lo habían ido a buscar a la casa de una partera en 66 e/ 15 y 16. Su supuesta madre era una chica muy joven, cordobesa, que había venido a estudiar a La Plata y no quería ser madre. Entonces lo llevó a casa cuna, donde la partera los contactó porque sabía que la pareja estaba en búsqueda de un nuevo hijo. Lo fueron a buscar en 1977 y lo anotaron como hijo propio. En su partida de nacimiento figuraba que Leonardo había nacido en un parto domiciliario. Él fue a buscar a la partera; pero ahí tampoco encontró nada.

Su vida siguió su curso. En ese momento, Leonardo estudiaba teatro en una escuela de Buenos Aires. Una tarde tenía que hacer un ejercicio de improvisación en cinco minutos. A él se le ocurrió improvisar los últimos cinco minutos de su vida. Y dentro de ese ejercicio planteó:

Me estoy yendo y todavía no pude conocer quién soy.

Cuando la clase terminó, se le acercó una compañera para felicitarlo, pero además, le preguntó qué tan cierto era lo que había dicho sobre su identidad. Él le dijo que era todo verdad.

¿Y por qué no te acercás a las Abuelas? –preguntó ella.

A principios del 2004 Leonardo se acercó a la filial de Abuelas, en 8 e/ 48 y 49, a la vuelta de la empresa de viajes donde siempre trabajó. Subió hasta el piso sexto y habló sobre la historia que le habían narrado a quienes lo recibieron.

Fue solo. No se lo contó a nadie, ni siquiera a Tomás, su hijo, que tenía 6 años. Sabía que las probabilidades eran casi nulas y no quería generarse ninguna expectativa, ni que le pregunten a cada rato.

Abuelas investigó la historia narrada y la documentación que llevó y lo invitaron a hacerse una extracción de sangre a principios del 2005. Leonardo puso una sola condición: si el querer averiguar e investigar iba a generar alguna complicación legal a su familia de crianza, prefería no hacerlo. “Después me di cuenta que es algo que le pasa a muchos, a casi todos en realidad. Pero que también tenés derecho a saber quién sos”.

Leonardo había vuelto a vivir a la casa de sus papás de crianza después de separarse de la mamá de Tomás. A medida que pasaban los días, esperaba el resultado. Llamó algunas veces a CONADI, pero le decían que tuviera paciencia. “Quizás como mecanismo de autodefensa me dije que ya estaba, que por acá no era”. Siguió sin comentarle a nadie y dormía con la tranquilidad de que ya había hecho todo lo que podía hacer.

Pero sí era por ahí.

En un radio de diez cuadras, Leonardo nació, fue apropiado y se crió. Muchas veces se habrá mirado a la cara con su verdadera familia: en el almacén, en el parque, en la vereda.

Un oficial de la Justicia se presentó a su casa cuando él estaba a punto de salir a trabajar. Entraba a las nueve de la mañana. Faltaban veinte minutos. El oficial pregunta por Carlos. Él estaba solo. Responde que sí, que es él.

–Me tiene que acompañar al juzgado.

–¿Por qué tema?

–El oficial dice un número de causa largo y tedioso que Leonardo no reconoce

–Bueno, sí, pero por qué tema.

–No se lo puedo decir, tengo este escrito y me mandaron a buscarlo.

Avisó al trabajo que iba a llegar media hora tarde, pensaba salir en quince minutos del despacho del Juez. Agarró su moto y fue atrás del auto del oficial de justicia. Conoció el despacho de un Juez por primera vez. Se presentó el Juez Arnaldo Corazza y le dice:

–Mirá, quedate tranquilo que no es nada malo. ¿Te acordás que hace un tiempo vos te hiciste un análisis de ADN? Bueno, yo estoy a cargo de la causa de la desaparición de tus papás.

Leonardo se desarma. Entró a las nueve y media de la mañana y no llegó a trabajar. Se fue de los Tribunales a las tres de la tarde.

A Leonardo no lo habían abandonado, lo habían desaparecido, negado y apropiado.

El resto es historia.

Leonardo Fossati Ortega se empezó a llamar así desde el 11 de agosto de 2005.

