Por Ramiro García Morete

“Imagen rubí/ manejo una geoda/ Lo rompo solo para verlo romperse…”. Una noche Gato vio a los 107 Faunos. Seis o siete años atrás, en una fiesta en 1 y 43. Tampoco podría precisarse la cantidad de músicos sobre el escenario. Por entonces la página oficial de la banda hacía honor al sentido a su propio nombre con innumerables miembros honorarios de la pandilla. Ese sentido colectivo que sus canciones asimilaban en primera persona del plural, tan propicias para cantar a los gritos. Pero algo no sonaba bien y Gato, único miembro original en la actualidad, vio por primera a vez a los 107 Faunos. Aún no había adquirido el inasible estatus de grupo de culto, pero ya ocupaban un lugar primordial en eso que a fines de los 2000 se reconoció como indie.

Las paredes del pueblo se llenaban de posters de bandas tributo y para los que llenaban esos lugares ellos eran lo menos. No había madurado el dulce fruto y a los ojos de la concepción clásica del rock eran algo así como la tentadora manzana podrida del jardín de cemento. Gato se bajó de escenario algo ofuscado y de pronto pudo ver lo mismo que otros. Algo así como una geoda rompiéndose solo por la libertad de verla quebrarse. La canción como una piedra preciosa estallada en mil fragmentos y reflejando las luces de un modo inédito. Quizá se haya quedado sin palabras este verborrágico y personal cantante que cuando habla dice, se contradice, vuelve a decir y a veces expira su voz al punto de casi no terminar las frases. Igual que esas canciones breves e irresolutas que despiertan los sentidos a quien busca no la joya perfecta y acabada sino el brillo de lo roto.

O puede que Gato no haya visto nada de eso. Pero volvió al escenario, que es lo que inspiró a muchos colegas o fans. Y supo que su banda preferida sería esa. Aunque a veces pasaran dos años sin hacer canciones. Aunque cambiara la formación (y ya no estuviera el talentoso compositor y cantante Migue Ward). Aunque se repitieran culturas juveniles que ya habían vivido, los días dorados.

Pero este es un “camino infinito”, dirá. Y las canciones volvieron, el entusiasmo también. Pipe (batería), Mora (voz y teclados), Félix (bajo y coros), Juan (voz y percusiones) y Gato (voz y guitarra) juntaron nuevamente los pedazos, los unieron con amor y finalmente editaron Madura el fruto dulce, una encantadora presea poliédrica donde la banda brilla y se refleja en direcciones múltiples.

“Suena más limpio que discos anteriores, menos comprimidos, con más espacio”, explica Javier Sisti Ripol –o Gato–. Al igual que con el predecesor Los últimos días del tren fantasma (2014), fue grabado por Eduardo Bergallo y mezclado por Pipe Quintans. El calmo y lúcido baterista y técnico en sonido fue fundamental, dado que la banda contó con su estudio casero sumamente equipado. “Experimentamos con muchas cosas que no habíamos hecho nunca. Hay canciones de este disco que no se parecen a ninguna de discos anteriores. Trabajamos mucho el tema de las voces, cantamos todos. Hay menos guitarras y más sintetizadores. El gran trabajo fue sacar y no poner. Habíamos grabamos un montón y sacamos hasta que quedara lo justo. Son canciones más raras, medio deformes.”

Gato habla de una sequía compositiva que lo deprimía. La experiencia paralela de Ovvol (junto a Gusti Monsalvo de El Mató y Luciano Lorenzo de Opel Vectra) lo liberó. “Estuve varios años sin hacer canciones y de repente encare todo desde otro lado, y chau, es así. Salga lo que salga. No sé, se dio. No sabría explicarlo. En un momento tenía veinte canciones nuevas. Y dije joya. No tenía el peso de tener el sello de los Faunos, vamos a hacer canciones por hacerlas. Y ahí se destrabó.”

El entusiasmo se trasladó al resto de la banda. “Hubo mucha composición en la sala de ensayo. Hubo temas que salía un riff o un acorde y le ponía algo encima. Lo mejor que le puede pasar a una banda es eso, no que venga un chabón con una canción hecha y ya. Eso no me gusta. Enriquecimos más las canciones en un proceso colectivo.”

Esa idea conjunta sabe traducirse a la voz de las canciones: “Tienen una retórica bastante definida. Todas las canciones dialogan entre sí y eso genera un imaginario del que nos apropiamos todos”. Con iguales dosis de ironía y sinceridad, Gato asume la visión externa sobre el grupo. “Hubo un peso. Ese peso nos llevó a no hacer un disco durante cuatro años. Desaparecimos aunque seguíamos tocando. Gente que nos pregunta si estábamos tocando. ¿Cómo que no me enteré? Es una banda que escucha mucha más gente de la que va a los recitales. Calculo que es influyente. Mucha gente nos lo dijo.” Y bromea sin cambiar el gesto: “Mi objetivo en la vida era ser una banda de culto y trabajar en un Ministerio. Ya lo cumplí. Me quiero matar ahora”.

Gato enseguida recupera el hilo: “Con este disco nuevo estamos contentos, como que nos pone en otro lugar, es diferente. Estamos trabajando mejor como equipo, como banda. Ahora vamos a seguir grabando. Tenemos un estudio y estamos todos juntos. Yo puedo decir: ‘Pipe, poneme para grabar que se me ocurrió algo’. Con eso hubo un renacimiento de nuestro amor por la música, las canciones y el sonido”.

Con trece canciones y viejos amigos invitados (Santiago Barrionuevo de El Mató, Anabella Cartolano de Las Ligas Menores y Tom Quintans de Bestia Bebé) el disco atraviesa distintos climas, como la desconcertante “El baile del fantasma” o la reflexión de “Besar la medallita”, que reza: “Culturas juveniles que viví, siguieron”.

“Hablo mucho de cuando yo era adolescente. Y de dar la vuelta. Que pasen veinte años y seguís en la misma. Y por ahí ya no tenés edad de estar en esa. Pero no tenés ninguna otra tampoco. Es un camino infinito”.

Respecto a la historia inicial, Gato explica que es “revelador ver a tu banda”: “Sí, es mi banda preferida. Lo dijo Rodrigo Martín sobre Juana La Loca. Parece arrogante, pero si no es tu banda preferida la tuya, ¿para que la tenés? Tenés una banda para tener un mensaje. No la tenés como un trabajo o por tenerla. De última, tené una banda de asaltantes”. ¿Y cuál es el mensaje de la banda que vive desafiando la literalidad? Gato manifiesta: “Que seas libre, que hagas lo que quieras. No hay reglas en el arte. Punto. No tomes lecciones de música. Punto. Menos de canto. Punto. Hace tu banda. Punto. Que suene como suene. Que sea más importante el contenido que la forma. Y eso va a darle una forma más importante que el contenido”.

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