Por Carlos Barragán 

La elección del escenario de Garavano no fue casual. No fue en un living sino en los baños mugrientos del kirchnerismo, en cuyas paredes los usuarios escriben las procacidades más inmundas con los dedos roñosos. Habló en un programa casi clandestino conducido por una persona cuyo nombre la superstición me impide mencionar. ¿Por qué? ¿Cuál es la explicacn? Enviar señales a los sectores más salvajes del kirchnerismo de que ellos también son parte del sistema y van a tener las mismas prerrogativas y privilegios que todos los políticos que no saquen los pies del plato. El kirchnerismo, hay que recordarlo, fue la quintaesencia del corporativismo político, empresarial y periodístico. El vicegobernador de la provincia de Buenos Aires fue más lejos todavía. Llegó hasta las letrinas más fétidas del kirchnerismo. Daniel Salvador –vice de Vidal– defendió al ministro de Justicia en FM La Patriada, la radio preferida de Aníbal Fernández, donde se refugian los exintegrantes de 678. La difusión de estos funcionarios en las cloacas de Cristina pretende hacernos creer que se puede seguir haciendo política en medio de la mierda.

Federico Andahazy pronunció este bando proscriptivo en Radio Mitre, una pocas tardes atrás, en el programa de Leuco. Postulaba nada más que el kirchnerismo no tiene derecho a existir, al contrario de lo que sostienen algunos miembros de Cambiemos. Quizá abusando de su talento literario, supo colar con sutileza, de manera subliminal, conceptos como baños mugrientos, procacidades inmundas, dedos roñosos, letrinas fétidas, cloacas, y por si algún oyente menos sofisticado no pudiera comprender sus agudezas, agregó la palabra mierda. Podrán decirme que Andahazy es un bobo, un pobre tipo, un enfermito, y quizá tengan razón. Pero no se trata del peso específico del personaje que emite el bando proscriptivo. Se trata de que si al Grupo Clarín le quedara algún resto de criterio democrático habría llamado al vendedor de libros para reconvenirlo, y quizá hasta estarían analizando cuál es la ventaja de poner en el aire este tipo de mensaje desbordante de mierda literal y literaria. Pero es el Grupo Clarín el que habla. Es el poder el que habla.

Nos la pasamos descartando interlocutores como Andahazy, como Lanata, como Fantino, como Feinmann, porque carecen de peso intelectual o de argumentos. Y no nos percatamos de que, por ser transmisores oficiales de la doctrina que nos gobierna, carecer de argumentos y de peso intelectual es imprescindible. No hay discusión posible en este tipo de regímenes parademocráticos. No hay discursos para discutir y no hay personas que sostengan ideas con razonamientos argumentados. Y caemos en la trampa de que al menospreciarlos como interlocutores menospreciamos la importancia y el poder de lo que dicen. Me cansé de escuchar que no hay que darles valor a sus proclamas porque debemos tener en cuenta de quiénes vienen. Y sí, vienen de esta clase de personas. Alguna vez menospreciamos al mismísimo Macri por sus pocas luces. Y a Fernando Iglesias, hoy diputado nacional. A la absurda Carrió que hoy maneja jueces y políticas. A Michetti con todas sus neuronas como presidenta del Senado. Y para no ser exhaustivo hay que pensar en los miembros del gabinete, donde apenas dos o tres son capaces de demostrar algún tipo de pericia intelectual. Ahí está Bolsonaro, dirán que es un pobre imbécil. Y nos reímos de Donald Trump. Y si me permiten la cita demasiado frecuente, ahí tenemos a Hitler, que parecía un taradito que arengaba a los borrachos en las cervecerías de Alemania. De taraditos se sirve la derecha antidemocrática. Y con ellos nos persiguen. Vargas Llosa o Jaime Bayly son excepciones; en realidad, son soldados que sufren la desventaja de necesitar reflexionar las razones por las cuales quieren un mundo más y más injusto.

El bando proclamado en Radio Mitre por el vendedor de libros es importante. Es importante porque reclama desde la principal usina del poder la exclusividad mediática y nuestro extermino. Eso es lógico y razonable. Siempre los hemos acusado de monopólicos, aunque fueran –apenitas– oligopólicos. Así que por qué no convertirse literalmente en monopolio, el único medio autorizado, y los demás, por más ínfimos que estos sean, ilegalizados, aplastados y exterminados. Enemigos de la democracia, enemigos del derecho a la información, enemigos de la libertad de expresión, enemigos de los derechos del pueblo: son nuestros enemigos. Sí, y no son brillantes ni agudos porque no lo necesitan. Este enemigo nos eligió a nosotros y no tenemos más opción que aceptarlo y lidiar con él. Recordemos que por menospreciarlo llegamos hasta acá.