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Pedro, Leo, Sebastián, Natalia, Silvia, Marcos, Adrián, Manuel, Máximo, Ana, Martín.

“Sí, por lo menos once”, afirma Emanuel mientras golpea la mesa acordándose de cada caso que le tocó trabajar.

Emanuel Lovelli tiene 38 años, es abogado de Abuelas de Plaza de Mayo desde hace 14. Trabaja ahí desde que se recibió. No tiene ninguna historia relacionada con la dictadura, pero siempre quiso trabajar en Abuelas. En el año 2003, tocó la puerta. “Vengo a dar una mano”. Es parte del cambio de paradigma, las leyes de impunidad habían sido declaradas nulas y comenzaba una vez más la persecución penal a los genocidas.

El cambio de sentido dio viento a favor y se sentencia el olvido: los responsables deben pagar por sus atrocidades.

Para restituir la identidad hay dos caminos en Abuelas. Por un lado, si al organismo le llega la información de un supuesto caso, se presenta a la Justicia un pedido de examen de ADN para llegar a la persona.

“Las personas pueden negarse y eso es válido, pero con el avance de la ciencia, se puede hacer el examen sin la necesidad de la muestra de sangre. Se puede hacer con su ropa, su pelo, un par de medias, lo que sea. Eso es lo que se denomina la vía clásica, Abuelas lo hace desde 1984”, cuenta Emanuel.

Las Abuelas son sabias, y empezaron a pensar que cuando sus nietos fueran más grandes, ellos las iban a buscar a ellas, entonces crearon la CONADI (Comisión Nacional por el Derecho a la Identidad). Ese es el lugar al que acuden las personas que dudan de su identidad, sin pasar por la judicialización, y pueden hacerse de manera voluntaria un examen de ADN.

Si el examen es positivo, comienzan los trámites judiciales. Porque sólo la justicia puede anular una partida de nacimiento falsa y otorgarle la verdadera identidad a una persona.

De los once casos que le tocaron a Emanuel, “Cholo” le dicen, todos fueron distintos. “En líneas generales los de presentación espontánea suelen ser los más armónicos, porque es la persona la que está motivada a encontrar su origen”. Hay otros casos donde hay “mucha resistencia, había algo que detenía a la persona que no viene”.

Hay factores que son comunes: todos tienen puntos altos y puntos oscuros. “También es diferente si la persona tuvo hijos al momento de conocerse. El tener un hijo repercute de manera directa. Yo tengo un hijo y yo no sé quién soy. Y la mayoría de los casos, hoy tienen hijos, por la edad, ya todos los nietos pasan los 40 años”

Todos los nietos descubren un primer lugar un ocultamiento. Todos fueron arrancados de los brazos de sus padres, de su identidad e historia personal y familiar.

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“A mí me tenían con otro nombre, Gina Amanda Rufo. Y bueno, ahora estoy con mi verdadero nombre: Carla Graciela Rutila Artes. Yo ya sabía que, por la forma que me trataban los señores que me tenían que no eran mis padres”. (Carla Rutila Artes, documental ¿Quién soy yo?)

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Emanuel no esperaba ese día tener que darle la noticia más importante de su vida a Coqui. Corría el año 2008.

Lo llamó Claudia Carlotto, la hija de Estela, que es la directora de CONADI. Le dijo: “Mirá, hay que decirle a Coqui, fijate cómo la podes traer para acá sin que sospeche nada”.

Claudia vive en City Bell. Emanuel se agarra la cabeza mientras lo cuenta, como lo hizo en ese momento. Pensaba: “¿Cómo hago para llevarla hasta lo de Claudia? Le tenía que mentir sí o sí”, recuerda. La llama por teléfono porque Coqui no estaba en la oficina ese día.

En ese momento la Abuela de la Filial La Plata Jorgelina “Coqui” Pereyra estaba por cumplir los 80 años.

–Mirá Coqui pasó algo muy grave, hablé con los chicos.

–¿Pero qué paso? –pregunto preocupada

–Y la verdad que no te puedo contar, tenemos que ir a lo de Claudia que nos quiere hablar.

–¿Pero ahora? Yo estoy haciendo otras cosas.

