“Este gobierno es una tragedia”

La escritora Silvia Schujer presentó en La Plata su último libro “Maleducada”, en el que relata sus desventuras por la escuela primaria de los años sesenta. Durísimas críticas a la gestión macrista, que llegó a dejarla “ofuscada y sin palabras”.

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Por Javier Biasotti

Quienes tengan hijos de alrededor de treinta años o menos seguramente hayan acunado sus sueños leyendo los cuentos incluidos en los más de setenta libros que lleva publicados. Ahora, en la librería El Aleph de Plaza Italia y frente a más de treinta docentes, bibliotecarios y narradores orales, Silvia Schujer desgrana las historias contenidas en Maleducada, su último libro, en el que da cuenta –sin sutilezas ni contemplaciones– de los despropósitos de las maestras que la formaron durante la primaria.

Agrupadas en siete cuentos –uno por cada grado cursado entre 1962 y 1968–, las historias hablan de un modelo de docente severo y autoritario, y a través del humor que caracteriza la vasta obra de la autora, permite repensar la práctica docente que determinó que también ella fuera una maleducada.

“Si algunas de las maestras que yo tuve leyeran estos cuentos, me matarían. A ellas también les dedico estas ficciones, porque de uno u otro modo me enseñaron a escribirlas”, señaló Schujer acerca de la obra que integra la serie Loqueleo de Santillana.

Sin embargo, no todas son críticas en el libro. Defensora de la educación pública, Schujer rescata la valentía de maestras como Ofelia, que en su 4º grado cursado en 1965 se atrevió a romper la censura y le explicó que la V y la P que veía en todos los paredones de su barrio significaban “Perón vuelve”.  

“Este es un libro escrito por venganza”, dice con picardía y el auditorio le festeja la humorada. Pero se apura en aclarar que los relatos intentan describir a maestros que marcaron su vida, para mal o para bien.

Términos como “tomar distancia” y “pupitre”, o la evocación de la materia Desenvolvimiento, pueden parecer anticuados para las nuevas generaciones. Pero Schujer los defiende porque gracias a su inclusión en el libro se pueden conocer rastros de un pasado educativo no tan lejano. “Si no hubiera leído a los autores rusos jamás hubiera conocido lo que es un samovar”, ejemplifica.

Sobre estas historias y los cambios en el sistema educativo, Schujer dialogó con Contexto. Y también sobre la crisis en el mercado editorial, que el gobierno nacional profundizó al ahogar una industria pujante hasta 2015, que tenía al Estado como el mayor comprador de volúmenes. Y no vaciló en calificar la gestión Macri como “una tragedia, una vergüenza, un horror”.

¿Creés que si alguna de las maestras que protagonizan los siete cuentos del libro te encontrara por la calle te daría un buen coscorrón?
Supongo que en algunos casos no se reconocerían, porque es una mirada muy personal y porque, si bien son estrictamente ciertos sus nombres y algunas de las características de las maestras, las historias no son reales. Está el espíritu de lo que yo quería contar en relación con lo que era cada una de esas maestras, con lo que significaron para mí o con algún hecho puntual vivido en algún momento. Así que no lo veo como posible. De todas maneras, en algunos casos no son críticas, sino que también hay mucho reconocimiento, es especial a dos maestras.

En los perfiles de cada una de ellas señalás lo bueno y lo malo que te dejaron.
Trato de rescatar básicamente lo que yo sentí como niña, traducido por la adulta. Esas cosas que fueron fuertes en el momento, que me dejaron una marca. Por ejemplo, en el cuento “Era un árbol, Meri, era un árbol”, mi señorita era Meri, a la cual describo tremendamente intensa, tal como era. Ella hablaba de “los tilingos” y “los tololos”, algo que a mí me impactaba mucho porque no sabía lo que era y sentía que era algo ofensivo. Eso es lo más cierto de toda esa historia.

