Por Ramiro García Morete

Como quien no quiere la cosa, Santiago acaba de darse cuenta de que el Malvinas Argentinas le queda a tres cuadras de su casa. Su nueva casa en su viejo barrio: La Paternal. Después de Colombia, Madrid, Berlín o tantas ciudades, antes de Cuba, México y vaya a saberse dónde, hay algo de alivio en saber que al último concierto del año podría ir a pie. Sin apuro. Como recién, cuando volvía de lo de su madre. La que a los dieciséis o diecisiete años le regaló una criolla que aún conserva. “Es una mierda”, le dijo con cariño Maxi, su amigo del Nicolás Avellaneda que siempre tocó bien y lo arengaba a hacer música. Años más, años menos, el también vecino del barrio viajaría al cosmos y haría un nombre dentro del under nacional. Santiago haría lo suyo también. Canciones, básicamente, que llegó a tocar con su banda Los Transeúntes. Sin apuro, de a pie. Compartiendo libros de Bukowski o discos de Tom Waits, la amistad se mantuvo. Por eso, cuando Maxi fue a presentar un par de discos caseros (Casa I y Casa II, precisamente), tocados con instrumentos elementales y casi de juguete, Santiago fue de la partida en aquel ensayo en Yatai. Pero como quien no quiere la cosa, algo surgió. Y Maxi (ese de ojos pequeños pero mirada grande) no dudó en que eso podría ser una banda de todos, en el sentido más profundo. El cuelgue de media hora que no cabía en bancamp (Hacele caso a tu espíritu, 2010) cobró más forma en un puñado de canciones que rápidamente registraron en el mítico y pequeño Plasma. Las percusiones caseras viraron en latido continental, el canto intuitivo invocó las raíces del blues y las expandió como aguardiente y jugo por las venas abiertas de América Latina. “Lo echaron del bar”, repercutió sorpresivamente en México, Santiago Moraes y Maxi Prietto fundieron y confundieron sus voces hasta casi hacer una. Y como quien no quiere la cosa, de a pie y luego en avión, dos discos y mil millas después, Los Espíritus devinieron en una de las bandas más reconocidas y auténticas del país (y más allá).

Junto a Pipe Correa (batería), Fernando Barreyro (percusión), Martín Fernández Batmalle (bajo), Miguel Mactas (guitarra) y Francisco Paz (percusión), los amigos de La Paternal hicieron del juego cosa seria. Pero Santiago lo cuenta con su tono tan calmo como claro, con esa paciencia que saben tener los carpinteros con los que él compara su oficio. Alguien podría decir: “como quien no quiere la cosa”. Pero sí, la quiere y mucho. Sólo que no lo dice a los gritos. Quizá discos como el de Mercedes Sosa que puso al llegar de lo su madre le enseñaron que lo que se quiere se dice de otra cosa. Después de unos cuantos empleos poco placenteros, Santiago Moraes y el resto de Los Espíritus parecen querer, ante todo y más allá de todo, tocar música. Algo tan simple e infrecuente en este mundo como hacerle caso al espíritu.

Esa proyección sonora del blues que lo hermanó con el afrobeat y ritmos latinos se materializó y potenció con las giras. “Desde un principio la premisa fue hacer una música con raíces del blues y la psicodelia -cuenta Moraes-. Pero con percusión. Desde siempre. Cuando viajamos a Colombia y fuimos a bares de salsa. Conocimos y escuchamos un montón de música Cada vez que subíamos a un remís le pedíamos que pusieran la radio Latinastereo, que pasa un tema increíble detrás del otro. Esta por Internet, la recomiendo. Pipe, el baterista, es colombiano y empezó a tirarnos data. Lo mismo en Costa Rica. Nos enriquece.”

Lo rítmico o el Groove son esenciales en la búsqueda de la banda. “Siempre fue así. Cuando empezamos a ensayar como grupo no teníamos repertorio. Íbamos construyendo a partir de zapadas sin tener ideas claras, sin muchas indicaciones. Y sigue el mismo funcionamiento. Por ejemplo, cuando yo tengo una canción, arranco a tocarla sin decir nada a nadie. Y los demás incorporan. Tocamos mucho y cada cual hace su parte. No necesariamente se indican las partes o el tempo o qué tipo de arreglo.”

Esa espontaneidad se mantiene desde el principio de la banda. Por eso no reconoce ningún momento bisagra, sino que cree que todo fue gradual. “Siempre desde el juego. No hubo un momento bisagra. Ni bien tuvimos tres canciones, fuimos a Plasma y las grabamos. No sabíamos bien qué buscábamos, empezamos a tocar en vivo y nos cebamos. Se dan de una forma muy natural las cosas que hacemos. Muy poco planeado, no hay mucha toma de decisión.”

Después de unas sesiones en Madrid y en Berlín durante la gira europea, más la participación de Bombino en su visita al país, la banda sumará cinco temas más para un futuro disco. Para Moraes es primordial tocar con amigos. “Viene primero que nada. Con la música uno se puede comunicar con gente que te cae mal. Dos palabras y te querés matar. Pero vivimos de esto, es nuestro medio de vida. Pasamos mucho tiempo y debemos tomar decisiones que nos involucran. Es primordial que seamos amigos y que haya cariño.”

Eludiendo el panfleto, el repertorio de Los Espíritus tiene sin embargo un Norte ideológico y una carga social. Moraes asegura que en las letras cada cual escribe lo que se le canta. Y que está todo bien. “Por suerte nunca hubo una disputa dentro de lo que se dice. Todos nos sentimos cómodos dentro de lo que el grupo dice”, asegura.

Cuenta que antes de hacer música ya escribía: “Es un juego que me divierte. Y hago canciones. Me resulta más fácil que el resto de la música”.

Consultado sobre la pericia para sintetizar buenos textos dentro de la estructura de música popular que logra la banda, analiza “Heat atack and vine” de Tom Waits destacando su sentido rítmico. “Yo de todos modos no pienso. No sé cómo se hace una canción. Ni nada de eso. Hago lo que me sale, a fuerza de trabajo.”

Y extiende la idea de trabajo. “Trabajar en un grupo de música es lo mismo que laburar de carpintero. En oposición a meterse con laburos que no te gustan. Es buscarse el medio de vida que mejor te cabe y se hace bien. Yo laburé de otras cosas. La necesidad me llevaba a poner mi energía en otras cosas. Y trabajar de lo que uno elige es una decisión y un privilegio”. Gratitud.