–Mirá, conocés a Claudia, que cuando se le mete algo en la cabeza… Y preparate, que es duro. Andá pidiendo el remís.

Emanuel se mordía los labios de la ansiedad con la que quería gritarle la noticia a Coqui, pero sabía que tenía que esperar. Le parecía injusto saberlo él antes que ella. Fue hasta la puerta de la casa de Coqui, que en ese momento vivía sobre calle 51, enfrente del Teatro Argentino.

“Bajó y mientras estábamos esperando el remís me dice: ‘¿Y cuándo va a aparecer mi nieto?’ Yo me quería morir, me sentía un hijo de re mil puta. Le dije: ‘Bueno Coqui, vos sabés que trabajamos todos los días para encontrar al tuyo y al de todas'”.

Después del viaje “más largo del mundo”, llegaron a lo de Claudia en City Bell. Ella los estaba esperando en la puerta. Coqui gritó con impaciencia: “A ver Claudita qué paso tan terrible querida”. Emanuel piensa en el tiempo que pasó y le brillan los ojos al recordar la voz de Coqui, que ahora intenta imitar.

–Bueno, Coqui, tenemos que hablar: la verdad es que pasó algo muy feo, pasá y sentate –responde Claudia.

La Abuela se sienta en el sillón. Claudia dice por lo bajo: “Cholo, vení, vamos a la cocina”. Ya alejados, desesperada, pregunta: ¿Cómo le decimos?

–No sé, boluda, vos sos Carlotto –responde nervioso Emanuel.

Coqui estaba sentada en el sillón color maíz, sobre la pared, en el medio. Claudia se sienta en una punta y Emanuel en la otra. Ella la agarra de la mano y le dice:

–Mirá, Coqui, yo te lo tengo que decir. De una, así.

Coqui la mira, se le iluminan los ojos y grita: “¡Apareció mi nieto! ¡Apareció mi nieto!”

Coqui saltaba y caminaba por toda la casa, mientras que Emanuel la seguía para que no se caiga. Los tres brindaron y al otro día Coqui se fue a Buenos Aires en busca del abrazo más esperado.

Cuando aparece un nieto, hay una abuela que salta de alegría.

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Emanuel Lovelli, abogado de Abuelas de Plaza de Mayo.

Para Emanuel, Abuelas es un espacio muy particular porque nace de la lucha colectiva. “Las viejas entendieron que solas no iban a ningún lado. Y que también buscamos desaparecidos vivos”.

Cada restitución tiene un dejo de tristeza porque es hijo de personas que se sabe lo que vivieron. Cuando apareció Leonardo, el Cholo ya había leído los testimonios sobre su mamá.

“Está buenísimo pero te da angustia, decís: ‘la puta madre’. Cada restitución es una alegría y es increíble sentirse parte de esto, no hay otra cosa que te haga sentir de esta forma. Sea donde sea, si es una causa mía de acá de La Plata o que apareció en Tucumán como el último. ¿Quién lo encontró? Todos”.

Toda restitución tiene un punto de partida: la lucha de una Abuela.

Elsa Pavón, la abuela de Paula Logares, cuenta que lo que sintió al momento de encontrar a su nieta es contradictorio: “Por un lado sentí una gran alegría, por supuesto, porque fue muy buscada y no fue fácil recuperarla. Costó mucho hacer entender a los jueces, el beneficio del cambio, de recuperar a su familia la nena y la familia a la nena. Y por el otro lado, mucha tristeza, porque fue darme cuenta que mi hija no estaba, que su mamá no estaba con ella”.

Matías Manuele es sociólogo y trabaja en la Secretaría de Derechos Humanos de la Nación. Se encarga del programa de acompañamiento a las víctimas, familiares y testigos de los casos de delitos de lesa humanidad. El otro día acompañó a Elsa a la declaración judicial de su nieta Paula. Estaba con Elsa y la hija de Paula. Llegaron temprano y escucharon un testimonio anterior que había sido durísimo. Todavía quedaban dos testimonios más para llegar al de Paula, él se acerca y les dice:

“Chicas, ¿quieren ir a tomar un café? Porque la verdad estar acá, es medio duro”.

