Por Ramiro García Morete

“Pasó mucho tiempo de silencio porque, como no había nada que decir, no dije nada”. Sin rodeos, Willy Crook explica el extenso lapso sin grabar que precedió al flamante X. Lo llamativo es que en cada respuesta, breve o no tanto, lúcida u ocurrente, dice algo. Con la misma voz árida sobre la que él bromea, pero que supo esparcir como arena sobre el humeante groove de un sonido que se definió como funky y que engloba elementos del soul (“ese primo canchero del blues”, dice), del jazz y del reggae. Toda esa negritud que por supuesto lo visitaba de la mano de Jorge Pinchevsky o Alejandro Medina cuando se fascinaba con Dark side of the Moon de Pink Floyd. Es que el músico que dejó a un lado el saxo que lo situó en algunas de las mejores bandas del país para cantar y tomar la viola rítmica nunca tuvo un punto de inflexión respecto a los géneros. Al Green o Marvynm Gaye ya estaban ahí. Y en 1994, cuando todavía usaba una porta de cuatro canales, tomó con Big Bombo Mamma la posta del funk nacional. O el “fifank”, como cómicamente lo llama, dada la cadencia presta para el acto amatorio. Aunque él mismo se ría de ello y de los géneros. Quizá por eso su nuevo disco se llame X, no tanto por el tenor sexual sino por la amplitud de criterios que –sin perder la línea– puede contener invitados como Débora Dixon o “el imborrable” Bam Bam Miranda.

“Son pocas canciones porque no quería que hubiera de relleno”, aclara sobre la extensión del breve pero dos veces bueno álbum. No es una fórmula. Puedo escuchar El lado oscuro de la luna veintisiete veces por día, pero no es eso. El disco comenzó a grabarse pero se fue terminando en casa del músico. “La libertad anda a nafta, decía Spinetta. Y me quedé sin nafta, sin dinero. Así que instalé todo para terminarlo de modo casero. Como una grabadora de casete más sofisticada.”

Willy anticipa que ya prepara material nuevo que fue grabado hace tres días en estudio y celebra su banda, la misma con la que se presentará esta noche en Rey Lagarto (45 e/ 8 y 9).

Banda nueva que será sometida a proceso de remix por varios elementos. “Estoy con ellos desde hace tres años y es una maravilla, uno de esos caprichos de la naturaleza. Se armó por casualidad, como los grandes inventos, como la rueda y el sacacorchos. Hay mucha afinidad. Son chicos muy aplicados y con onda”. El músico explica ligeramente en qué consiste ser funky: “Tener una especie de humor. Una postura que apunta al optimismo y fanfarronería y cosas por el estilo”.

A la par de Parliament u Ottis Redding, también escucha bandas contemporáneas como Anderson Paak, Thundercat o Homeshake, pero no se limita sólo a la música negra y en sus gustos entran Caetano Veloso o José Feliciano.

Con sencillez e ironía habla sobre sus letras, usualmente en inglés: “En este preciso momento estoy en la mitad de dos letras. Lo que intento es no ser ingenioso y que no tengan gran pretensión. Me estaciono lo más cercano a la poesía que puedo”.

Sobre la decisión de cambiar de instrumento en su momento: “Hasta el día de hoy me pregunto cómo tuve la caradurez de cantar. Pero gustó y ahí seguimos. La guitarra es indispensable para sostener lo armónico cuando mostrás una canción. Además, soy guitarra rítmica. Los solos se los paso al tecladista y el saxo lo toco sólo en tres temas, suficiente en un show. Mi banda madre tenía saxo en todos lo temas. Ya lo hice y quiero hacer otra cosa”.

¿Y qué queda por hacer?: “Soy joven hace muchos años. Tengo apenas 53. Todo está por suceder”.