Por Zulema Enriquez*

José Luis Zurita Delgadillo es un joven de veintiocho años que vive en Tolosa, estudia tercer año de Ingenieria en la UNLP y, como cualquier otro joven argentino, vive una vida habitual. La diferencia es que José es de piel color cobre, rasgos indios, andinos, cabello oscuro y renegrido, hijo de bolivianos, de doña Julia y don Abel, de migrantes latinoamericanos que, como tantos, vinieron a este suelo buscando mejores condiciones de vida. José estuvo preso un mes y ocho días en el penal de Marcos Paz, de máxima seguridad, por una causa de narcotráfico. La Justicia blanca y occidental entendió que tenía una “cocina de cocaína” cuando le encontró 30 kilos de hojas de coca. La Justicia nunca le allanó la casa, lo procesó a los pocos días, e inclusive en un principio del proceso se confundió y dijo que tenía antecedentes penales, cuando José nunca había pisado una comisaria.

Comprar hojas de coca para la festividad de la Virgen de Urkupiña fue el “delito”, ceremonia llena de sincretismo, donde la religión y las costumbres de los pueblos originarios se mezclan, las prácticas andinas conviven con el catolicismo, donde en honor y devoción a la Virgen india se baila, se coquea, se ofrecen promesas y se agradece. Allí la religión y la cosmovisión andina se mezclan y no encuentran desconocimiento.

No pasa lo mismo con la Justicia. A la policía que detuvo a José Luis el 25 de agosto no le interesó saber de estas prácticas, de su origen, de averiguar que la tenencia de hojas de coca no es un delito. Pudo más la estigmatización y la “doctrina Chocobar”, mano dura contra la supuesta inseguridad, que los derechos adquiridos, reconocidos a los pueblos originarios como preexistentes al Estado nación.

Julia y Abel, los padres de José Luis.

Es fácil criminalizar a los bolivianos, a los migrantes, es fácil para el racismo creer que boliviano y hojas de coca es igual a cocaína y narcotráfico. Durante estos días, en el acompañamiento a la familia Zurita Delgadillo que se dio desde la Dirección de Pueblos Originarios “Emilia Uscamayta Curí” y la Secretaria de Derechos Humanos de la Facultad de Periodismo y Comunicación de la UNLP, hubo que explicar tantas veces el significado de la hoja de coca, de sus condiciones como medicina ancestral, alimento, o necesaria para las ceremonias. Dar cuenta de que nuestra cultura no es la droga del blanco occidental.

La campaña #LaHojaDeCocaNoEsDroga es el resultado de dar a conocer nuestra cultura ancestral e indígena. Las movilizaciones de la colectividad boliviana acompañando a la familia encontraron nuevamente en las calles la unión de las fuerzas, de voces silenciadas, criminalizadas por verse distintas, hablar bajito y pausadamente, tener rasgos que la sociedad argentina no mira como propios sino como el Otro que viene de afuera. Se puede hablar del Convenio 169 de la OIT que reconoce los derechos preexistentes de los pueblos originarios, por lo tanto sus culturas, o de la Constitución argentina que reconoce los derechos culturales, promovidos para garantizar que las personas y las comunidades tengan acceso a la cultura y puedan participar en aquella que sea de su elección. O del Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales que debe garantizar nuestra practicas ancestrales. O de la misma Ley de Migraciones, Nº 25.871, que reconoce los derechos de los hermanos migrantes.

En el último mes hubo que salir a explicar a toda voz lo que ello significaba, a exigir que se respeten los derechos adquiridos que tanto costaron. Finalmente la Cámara Federal decidió “revocar” la prisión preventiva sobre José Luis, dictar la “falta de mérito” y ordenar la “inmediada libertad”.

Los procesos históricos dan cuenta de nuestro presente. Hoy es difícil el contexto que se vive, donde el otro es cada vez más señalizado por ser distinto. Los procesos de homogeneización de la sociedad argentina se radicalizan en estos contextos de gobiernos de derecha y exacerbado racismo y xenofobia.

Otra vez en las calles, peleando por ser visibilizados, por nuestros derechos, por no ser excluidos y marginados, siendo protagonistas de la historia que siempre parece demorar la reparación histórica adeudada de un Estado siempre en deuda, así están los pueblos de piel color cobre y con el puño y la dignidad en alto defendiendo su cultura, pidiendo libertad y justicia. José Luis libre. La hoja de coca no es droga, es cultura ancestral.

* Dir. Pueblos Indígenas, Facultad de Periodismo y Comunicación Social, UNLP.