La hija de Paula tiene 15 años. Elsa la mira a ella y le pregunta: “¿Qué querés hacer vos? A mí me da lo mismo, yo el dolor ya lo tengo”.

Para Matías, esa es la clave: el dolor no desaparece, siempre está, no se resuelve. “Los nietos representan, a veces, la ausencia del otro, del hijo que está desaparecido. Son la marca del dolor y de la alegría al mismo tiempo”.

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“Me parece hasta en un punto normal que algunos nietos no encuentren su identidad”, expresa Leonardo. Pero hay un punto común: la mayoría de los casos que no quieren conocer(se) es porque han sido criados por familias de militares, muchas veces, incluso, por quienes han secuestrado a sus padres. “Son familias que durante muchos años tuvieron la tarea de inculcarles valores e ideas en contra del mundo por el que militaban sus viejos”.

Victoria Montenegro, hoy diputada por Unidad Ciudadana en la Ciudad de Buenos Aires, fue criada por el Teniente Coronel Hernán Antonio Tetzlaff. Él mismo participó del operativo del secuestro de sus padres. A partir de muchas denuncias Abuelas llegó a ella. No se quería analizar. Cuando lo hizo dio positivo. No quería saber nada. Ella defendía a quien consideraba su papá. Hoy defiende a muerte lo que hace, pero necesitó su tiempo.

Otro caso particular es el de Emiliano Hueravilo. Nació en agosto de 1977, y el 13 de diciembre fue abandonado en la puerta de casa cuna con una postal que decía su nombre y su fecha de nacimiento.

“Sé que nací en la ESMA (Escuela de Mecánica de la Armada) y que estuve con mi mamá 22 días. Después de eso, no sé dónde estuve hasta que me encontré con mis abuelos”.

Su mamá le hizo una marca dentro de la oreja izquierda, para encontrarlo cuando salga. Sus abuelos paternos, quienes lo criaron, le fueron contando quién era. Era un cuento que a veces tenía palabras para adultos: robo, desaparición, tortura. Sus abuelos esperaron a que tuviera 5 años para contarle dónde estaban sus papás.

Hoy sabe que para encontrarlos hay que vaciar el Río de La Plata. Mirtha Mónica Alonso y Oscar Lautaro Hueravilo son víctimas de los vuelos de la muerte.

Para Emiliano no envejecen, porque las últimas fotos que hay de ellos son de cuando tenían 23 años. Milita desde los 12 años, desde que entendió el porqué de la desaparición de sus padres. Es papá de tres hijas y les cuenta quiénes fueron sus abuelos. Quiénes eran, dónde militaban y para qué.

“Mis padres peleaban y lo siguen haciendo por un país distinto. Por la educación pública, por mejor salud pública, por trabajo para todos y por eso hoy sigo levantando sus banderas y militando en contra del modelo económico neoliberal que se implantó en la dictadura y nos gobierna hoy”.

Emiliano no sabe qué pasó con él durante esos cinco meses; “El único que sabe y hoy ya no lo puede decir, es Massera”, dice con enojo.

Emiliano Hueravilo.

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Para Abuelas, la identidad es el conjunto de atributos de la persona que se inicia con la vida misma de ella, responde a su verdad biológica. Se construye desde el nacimiento hasta el fallecimiento. Es el nombre, la imagen social, la imagen de sí mismo. También es una cuestión ideológica, cultural e incluso religiosa. Pero sólo se puede conformar si uno sabe de dónde viene. Si eso está falseado, hay una identidad sí, pero nula, sin base.

Emiliano sabe quién es porque conoce su verdad biológica, Leonardo también. Los 128 lo saben. Pero cada uno hizo su camino.

Antes tenían otro nombre, otra historia. Cuando el oficial de justicia le tocó el timbre a Leonardo, en la casa de su familia de crianza, lo llamó de otra forma. Y Leonardo se reconoció como tal, aunque después ya no lo fue más.

