“Hacia donde se incline Brasil, se inclinará toda América Latina”, aseguraba el exsecretario de Estado de Estados Unidos, Henry Kissinger. Esa premisa parece guiar la actual avanzada neocolonial en la región.

La posible –a esta altura, muy posible- elección del ultraderechista Jair Bolsonaro como presidente de gigante suramericano es una jugada clave en la estrategia que Washington se ha trazado para recuperar el control de su “patio trasero”.

Jorge Taiana, diputado del Parlasur: “Jair Bolsonaro está en contra del Mercosur, no cree en una alianza con la Argentina. Él más bien cree en volver a ser el interlocutor privilegiado de Estados Unidos”

La llegada de Bolsonaro al Palacio del Planalto le permitiría a los halcones de Washington avanzar con la nueva Doctrina de Seguridad Nacional (que ahora tiene como nuevo enemigo interno a los movimientos sociales y a los líderes populares), profundizar el control territorial con miras a una nueva arremetida contra Venezuela, intentar aislar a Bolivia y generar un freno en el creciente vínculo de la región con China y Rusia.

Por el contrario, un posible triunfo del candidato del Partido de los Trabajadores (PT), Fernando Haddad, implicaría el regreso de políticas de reivindicación soberana y de independencia económica que resultarían contraproducente para los intereses de la Casa Blanca (como ya los fueron durante los gobiernos de Luiz Inacio “Lula” da Silva y de Dilma Rousseff).

La embajada de Estados Unidos, encabezada por Lilian Ayalde, jugó un rol clave, en el golpe parlamentario contra Rousseff, a mediados de 2016. Ayalde había cumplido un papel similar, en su misión como embajadora en Asunción previamente al golpe de Estado parlamentario contra Fernando Lugo, en 2012.

Tras el golpe contra Rousseff, el gobierno de facto de Michel Temer (un hombre de la embajada, según revelaron los WikiLeasks) se alieno rápidamente con los intereses norteamericanos. Entre las medidas que impulsó el golpista Temer, una de las más destacadas fue la modificación de la ley que definía que los yacimientos petrolíferos del Presal (una de las reservas más grandes del mundo) solo podía ser explotados por la empresa estatal Petrobras. Temer modificó esa normativa y rápidamente Shell, Chevron, ExxonMobil, QPI, BP Energy, Ecopetrol y CNOOC Petroleum  ganaron licitaciones para explotar ese valioso recurso natural brasileño.

Durante 2017, el Ejército de Brasil, junto con el de Perú y el de Colombia coordinados por el Comando Sur norteamericano, realizaron en la Amazonía brasileña, a pocos kilómetros de la frontera con Venezuela, los ejercicios denominados Amazonlog. La constante amenaza de Estados Unidos y sus alfiles regionales sobre Venezuela y las bravuconadas del mandatario norteamericano Donald Trump ,que aseguró que no descarta una intervención militar (lo que tiempo después sería también sostenido por el secretario de la OEA, Luis Almagro), fueron el marco de esos ejercicios.

La reciente visita del jefe del Pentágono, James “Perro Rabioso” Mattis, también marca ese alineamiento. Durante su paso por Brasil, Mattis coordinó con el ministro de Defensa del gobierno golpista, Joaquim Silva, la participación militar norteamericana en la base aeroespacial de Alcántara, en Maranhão, y remarcó que esa presencia se verá aumenta a fines de 2018.

Temer, junto a su socio argentino, Mauricio Macri, fueron artífices principales del proceso de desintegración regional, lo que es totalmente  funcional a los intereses de Washington. Bolsonaro planea seguir en esa línea y como bien lo señaló el excanciller argentino, y actual diputado del Parlasur, Jorge Taiana, en declaraciones realizadas en El Destape Radio, “Jair Bolsonaro está en contra del Mercosur, no cree en una alianza con la Argentina. Él más bien cree en volver a ser el interlocutor privilegiado de Estados Unidos. De ganar Bolsonaro, muy probablemente veríamos un alineamiento en lo político regional fuerte con Donald Trump, especialmente en relación con Venezuela y probablemente también a Bolivia, y en lo económico creo que también”.

El desmembramiento de la Unión de Naciones Suramericanas (Unasur) y el vaciamiento de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (Celac), sin dudas, serán también profundizados por el líder de ultraderecha si llega al gobierno.

En ese contexto no es de extrañar las denuncias que vinculan el estrecho lazo entre el Bolsonaro y el senador ultraderechista norteamericano del Partido Republicano, Marco Rubio, quien se ha convertido en un hombre de gran influencia en las decisiones de política exterior de Donald Trump.

Trump, Rubio y Bolsonaro comparten un discurso retrogrado, extraído de la época de la guerra fría. Un discurso violento que vuelve a ver el fantasma del comunismo recorriendo la región.

El freno a la avanzada de China y Rusia en la región también es algo que moviliza a los sectores reaccionarios norteamericanos a apoyar Bolsonaro.

Temer, junto a su socio argentino, Mauricio Macri, fueron artífices principales del proceso de desintegración regional, lo que es totalmente  funcional a los intereses de Washington. Bolsonaro planea seguir en esa línea

El almirante Kurt Tidd, jefe del Comando Sur norteamericano, en un informe presentado ante el Senado de Estados Unidos declaró: “En la última década, China, Rusia e Irán han establecido una mayor presencia en la región. Estos actores globales ven la arena económica, política y de seguridad de América Latina como una oportunidad para alcanzar sus objetivos a largo plazo y así avanzar en áreas de interés que son incompatibles con las nuestras y las de nuestros socios”.

Bolsonaro y Trump demuestran que los discursos neofascistas pueden tender puentes de norte a sur del continente en pos de reinstalar un proceso neocolonizador y hundir a la toda la región en una nueva etapa de tinieblas.