Por Matías Kraber

“Confía en la vida”, fue su frase preferida para espantar a los fantasmas. La repitió como un mantra mientras un viaje poseso lo llevaba al fondo del ser, y que naciera una flor de loto en medio del barro de los días platenses de finales de septiembre de 2017. Ignacio no sabía qué podía pasar, pero prefirió irse eyectado por la pulsión etérea de su amor a la música. Ahí estuvo el secreto, el resto es literatura.

Ignacio Etchegaray es un músico-productor nacido en Bahía Blanca en 1990. Un wacho millenial que se crió con la tecnología de los videojuegos y el beat electrónico de Gorillaz en su adolescencia. Desde pibe mamó la música en los viajes en auto con sus padres mientras giraba Pink Floyd o Charly García en el stereo. Formó bandas de covers en la capital rionegrina, tocó la batería (después la guitarra y teclados), obligó a su hermano Fran a que aprendiera a tocar el piano, vivió en Viedma, Bariloche y más tarde llegó a La Plata para afianzar una banda que se puede escuchar por cualquier tienda virtual: hasdee.

Todo 2017 fue producir con hasdee. El sonido explotaba, la banda ganaba seguidores, pero Ignacio necesitaba el paréntesis de un viaje: juntar el poder de nuevos paisajes y el choque de cultura de un panzer alemán: Berlín, la ciudad del muro, después del muro. Un renacer en la era postpunk.

-Me sentía re estancado en La Plata. Sentía que mi energía estaba así. Entonces pasan un par de cosas y decido irme a Berlín, saco pasaje, llego el 19 de septiembre y vuelvo el 8 de octubre. Fue la experiencia de mi vida. ¿Viste cuando un viaje te cambia la frecuencia totalmente? Llego a mi casa estudio en La Plata y me pongo a componer catárticamente con el piano y el I-Pad. La llamo a Cami, la sonidista de hasdee y le muestro las canciones nuevas junto con otras que venía recolectando desde hace un par de años (las había dejado guardadas en el galpón): “Igna, acá tenes un disco”, me dijo, y yo, que empezaba a darme cuenta, al final me convencí de que mi auto andaba.

¿Cómo fue el siguiente paso?
Primero, traté de mantenerme con la misma onda que había juntado cuando estaba de viaje, porque sentía que se me iba gastando. Entonces empecé a meditar, empecé a comer más sano; mantenerme con la energía alta y hacer música: la canción “S-Bahn” sale de un fragmento de una grabación de alrededor de una hora que era: mi máquina de ritmo, el piano con la mano derecha, el sintetizador haciendo los bajos con la izquierda y yo a los gritos. Cuando volví para escuchar esa maqueta de casualidad di play exactamente en lo que hoy sería el primer verso de la canción y aluciné. Tenía mucha fuerza. Le grabé un audio de WhatsApp a Cami inmediatamente porque no entendía qué era eso pero no podía dejar de escucharlo. Creo que ese tema es sagrado: porque no recordaba haberlo hecho, al principio fue una improvisación catártica muy poderosa que terminó por ser la esencia del disco. Un viaje solo en tren por Berlín, sin entender el idioma ni nada.

Already human, already es un disco que Ignacio comienza a gestar al regreso de Berlín en octubre de 2017 mientras, al unísono, tenía planes con hasdee. Sin embargo, luego de grabar y salir de gira de verano, la banda pactó un parate: “Pusimos todo arriba de la mesa. Primero habló el batero y dijo: ‘tengo ganas de tomarme un tiempo porque no estoy pudiendo disfrutar’; después habló mi hermano y dijo: ‘yo también, estoy medio cansado’; y yo digo: ‘buenísimo, porque si no vamos a hacer nada con la banda yo estoy pensando en mudarme a Berlín, y si estamos de acuerdo nos tomamos un tiempo para que cada uno haga la suya’. Luego del acuerdo, lo único que me preocupaba era qué iba a hacer con mis gatos. Pero mi decisión de irme a vivir a Berlín ya estaba tomada”.

