Por Carlos Ciappina

Facultad de Periodismo y Comunicación Social, setecientas personas inmóviles mirando la pantalla, absolutamente silenciosos/as y a la vez completamente conscientes de que cada una/o que teníamos a nuestro lado experimentaba y compartía sus sentimientos sin necesidad de expresarlos en palabras o sonidos. Casi la forma perfecta de aquello que genera el arte. Y, en este caso en particular, la película documental logra alcanzar la forma de expresar lo innombrable a través de las imágenes.

Imágenes que nos quedan y se repiten en nuestra cabeza y nuestros corazones: hay un mundo, el mundo de las aguas cristalinas, los horizontes infinitos, la tierra para vivirla en armonía y disfrutarla, el mundo del galope largo y hermoso de jinetes y caballos con la bandera y las ropas mapuche, el mundo de esas mujeres calmas pero firmes, amables pero decididas, el mundo de saberes antiguos y contemporáneos, de lenguas originarias vivas pese a todas las prohibiciones, el mundo de casas precarias atravesadas por el viento –pero no arrasadas por el viento, sino viviendo con él–. El mundo de la Patagonia, ancha, llana y montañosa, desértica y verde, la Ñuke Mapu (Madre Tierra).

Imágenes que nos quedan y se repiten en nuestra cabeza y nuestros corazones: hay ese otro mundo, el mundo del empresario que cerca un Lago Ancestral para su uso personal; el mundo del empresario italiano que se “compra” una tierra con un pueblo adentro, un mundo “blanco, emprendedor, explotador de la tierra y sus recursos, depredador, un mundo que no se detiene ante nada ni nadie para mercantilizarlo todo. Imágenes de ese mundo de los terratenientes, de los apellidos “de prosapia” que lo destruyeron todo antes y lo destruyen todo hoy.

Y entre esos dos mundos, Santiago y sus caminos. Un muchacho que se busca a sí mismo y busca a sus otros/as. ¿Qué otra cosa hace Santiago allí en la Comunidad Pul Lof? El filme nos lo muestra con la potencia narrativa de la imagen: al buscarse a sí mismo, Santiago se encuentra con las/os otras/os. Busca quizás lo que todos/as buscamos, nuestro lugar en el mundo, nuestro lugar junto a las/os otras/os.

El problema es que este mundo nuestro –nos muestra la película– está escindido en dos: el mundo originario y el mundo occidental. Santiago es un puente entre ambos mundos. Él, sin saberlo quizás, es el más peligroso de todos los peligros que tiene este otro mundo occidental y capitalista. ¿Por qué? Porque Santiago es un camino y un puente: el puente que busca comprender, compartir, entender y solidarizarse. El puente que empieza a entender que quizás todo lo que nos han dicho y nos siguen diciendo sobre esos/as “otros/as” de la Patagonia (y de toda América) es falso de toda falsedad. Que los/as mapuches que forman parte de una humanidad agredida y expoliada –cuando no exterminada– desde hace siglos no sólo merecen nuestra solidaridad, sino también nuestra participación en la lucha. Porque –y allí, en la voz de una de las mujeres mapuches está la verdad profunda– la defensa de la tierra que hacen los pueblos ancestrales no es sólo por y para ellos, es para todas/os; es contra la depredación infinita del capital enceguecido por la búsqueda del lucro.

Y entonces la película nos muestra toda la barbarie desatada por el Estado en manos de la misma vieja y nueva oligarquía: tanquetas, camiones artillados, armamento moderno, soldados, gendarmes, gases, balas de goma y de las otras… todo el poder represivo de un Estado que en la Patagonia se desnuda de toda pretensión –si la tuviere– civilizatoria: el Estado de los Macri, los Bullrich, la vieja y nueva élite genocida. El Estado en su versión represiva “pura”.

Hay que terminar con ese puente. Hay que evitar a toda costa que el mundo de los “indios” se vaya nutriendo de aquellos que se solidarizan, que comprenden, que comparten y que aceptan que una sociedad para todos/as es necesaria y posible. Sobre todo, porque el poder comprende que si hay muchos Santiagos esa sociedad nueva es posible.

La película en sí misma es un camino y nos propone un camino de sentimientos: pasamos del reconocimiento del rol genocida del Estado desde hace siglos –esas imágenes de la Campaña del Desierto son demoledoras–, a la empatía profunda con los modos de expresarse y el reclamo de los mapuches. Nos propone encontrarnos con Santiago desde el relato de sus amigos/as, nos emocionamos con su compañera y sus familiares cercanos, y con él –con Santiago– volvemos a entrar en la comunidad Pul Lof para comprender la dimensión de su acción solidaria y su lucha.

Cuando finalmente nos muestran cómo retiran el cuerpo de Santiago del río –aunque seguimos sin saber cómo llegó allí–, Santiago es él y también es mucho más que él: se ha transformado en un símbolo, el de la solidaridad, de la búsqueda de la aceptación y la armonía con las/os otros/as que requiere de la lucha. Y también el símbolo de la brutalidad represiva de un gobierno decidido a repetir los genocidios “que hagan falta”.

La película termina, las luces se encienden, lenta, muy lentamente nos miramos, nos reconocemos, retomamos lentamente el diálogo. Somos, luego de verla, distintos a los que éramos hace apenas una hora y media atrás.

Todo el peso represivo del Estado se propuso destruir y terminar con los “puentes”; los 30.000 Santiago Maldonado de hace cuatro décadas y los de ahora –como Rafael Nahuel, el joven asesinado por la espalda apenas treinta días después de la aparición del cuerpo de Santiago–. Pero el arte acaba de ganar setecientos nuevos puentes para resistir y retomar la lucha.

El mensaje profundo del filme se nos aparece así, con creciente claridad: no abandonar el camino de Santiago.