Ese cuento lo situás en 1962, cuando cursaste tu primer grado, y claramente es un anticipo de lo que cincuenta años después conoceríamos como bullying. A tu compañerito Diéguez lo maltrataba la propia Meri.
Absolutamente. En realidad, esa maestra le hacía bullying a muchos chicos, era un personaje bastante bravo. Lo que yo quería rescatar, más que la anécdota en sí –que pertenece a otra situación vital–, era lo que la maestra trasuntaba en cuanto al trato con los alumnos.

Estos relatos ubican al docente en un pedestal, como una figura muy distante de lo que hoy percibimos como un trabajador.
Es cierto, antes se lo veía como algo sacrosanto, vocacional o angélico, y a partir de que el docente se asumió como un trabajador y se sindicalizó, se produjeron los cambios educativos más importantes, porque a la escuela entró la persona que vive en una determinada sociedad, que confronta con ella y que recibe chicos que pertenecen a una sociedad conflictiva. Ahí se empezó a hablar de otra cosa, el estatus docente cambió completamente. Por supuesto que sigue habiendo docentes con una ideología más conservadora, pero caben todos.

Hablás de una figura docente muy autoritaria y rígida en aquellos años. ¿Tus visitas a escuelas te permiten percibir cambios en esos rasgos?
Creo que cambió, pero además es muy distinto el estatuto de un alumno que el de alguien que va desde afuera a un colegio, como yo, que va de invitada y desde otro lugar. Voy invitada por docentes que en general saben lo que pienso, y son los docentes más progres de las escuelas. Entonces no podría hacer una generalización comparándolos con esa época, porque yo antes –además de todo– tenía la visión del niño que no tenía ni voz ni voto. Hoy, si se quiere, voy desde un lugar de mucho poder. Pero viendo a los chicos y sus actitudes en relación con sus maestros y conmigo, me doy cuenta que algo cambió: los chicos tienen voz. Puede haber un maestro más o menos autoritario, un mejor maestro académicamente hablando, pero el vínculo entre los pibes y los docentes y directivos es muy distinto. Por ejemplo, los tutean. Y en general a los chicos los llaman por su nombre, ese tomar distancia y llamarlos por el apellido se modificó.    

En la primaria de los sesenta había temas tabú, pero en uno de tus cuentos narrás que la señorita Ofelia, de 4º grado, te explicó qué significaban la P y la V (Perón Vuelve) que leías en pintadas callejeras.
Exactamente. Eso sí que es un cambio radical, que tiene que ver con lo que decía antes. Los maestros se asumieron como trabajadores dentro de una sociedad que, además, por momentos los explota. De un Estado que no les paga lo que corresponde, que no pone las escuelas en las condiciones en que deberían estar, y por eso su propia lucha los habilitó y habilitó al resto de la sociedad a hablar de otros temas. También está la cuestión de las mujeres. Por caso, el otro día en una escuela católica los chicos me preguntaron qué opinaba del aborto. Ellos sabían lo que pensaba, pero el hecho de que pudiera estar hablando de eso era para mí un camino transitado enorme. Felizmente cambiaron las cosas, pero tengamos en cuenta que pasaron muchos años.

Decís que Maleducada se te disparó por venganza, y que pudiste canalizar esa situación y redimir la bronca acumulada en otra cosa. ¿Escribirlo fue una experiencia reparadora?
La literatura es reparadora. Y digo vengativo en el sentido de reparación, porque uno generalmente escribe sobre lo que le falta, sobre las asperezas que le faltan limar, sobre las cosas que quiere saber y todavía no sabe; es un desafío continuo la escritura. Cuando uno necesita expresar el dolor, escribirlo repara. Cuando tenés una bronca y la escribís, repara. Cuando querés saber algo que no sabés, al escribir vas obteniendo respuestas que reparan esa curiosidad.