Él se reconoció cuando le dijeron su nombre verdadero. Era uno de los nombres que él mismo había considerado para su hijo, para Tomás, cuando pensaron nombres con la mamá. Atravesar la historia de sus viejos fue para él “una mezcla de angustia y de felicidad, por confirmar que no me habían abandonado pero tener la triste certeza de que están desaparecidos”. Empezó por la historia de sus papás para construir la propia. A la primera persona que se lo contó no le dijo soy Leonardo. Pero sí dijo los nombres de sus padres. Comenzó a distinguir entre su familia “de crianza” y su familia.

La justicia declaró nula su partida de nacimiento y nació un nuevo argentino. En realidad, dos: Leonardo y Tomás se hicieron el documento con el apellido Fossati.

La mayor preocupación de Leonardo era cómo se lo iba a tomar su hijo de 8 años. Él también tenía que cambiar su apellido y su historia familiar. “De cierta forma yo estaba poniendo en duda a mi familia de crianza que eran sus abuelos con los que existía una relación diaria”.

Leonardo se lo contó de la mejor manera, como él lo estaba viviendo, con una mirada positiva.

“Tomi, ahora la familia se agranda porque hay un montón de familia que nos estuvo buscando y que ahora vamos a conocer, pudimos al fin saber la verdad. Después, seguramente nos cambiemos el apellido para dejar todo en orden. A un apellido que yo tenía de antes, de cuando nací. Los abuelos me lo cambiaron y estaría bueno volver a ordenar las cosas”.

Su papá se lo contó un sábado y Tomás se lo tomó tranquilo.

El lunes de la otra semana, le mandaron a Leonardo una nota en el cuaderno de comunicaciones con un pedido de reunión de la señorita de Tomás.

“Pensé que se había portado mal, como cualquier nene. Cuando fui el jueves la señorita me planteó a ver qué estaba pasando en casa. Ella me contó que Tomi cuando había llegado el lunes al colegio había dicho que a partir de ahora le teníamos que decir Fossati porque ese era su verdadero apellido. Ahí me di cuenta que él lo estaba sintiendo igual que yo”.

Leonardo perdió su miedo; y conoció a su familia e historia.

Los crímenes de lesa humanidad no son delitos que pasan y terminan, sino que es algo que continúa sucediendo. En la Psicología se lo define como un trauma: lo que está siempre presente, lo que no deja de pasar.

“No se puede ir a la comisaría 5ta, al pozo de Banfield o a la ESMA como quien va a la verdulería”, afirma el sociólogo Matías Manuele. “Hay que estar preparado para esa reviviscencia”. No hay reminiscencias porque los nietos no pueden recordar el lugar donde nacieron, pero sí pueden revivir a partir de testimonios, historias, fotos su historia de nacimiento. “Lo sienten en el cuerpo”.

“Hace algunos años vino a verme una persona. Me contó que estaba yendo a la cancha de Gimnasia en el taxi de un amigo. Para que el patrón no lo descubriera le pidió que se tire en el piso del auto así no se activaban los sensores. Ella se tiró al piso y automáticamente le vino a la memoria que ella había estado tirada en el piso de un auto, cuando la secuestraron. Nunca lo había recordado. Vino desarmada a la Secretaría porque volvió a vivir ese secuestro”.

Según Matías, como esta historia, hay miles. En la cabeza no hay pasado y presente, todo está muy junto.

Para que la persona pueda construir una nueva subjetividad es fundamental “ponerle nombre a ese dolor”. Es decir, según Matías, hay que saber dónde ponerlo, saber verlo, sacarlo cuando sea necesario. “Hacerse cargo de quién es uno tiene sus costos, y no hacerlo también”.

Entonces, si un nieto antes fue otra persona, la identidad no es sólo biológica. También es un proceso permanente de construcción de un yo en relación a otros, en relación a un contexto social.

Por supuesto que hay una parte biológica, porque sino no se podría entender el caso de Paula Logares, que fue inscripta con 3 años de diferencia de edad y su cuerpo biológico se adaptaba a su cuerpo social.

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A Emanuel Lovelli no sólo le tocó contarle a Coqui como Abuela, sino que también le tocó contarle a un nieto.