Entre noviembre y diciembre de 2017 grabó las trece canciones del disco en su estudio de La Plata Café África Estudio. Se fue a tocar con hasdee, volvió a su casa platense en febrero y en el medio llegó una alemana a vivir un tiempo con él –como una premonición de lo que vendría después– y lo convenció de sacar pasaje junto con la presión telefónica de “El Gato”, un amigo de la vida que vive en la capital alemana desde hace algunos años. Le pasó el estudio de grabación a otro amigo que necesitaba armar el suyo y no tuvo que desmontar nada. Los gatos, Ana y Williamson, consiguieron su casa en Viedma y San Antonio.

Después, quedaba volar.

Cuando el 1º de mayo de 2018 pisó suelo de Berlín, sintió entrar en el epicentro del arte mundial: un crisol de idiomas por las calles, arte urbano en las paredes y la electrónica como un nuevo portal. Aterrizó en un departamento de una alemana punk ochentera para compartir piso con Johannes de Hamburgo y Francesco de Verona, Italia, en un espacio ambientado con objetos de la dueña como pósters y vinilos de The Clash, Patty Smith y David Bowie. El rubio inglés que murió el 10 de enero de 2016 se convirtió en su guía espiritual desde el arribo: la casa del músico durante su estadía en Berlín –cuando sacó la trilogía poderosa Low, Heroes, Lodge– está a unas siete cuadras de la de Ignacio. Creer o reventar, pero justo Ignacio venía de devorar la biografía de Paul Trynka cuando todos los Bowie lo atacan al mejor estilo Bayern Munich de Guardiola.

¿Qué te pasó cuándo descubriste la cercanía con Bowie?
Desde que llegué sentía que Bowie estaba muy cerca. Creo que pasaron unos días para descubrir su casa a siete cuadras de mi departamento. A partir de ahí, cada vez que perdía el norte con el disco me iba a su casa, me paraba en la puerta, me prendía un cigarro y le preguntaba cómo seguir. Casi como un ritual.

¿Te dio otra señal?
Sí, la siguiente coincidencia es lo que termina de confirmar que Bowie está por todas partes. Mando mails a posibles masterizadores del disco: Estados Unidos por un lado y Londres por el otro. Estaba indeciso. Diferencia de dinero, casi nula. Entonces lo llamo al Gato –que a esta altura es la voz de mi conciencia en mi etapa alemana– y le consulto. Y él me responde: “Vasco, si te sale casi lo mismo, ¿por qué no te vas a Londres y vivís la experiencia?”. Tenes razón, le dije, y empecé a llamar por teléfono a una lista de seis tipos. Al primero que llamo me atiende una señora por un auricular y luego por otro se oye la voz de un hombre: “Hola… ah sí, vos me mandaste un mail ayer… perdón que no te respondí. No hay problema, el miércoles próximo te puedo dar un turno. Ok. Adiós”. El tipo fue tan amable y “no-apurado” que supe instantáneamente que era la persona que estaba buscando. Saqué pasaje low cost a Londres, me fui a su estudio y mastericé el disco con este reconocido ingeniero de sonido británico, Kevin Metcalfe, un tipo que entre sus trabajos discográficos tiene Diamond Dogs de David Bowie.

