Por Ramiro García Morete

En el living de los Giordano, en pleno corazón de Los Hornos, jamás hubo un sillón. Siempre estuvo atestado de micrófonos, equipos, cables y baterías que sólo se desarmaban cuando el padre de Ariel y Belén cantaba al frente de la banda tropical Los Búhos. En una casa y una cuadra pobladas de músicos, el inquieto Ariel -de cinco años- metía mano en los distintos instrumentos. Inclusive llegó a quemar un teclado por alterar el voltaje. Quizá por ello fue que a los seis le regaron su propio Casio Tone Bank: “tomá, esto es tuyo, no toques el resto”. Quizá por esa inquietud comenzó a estudiar piano, pero se aburría al leer la partitura del “Arroz con leche” cuando ya la había sacado de oído. Quizá por esa inquietud acabaría retomando el Conservatorio para salir aturdido nuevamente, y luego Bellas Artes y volver a su espíritu autodidacta… y sin embargo anotarse hoy en la escuela de Berisso. La misma que lo hace fascinarse con la cumbia, el tango o el rock por igual.

A él le gusta meter mano y aprender viendo videos, leyendo, estudiando hasta para cuando da clase como, desde hace diez años. Así aprendió a tocar todos esos instrumentos que veinticinco años atrás rompía: piano -su apodo es “Tecla”, de hecho-, guitarra, batería y bajo. Pero por más que hoy esté grabando un disco solista, siempre necesita otro. Como cuando sus temas por alguna razón caen rítmicamente en el dos. Por eso, al editar su primer disco solista, a puro funk, decidió que su nombre propio desapareciera del de la banda. Como cuando tocaba en Cochinote, siendo uno más de un grupo.

Por eso cuando su dos en la convivencia (el Tano Rulli) y bajista de la banda tuvo que dar un paso al costado, no dudó en tomar el bajo. Los teclados quedaron a cargo exclusivamente de su hermana Belén, quien también los acompaña vocalmente. Con planes, colaboraciones con otros artistas y trabajos diversos, Ariel Giordano ve con satisfacción que la banda que completan Leo Barroso en guitarra y Ezequiel Rengifo en batería (más los vientos de Juan Fantaguzzi y Gengis Khan Bolzan) es precisamente eso: una banda. Y que suena. Y que, como él, se mueve. ¿Quién necesita un sillón cuando hay tanta música para hacer y moverse?

“Terminamos el año el 8 de diciembre en Rey Lagarto, con Camarón Negro, una banda de puta madre -cuenta Giordano-. Fue un año muy difícil, pero con mucho trabajo. Tocamos, ensayamos y grabamos un montón. No tuvimos los resultados de años anteriores en cuanto a que sacamos discos. Con Cristina sacamos dos discos, con Macri dos temas. Sacamos un tema y con otro nos quedamos a la mitad, que saldrá pronto. Se nos cortaron fuentes de ingreso, todos quedamos medio sin algunos laburos. La vida económica de uno influye en la banda. Porque uno está acostumbrado a trabajar para invertir en sus proyectos. Laburamos, pero estuvimos muy trabados en poder hacer todo lo que queríamos.”

Con dos álbumes, Los Sincronizados proponen un sólido ensamble con potencia rockera y cadencia soulera donde el norte es el funk. “Es difícil definirme en un género, porque hay épocas que escucho tango a morir, rock a morir, funk a morir. El funk se dio porque es un lugar al que mis canciones van. Hay un lugar del groove en el dos cuando compongo que siempre me pasó. Me gusta esa clave, adonde voy con el instrumento ahí: con el piano, la guitarra y ahora el bajo. Yo venía del palo nacional. Y a través de bandas de blues fui llegando a ese color de la música negra.”

Sobre su vaivén entre los estudios formales y su voracidad autodidacta, define: “Me gusta aprender todo el tiempo. Yo vivo la música como un lenguaje y como una forma de vida. Me gusta transmitir. Doy clases desde hace diez años. Estudio mucho, me formo yo. Veo documentales, trato de apasionarme con todo lo que hago. Me encanta cuando mis alumnos empiezan y tienen ese sonido principiante. Pero yo prefiero investigar en todos los estilos musicales. Para entenderlo, explicármelo a mí y disfrutar de eso”.

Al músico le alegra la decisión de haber adoptado una dinámica horizontal y grupal: “Me estaba faltando eso. Tenía una banda que respondía a mis ideas, pero yo necesitaba una banda donde yo fuera parte, cumpla un rol y fuera un espacio. Poder generar eso como familia. Al estar mi hermana, ensayar en lo de mis viejos que siempre están, con mis amigos alrededor, con Zeque que era baterista de mi banda anterior, con Leo que es de Los Hornos”.

Respecto de las líricas, cuenta: “Por trabajo, estuve muy atravesado por el teatro, donde me proporcionan textos y guiones y yo tengo que generar música. Donde trato de percibir la emoción con palabras de otros. Cuando yo me pongo a escribir suelo hacer un juego parecido. Para hacer una canción de desamor, van saliendo palabras y tarareos. Trato de salir de mi lugar y ponerme en el lugar de otro. Escribir un texto desde dos lados”.