El caso fue duro: después de muchas denuncias que llegaron a Abuelas, lo invitaron a hacerse de forma voluntaria el examen de ADN en CONADI. Él no quería, sostenía que era hijo de sus viejos. Pero finalmente se analizó. “Lo hago para que ustedes puedan seguir su búsqueda y descartarme, yo soy hijo de mis viejos”, afirmó de manera rotunda.

El día del resultado, Emanuel estuvo presente porque llevaba una causa judicial que se relacionaba con su caso: él era parte de un listado de chicos y chicas que su partida de nacimiento estaba firmada por una médica que ya se había comprobado que había firmado otras.

“El no lo entendía. Lo entendía racionalmente, pero no lo creía. No podía asimilar que era el hijo del segundo jefe del ERP”.

Tenía el resultado del ADN delante de la cara, pero no lo creía.

Le acercaron una foto de su hermano mayor, que era muy parecido a él.

Cuando ve la foto, Maximiliano Menna Lanzillotto, se desarma.

Esa imagen vale más que el ADN.

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Estela de Carlotto y Leonardo Fossati en la Facultad de Periodismo de la Universidad Nacional de La Plata (UNLP).

“El hallazgo de cada nieto es un milagro”, afirma Estela de Carlotto, Presidenta de Abuelas de Plaza de Mayo. Su lucha no tiene fin, pero sí momentos.

Emanuel, Matías, Leonardo, Emiliano, Paula, Elsa, Estela, todos coinciden en algo: los que cometieron estos delitos, tienen que ser juzgados.

Para Emanuel, como abogado, el juicio es ordenador porque te “permite ver muchas cosas que en otros casos llevarían años. Ahí están los familiares, los compañeros de militancia, los que vivieron en el centro clandestino”. Se puede construir una historia en lo que dura un juicio oral.

Los abogados tenemos a veces un lugar un tanto incómodo, porque tenemos que decir que acá hay una realidad objetiva: el hecho de inscribir como propio un hijo que no lo es la ley lo pena. Después cada circunstancia es distinta. La familia de crianza puede saber dónde venía o no.

El juicio no es anecdótico porque es la instancia donde se pasa de ser Juan Pérez a ser quien se es en realidad. Si bien tiene sus complicaciones, para Emanuel “ordena quién sos vos, tus hijos, tu familia”.

Ayer hablaba con una nieta que está en el proceso de adecuar su identidad y ella me decía: no me quiero presentar más como la que venía siendo. Me molesta y ya no lo aguanto, quiero ser quién soy.

Es la proyección de la película de la familia de cada nieto, de su lucha, de qué pasó, de quiénes son los responsables de su apropiación.

“40 años de los organismos de construir un discurso alrededor del tema no es poco”, afirma por otro lado Matías Manuele. “Hay una legitimidad ganada de que los delitos ocurridos durante el terrorismo de estado deben ser penados y que dejan una marca social”.

La instancia judicial representa también una instancia reparatoria porque existe un consenso colectivo: en el momento en que la justicia determina el fallo, tiene valor de verdad.

Para Emiliano, más que su propio juicio, es igual de importante “condenar a todos los genocidas antes de que se mueran, que el último minuto que respiren lo hagan en una cárcel común”.

“Todavía estamos en el comienzo”, sostiene Leonardo. Para él, es fundamental que se sigan conociendo los hechos que sucedieron en la dictadura. “Que recuperemos a los 300 nietos que faltan, que aparezcan todos.

“Hay genocidas que todavía están sueltos. Falta restituir los restos de un montón de nuestros viejos. Que los responsables de apropiarse a estos bebés estén presos. Falta que no exista más una parte negacionista en la sociedad”. Nada de esto está resuelto.

“El rol de los juicios se vuelve entonces fundamental a nivel social, para que queden demostrados los crímenes más atroces que sucedieron en la Argentina. Nosotros podemos y tenemos que continuar en la construcción de esta lucha, pero todavía no encontramos ni siquiera a la mitad de los pibes que estamos buscando. Estamos a mitad del camino que empezaron las viejas en el 77”. “Es dificilísimo”, dice Emanuel.

“Nosotros estimamos que hay unos 500 nietos nacidos en cautiverio. Bueno. Encontramos solo 128. Ahí está la respuesta de todo lo que nos falta”.