Por Ramiro García Morete

El Milano escucha voces todo el tiempo. No está loco ni alucina, pero escucha voces. Ya sean de una señora de ciento cincuenta años o de un joven de veinte o cualquiera con quien pueda conversar. El Milano oye voces cuando prefiere trabajar con otros y celebrar ese acto mágico que es la acción colectiva. El Milano también oye voces o sonidos en su cabeza que siempre lo instan a una nueva frase o “musiquita”. Igual que cuando aún no era Milano ni Milanesa sino Javier Beresiarte y hacía la secundaria en su pueblo mendocino de General Alvear durante plena dictadura.

Mientras se fascinaba por sucesos como el destape español, iba por la calle escondiendo –por temor a una requisa– su Jazz Bass marca Faim. Inspirado por el punk y el new wave, lo compró sin importar si sabía tocar. Poco tiempo después, un amigo le diría que en La Plata habían formado un grupito y que allí era distinto, y vaya que lo sería. Desde entonces, ya sería “El Milanesa”, con pañuelo en la cabeza y cruzando por mitad de la calle. El Milano sigue oyendo esa voz de libertad y sentido de pertenencia cuando comparte edades y escenarios en una ciudad que le dio oportunidad de grabar cuando casi nadie lo hacía.

A fines de los ochenta su bajo sonaría en los indefinibles y míticos Las Canoplas, el grupito en cuestión. El mismo que dejó a un costado cuando a mediados de 2005 comenzó a grabar y armar un disco con la intención de que la voz, precisamente, se escuchara. Y con su perfil y estampa rockera, un carisma que combina lucidez universal y picardía pueblerinas, melodías adhesivas y letras sintéticas pero elaboradas, El Milano no sólo pasó a ser una banda. También es una marca y referente dentro de un circuito que de tanto agitarse en su cabeza hoy es un hecho y una voz que se oye en todos lados.

Con el entusiasmo de siempre, Beresiarte cuenta que, tras el disco debut como Milano (Trueno Naranja), “salimos envalentonados, con ganas de sacar otro”. Con Roberto Morgada (batería), Nicolás Colli (guitarra) y Diego Morales (bajo), El Milano repite equipo con Alfredo Calvelo en producción, Willy Peloche en diseño y Ultra Pop en edición, anticipa para 2019 “un señor segundo disco: creo que está bien emparentado. No es otra cosa”. Y bromea con simpleza: “Más de lo mismo: otro disco del mismo artista”.

Esa continuidad implica pequeñas piezas pop con actitud rockera donde prima la vieja y buena idea de “menos es más”: “Una vez encontré tres cuadernos. Y me puse a hojearlos…Cada dos por tres reviso a ver si hay algún renglón. De tres cuadernos habían salido dos letras. Creo que en todo lo que hace a un tema tenés que ir limpiando. Edición se le llama ahora. Y que menos es más. Me gusta esto de la poesía. Lo hago desde siempre, me divierte. Porque hay una parte muy sesuda y otras que salen solas. A veces te falta la última palabra y sale involuntaria, porque la rima te prefigura”.

Y se explaya: “No escribo nada que no me satisfaga o que no me parezca gracioso. Hay un elemento que es generacional en cuanto a música: el antihéroe, el sentido del humor. No sea cosa de salir a inmolarse al escenario. Una de las primeras cosas que decidí para escribir es haber acotado las temáticas a los amoríos y relaciones interpersonales. Sin hacer lecturas introspectivas o sociales”.

Esa idea de edición se traslada a todo el proceso: “Me parece que es el abecé de cualquier trabajo. Está bueno tener imaginación y experimentar. Pero uno lo tiene que dejar peinadito. Todas estas nuevas técnicas y tecnologías dan ventajas, por ejemplo, de hacer bocetos. Es más fácil que cortar una cinta y pegar a ver si quedó bien. No es un método, sino herramientas que cualquiera puede usar. Yo no me animo a tirar algo a boca de jarro. Por eso soy fanático de laburar en equipo, porque no sólo hay más voces sino también más voto”.

Con las nieves del tiempo plateando sus patillas, Milano responde al deseo de seguir: “Los tangueros decían ‘berretín’. En los setenta, ‘vocación’. Hoy diría ‘empoderamiento’. ¿Viste esos tipos que escuchan voces? No sé si eso… Pero sí me dejo andar solito, como cuando dejás el auto en punto muerto en la pendiente. Aparecen todo el tiempo. Un ritmito, una melodía. Yo siempre quiero hacer otro temita. Es un tema de hambre. Es lo que pienso o voy tarareando. Es algo a lo que nos gustaría dedicarle más tiempo”.

Y acorde a su carácter, celebra la ciudad y sus corrientes: “Yo me llevo bien con pendejos de cinco meses o con viejas de 150 años. Puedo charlar de cualquier cosa si te hacés cómplice cuando pasás el ratito con ese otro. Me encanta ver la música, ver esas performances. El tema de armar un ensamble, sincronizar, es de por sí una experiencia. Y en cuanto a lo creativo, es una situación en la que cuatro monos estamos armando un batifondo que hace que el lugar ya no sea el mismo. Es de mago”.

Y se remite a casos como el de Él Mató: “Siguen saliendo grupos de acá que me gustan. Chicos que ahora son clásicos nacionales con nominaciones a los Grammy. Uno podría pensar que lo de La Plata nos sirve para vender. Pero evidentemente no. Ya no es un secreto a voces. Es verdad que en La Plata hay una usina, y es lo que vine a buscar cuando vine de Mendoza”.

Con planes de publicar simples durante el primer semestre que viene a la par de conciertos, más cerca en el tiempo se viene un recital en El Imaginario (CABA) junto a Corazones, el 24 de noviembre. “Yo sigo haciendo musiquita, tengo un grupito soñado. En cierto modo lo hemos logrado. Yo quería tener un trío que fuera denso. Porque ya estamos de vuelta. No puedo andar en moditas ni con crisis de identidad. Tengo un montón de raíces recontra grandotas. Puedo dejarme fluir. Tenemos un grupito de pop rock pero que no es una pendejada. Somos monos que hacemos música”.