Hablando de literatura, acaba de conocerse un pronunciamiento público de escritores, que vos también suscribiste, respecto del desolador panorama que enfrentan las editoriales.
Es devastador. Los autores que publicamos desde hace muchos años cobramos en relación a tiempo pasado, entonces todavía no hemos registrado en nuestras liquidaciones la caída de las ventas que nos cuentan los editores que han sufrido. Pero basta ver cómo está toda la situación social y las pequeñas y medianas empresas –como lo son las editoriales– para saber que no pueden ser la excepción a la regla.  

Cierran librerías, cierran editoriales.
Por ahora no han cerrado muchas, porque los efectos van a empezar ahora. Esto empezó con el principio de este gobierno, que apenas asumió desmanteló los planes nacionales y provinciales de lectura y los relacionados con las bibliotecas. Uno de los componentes de estos planes tenía que ver con la compra y reparto de libros en bibliotecas, y se habían tomado el trabajo de orientar las compras hacia las editoriales más chicas, lo cual le dio un aire enorme, y eso siempre está bien.

También es una forma de incentivar a los nuevos autores.
Absolutamente. En las editoriales grandes no se puede experimentar demasiado, hay una línea y más o menos hay que seguirla. Nos dejan experimentar a los que hace rato venimos publicando. En cambio, las propuestas de editoriales chicas en algunos casos nacen con la idea de probar algo distinto. Ese es el lugar de la experimentación, de la variedad.

¿Qué espacio le queda, entonces, a la producción de los jóvenes autores?
Siempre aparece algún recurso, cada época va generando sus conflictos y sus ranuras para emerger de todos modos. Lo que puedo recomendar desde mi experiencia, y lo recomiendo a mis alumnos, es que manden sus trabajos a todos los concursos, siempre. Por ahí no pueden editar de entrada porque es difícil –antes también lo era, pero ahora es mucho más difícil–, pero cuando un texto es reconocido en un concurso, si no es la puerta entera al menos es una llave que facilita la entrada a una editorial. No puedo decir mucho más. Después están los que escriben en las redes y se dan a conocer así. Igual, se van a modificar las formas de edición y de conocimiento.

Llevás transitadas más de tres décadas produciendo literatura infantil y juvenil. ¿Qué cambios percibís entre lo que se escribía treinta años atrás y lo que se escribe ahora?
Hay mucho más material, y hay mucho menos temor a los temas que se tratan. Nunca me gusta hablar mucho de los temas que se tratan porque puede haber libros malísimos con temas muy interesantes. La literatura es más que un tema. En general hay más permisos, se desarrolló mucho la industria editorial para los chicos, puntualmente la ilustración hizo un despliegue muy importante, y se desarrolló la novelística para los jóvenes. A mí me gusta mucho el cuento, y casi diría que para los chicos el cuento es el género por excelencia. Pero por ahí para los que son más grandes la novela es un hermoso género del cual antes no había muchos exponentes. Esos son los cambios positivos más notables, y también los hay negativos: hay mucha basura.

Los escritores que trabajan en el nicho infantil, adolescente y juvenil ¿le deben algo a J.K. Rowling?
No sabría decirte. A mí me gustó mucho Harry Potter, pero no sé si los autores argentinos le debemos a Rowling. Creo que le debemos más a María Elena Walsh.

¿Cómo ves el sistema educativo provincial, con todo el 2018 sin poder cerrar la paritaria, con el suceso desgraciado de la muerte trágica de dos docentes en Moreno…?
Creo que este gobierno es una tragedia, así, sin ninguna duda. Cada día me pregunto cómo llegamos hasta este lugar. Me parece que la educación es uno de los lugares sensibles donde más se nota la tragedia nacional que estamos atravesando. No sólo por lo que no cobran los docentes, no hay clases, las escuelas se están viniendo abajo, con los docentes muertos. Es una vergüenza, es un horror. Además de ofuscada, estoy como sin palabras, no puedo creer lo que está pasando. Hay un lugar donde me lo pregunto y no encuentro las respuestas. ¿Qué les está pasando a las sociedades que votan a sus verdugos? No lo puedo entender.   

Vaya paradoja, que una escritora se quede sin palabras.
Ah, sí, ¿viste? Pero pasa.