Por Ramiro García Morete

Al Turco le fascina la ferretería. La técnica en general. Su tono cauteloso y pausado se acelera al contar que si compra hierro piensa si es cuadrado o redondo, si es 40-20, si es 20-20, si tiene acople telescópico, si compra fibrofácil o terciado de 18 o de 22, y demás detalles que ni este ignaro cronista registra y que –según dirá– a nadie le importan jamás. Esos detalles que se ocultan tras una obra que sin embargo a él tampoco le interesan cuando asiste como espectador. Sólo le importan las acciones y las ideas. El resto es, precisamente, telón de fondo. Allí donde le gusta ubicarse, quizá. Porque a pesar de más de diez años trabajando en el Taller de Escenografía del Teatro Argentino, exponiendo o siendo artífice de la “imaginería” de una de las bandas más convocantes de la ciudad, Lucas Borzi –así se llama el Turco– no se considera un artista. De hecho, no fue ninguna musa ni brío de vanidad que lo acercó hace quince años al Colón para aquel curso de maquetas que, honestamente, detestó. Así como cuando se pierde en Futuro –la ferretería que atiende Lito, no ese tiempo impreciso en el que no piensa demasiado–, tomó uno de los pasillos. Allí sucumbió ante un bosque. O la pintura de un bosque en un telón, tan distinta y no tanto de la que montaría él para la notable portada de un disco. Se presentaba El Lago de los Cisnes y quedó enamorado por la escena detrás de la escena: el olor a pintura, gente trabajando en un telón de 25 x 15 metros, trasladando dibujos con grillas. Instantáneamente supo que ese era su lugar en la frondosidad de las artes. Quizá como esos lobos u osos que protagonizan sus ilustraciones personales, agazapados en la sombra. O como los electrodomésticos que cuelgan de una obra a estrenarse: funcionales por la dignidad misma de ser útiles. Al Turco le importa que las cosas no sean porque sí sino para algo. El Turco sabe que el bosque no debe tapar al árbol ni el árbol estar ahí parado si no es para cobijar el trino de los pájaros y el silencio de la noche.

“Siempre lo más importante es la idea con la que se esté trabajando”, dice mientras mira la instalación montada en la vidriera del Centro Universitario de Arte para la obra Sin cabeza (Naturaleza muerta) de Blas Arreseigor, que se estrena el jueves 13 a las 20:30 hs, y que va a estar un mes para ser visitada cuando no es habitada por el actor. “En este caso, el requerimiento era ese: una situación espacial que funcione visualmente en una vidriera y que al mismo tiempo se pueda habitar como espacio para los actores. Es la resignificación de una casa donde los electrodomésticos cobran vida y van subiendo a las paredes y el techo buscando salir de ese departamento como prisioneros en una pecera. Es una naturaleza muerta que cobró cierta vida.”

Enseguida la charla se abre paso sobre el oficio de la escenografía: “Esto es un poco de cultura visual y con suerte un poco de arte”. Y empieza a definir su enfoque: “Cuando uno ve una obra o una idea representada en una imagen, siempre tiene que haber principios rectores que tengan una bajada de línea. Es fundamental que algo mande, que diga es esto. Cuando uno lee un libro, tiene la idea que tiene el escritor cuando lo escribía. En una composición, en una obra, en un texto. Yo me aboco a tratar de resolver esos requisitos técnicamente y lo más estéticamente parecido a lo que me piden con cierto presupuesto”.

Borzi asiente cuando se le consulta por el costado físico del oficio. “Esa relación entre artista y obrero, yo me siento más obrero. Creo que los artistas tienen una capacidad impresionante de transformar la realidad. Yo no la transformo: trabajo con imágenes y construyo cosas. Yo siempre trato de trabajar con una idea y convertirla en imagen. De que algo que está en la esfera intangible se convierta en imágenes. A veces hay personas que haciendo eso dan en el clavo increíblemente y se parece más al arte que a engordar la cultura visual en la que vivimos. Yo trabajo con un flyer con alguna necesidad y genero algo tratando de bajar las ideas que tengo en imágenes. No me interesan como una vanidad de hacer por hacer. Trato de trabajar a partir de la demanda de necesidad, ya sean mías o de un pedido. No creo en la inspiración.”

Sin embargo, a través de la notable trilogía de la banda local Güacho (reconocida no sólo por su sonido sino también por la calidad de cada puesta en escena) se advierte un tono entre sombrío y alegórico: “Hay un universo. Por ahí tenga más que ver con el hacer por el placer mismo y no tanto como una necesidad. Aunque con Güacho tenemos casi siempre una necesidad”.

Y para el cierre insiste: “Yo necesito una acción fundamentada en una necesidad de contar algo. La escenografía que es lo que me mantiene económicamente… lo que importa son las acciones del personaje y el texto o diálogo entre esos personajes. La escenografía tiene que ser un soporte de eso. La escenografía minimalista por excelencia es un piso y una luz. Y no se necesita más. Porque lo que importa son las acciones”.