Por Ramiro García Morete

“Uno de estos días te van a venir a golpear la puerta”, le dijo Keith Richards. “¿Quién?”, preguntó el por entonces bartender del Hyatt. “La música”, respondió con risa de brujo el más stone de los Stones, y se marchó. Habían tocado juntos la guitarra en alguna madrugada de la estadía de la banda y el rubio de perfil pronunciado estaba en crisis con la música. La misma que le había golpeado la puerta cuando apenas balbuceaba palabras pero ya cantaba “Zapatos rotos”. Y aunque en su casa querían que fuera profesional, él se fascinaba con “Pensar en nada” de Gieco o luego con Almendra y Zeppelin 4. Con una guitarra con dos cuerdas de metal y un mic de contacto teloneó a Nebbia – Baraj – González y este último le prestó su instrumento. Esa noche hasta su padre se hizo presente. Poquito después llegaría a la capital para estudiar Ingeniería y a los pocos días pediría el traslado a La Plata, donde sus amigos estudiaban en grupo y guitarreaban. Todavía no era esta mezcla de gaucho noble y camionero del Medio Oeste, reflexivo y sentimental, decidor y dicharachero, que pasó su infancia cazando cualquier cosa que se moviera y ahora saca las arañas con la mano para no matarlas. Pero ya cantaba con su propia impronta, tan rockera como melódica, al frente de 40 Escalones. Sin embargo, fue después –no sabemos si antes o después de que el asombroso Doctor Chang lo curara, pero seguro que entre medio de infinidad de historias irreproducibles para este formato– que entendió que de la música no iba a escapar. Ni de los chicos. Sí, los chicos: Julián Alfaro (guitarra), Rocky Velázquez (batería) y Gastón Peirano (bajo). Con un potente cancionero de rock melódico y emocional, Pájaros se inscribe entre las bandas más respetadas de la ciudad. Es verdad que tienen sus idas y vueltas, pero ¿por qué dicen que me fui, si siempre estoy volviendo? Con un nuevo concierto para este fin de semana, la banda no se cierra a las opciones personales de cada integrante. Y es que la música no golpea puertas sino que las abre.

“Me preguntás y no sé cuantos regresos llevamos”, responde con humor Rickard. “Porque hubo varios. Y ya pensando cuándo vamos a dejar de tocar. Somos unas viejas locas. Cuando nos cansamos o vemos que viene medio tenso, ni nos peleamos. Nos tomamos tiempo, cada cual a su casa. Y buscamos amantes por otro lado”. Rickard asiente: Pájaros suscribe al poliamor.

Luego, más serio, pregunta sobre las razones de seguir: “Yo me lo pregunto. Es que en un momento de la vida, en mi caso particular, me siento responsable de haber llevado junto con mi sueño a alguna gente. Quizá es una boludez y con las parejas pasa lo mismo. Pero siento que tengo que llevar mi música a un lugar y que sea con los chicos. Siento que si me pasara algo bueno, porque compartimos el sueño en algún momento y nos disfrazamos de rock y todo hace tanto, me gustaría que pase con ellos”.

Con tres LP y dos EP, Rickard sostiene que han “hecho mucho y puesto mucha energía. Hay que valorar todo esto y ver si lo podemos cambiar de estatus, y que trascienda”.

Pero a la vez el músico tiene otras necesidades. De allí nace la formación Pájaro y Los Apóstoles (Martín Espíndola e Irupé Tarragó Ros): “A veces me pregunto cuánto tiempo me queda de música y si no debo darme algún gusto como tocar con máquinas o violines. Hacer una cosa más descontracturada, que no tenga forma. ¿Por qué no soy respetuoso con eso que no me lo he dado? Yo me quiero sorprender. Que la música me lleve. Hoy en día la cuestión musical pasa por la eterna zapada y de ahí quedarme con alguna parte. No creo más en la estructura musical”.

Si bien el paso del tiempo con idas y venidas atraviesa el relato, algo se mantiene intacto: el entusiasmo por la música. “Sí. Es más, diría que inclusive me lo tomo más en serio. Porque sé lo importante que se convirtió para mí tocar. Cuando era pendejo era otra cosa. Yo era narigón y feo. La música me servía para otra cosa.”

Con un caudal notable y un fraseo que posiblemente influenció a colegas como Manuel Moretti, la voz de Rickard lo distingue: “Un día me di cuenta de que no imitaba a nadie. No fue a propósito. Estaba en un lugar donde me podía aparecer un poco a todos pero nadie me podía decir ‘te parecés a tal’. Y eso fue un alivio. Es una suerte. Yo canté siempre igual”.

Pero la vida no está hecha de canciones ni Rickard se siente sólo canto. Por eso, a modo de confesión, cierra: “Quiero volver a tocar mal. Quiero reformularme –si se quiere– como artista. Me gustaría volver a encontrarme de nuevo. Tomar cerveza, tocar la guitarra y grabarme. Ahora me grabaría todo. Añoro tocar a lo tonto”.