Una escena fue simbólica en su primer paso por Berlín. Ahora él la mira en retrospectiva desde el pasillo del departamento al que también, en un primer momento, lo sintió extraño y desconocido. Me habla por teléfono y cuenta que en septiembre de 2017, cuando apenas llegó, se fue con su guitarra a un barrio donde la ciudad late de tribus urbanas y cultura underground. El sitio se llama Kreuzberg y ahora se ha vuelto más hipster, pero desde su génesis ha sido un lugar en el que se puede tocar el nervio cultural de la ciudad después del muro. Mientras cantaba una canción sentado en un banco, se le acerca un grupo de gente extraña. Se sientan al lado y uno de ellos le dice “Eric Clapton”, y él le responde que sí y toca “Layla”. “Empiezan a aplaudir mientras me miraban y sonreían. Hablaban en un idioma que yo no alcanzaba a descifrar cuál era. No entendía nada. Había algunos que no estaban en sus cabales, besaban el piso, gritaban. Después se arrima como el jefe de la tribu: un tipo de ojos celestes que me mira a los ojos y me atraviesa con la mirada. Yo tenía una barba característica mía –el tamaño de dos dedos debajo del labio inferior– y él una similar pero mucho más tupida. Entonces se señala la barba y después levanta el pulgar como aprobando: “okey”. Después, hace que vomita en su mano, y de ahí saca una moneda extraña, se acerca y me le da mientras dice: ‘For good luck, you good life’. Yo en ese momento estaba que me meaba encima del cagazo, pero después entendí que este polaco de ojos azules traía un mensaje positivo. Desde ahí que he tenido muy buena suerte.”

Ignacio entendió también que la suerte es fortuna y que a la fortuna hay que amasarla como la gallina que empolla un huevo. Se encerró desde mayo a agosto de 2018 en el laboratorio de su cuarto alemán para editar, mezclar, sumar efectos, voces y algún piano más junto a maquinas de ritmo y terminar de armar el disco Already human, already, que salió el 21 de septiembre por todas las tiendas virtuales de manera independiente. Un disco existencial con esquirlas de viejas guerras ganadas y perdidas, pero con la certeza de que sólo el arte te salva de las tormentas más adversas.

Already human, already es un disco conceptual que trabaja la canción con texturas, ritmos contrapicados, loops de pianos sutiles, atardecer primero y noche que cae de repente mientras llueve entre La Plata y Berlín para purgar y darle lugar al amanecer rojo anaranjado. Un disco que, según él, es el antidisco, porque tomó incluso decisiones que trascienden el mandato comercial de lo que manda el mainstream. Prefirió la crudeza, el reciclaje de sonidos de sus mejores yo en distintas ciudades: Bariloche, La Plata y Berlín. Un nomadismo de un wacho que lanzó un discazo con ese claroscuro de tener el hit –”Just”– y más al centro la joya para los fanáticos del detalle –”S-Bahn– su canción más primal que muestra a un vagabundo –la carta 56 del I-Ching– perdido en una estación de trenes donde todo le resulta ajeno pero sin embargo encuentra su alma.

¿”Just” es el hit y “S-Bahn” es el concepto?
Sí, tal cual, exactamente. De hecho, de “S-Bahn” está por salir un videoclip que hizo un amigo mío de Los Angeles. Está tremendo. Lo grabamos con una cámara analógica 16mm que le da un aire de otra época con la estética de la estación de trenes que es alucinante. Además, fue la primera letra en mi vida en la que logré describir exactamente lo que quería decir, de la forma en que quería decirlo, y a la vez encajó perfectamente en la melodía original de mi gibberish. Cuando la terminé, la leí y me largué a llorar. A esa letra la fui haciendo como puliendo una piedra mientras caminaba por mi casa escuchando los demos de la canción. Yo tenía las melodías y los gritos míos, y después lo pude plasmar poéticamente.

¿Qué dice en su traducción “S-Bahn”?
Lo más lindo que yo he escrito, dice: “me afirmé ahí donde no puedo entender, pero mi corazón canta, mi cabeza se detiene, mi alma está con vos y mi cuerpo está en este tren”. Creo que sinteticé todo lo que quería transmitir en esa frase. Es un tema intenso, porque la historia es intensa, pero es una historia de amor. Terminé inspirando el disco un poco en esta canción, y entender el amor incondicional… a pesar de las fronteras. Lo único que sabés es que podés dar amor.

 

Para escuchar el disco

Spotify: Ignacio Etchegaray: already human, already

www.ignaceland.com