Por Ramiro García Morete

Tenían cierta inquietud. Las canciones jamás son tan simples como parecen. La música no lo es. Demasiada información contenida y suspendida en el tiempo. Primero comieron un asado. José comió batatas y se alegró de volver a verlos tras un año. El resto –o sea, Nicolás Kosinsky, Ficu Baigorri, Francisco de la Canal y Pablo Perazzo– sigue viviendo en La Plata, por lo cual no perdieron cotidianidad. Abocado al cine y radicado en Capital Federal, a decir verdad el cantante ya no extrañaba los días buenos. Pero en la sala, llamativamente y no tanto, todos recordaron sus partes y, mejor aún, la suma de ellas. Los temas sonaron “grandes y poderosos”, contará.

Muy distinto a aquel primer encuentro en una casa cerca de Parque Saavedra en 2009, a tres guitarras criollas, cuando José y Nicolás sólo se conocían a través de Internet. Ese “festival de carencias”, como definirá con ternura, fue el punto de inicio para que las canciones devinieran en banda, con un nombre propio ajeno y una voz reconocible que los destacó entre sus contemporáneos. Ese juego de octavas entre un tono bajo y más confesional y los coros altos y más aniñados quizá expresen una poética sofisticada y emocional, capaz de conjugar el encantamiento jovial con cierto cinismo y melancolía de aquel que contempla con mirada anciana desde lo alto de una colina. Guitarras, teclados y melodías preciosas forjaron a través de tres discos el montaje sonoro de pequeñas piezas narrativas herederas tanto de la literatura americana como de la canción popular. Idiotas adorables, perdedores hermosos, pequeños napoleones y mapas quebrados. Pero en algún momento, todo eso que “hacés sólo porque no podés dejar de hacerlo” empezó a ceder. Muchos años, mucha gente ajena a esa sensación, muchas etiquetas no buscadas.

Ese engranaje real y mental que sin embargo no pudo entrar en ese asado, en sala o en el mágico retorno al escenario porteño de La Confitería, semanas atrás, cuando llovía torrencialmente. Ya sin giras ni managers ni planes maestros, Valentín y los Volcanes estaban de nuevo sobre un escenario para hacer sencillamente lo que les gusta. Y esa tormenta dio la música perfecta. Este sábado, la banda repite la experiencia en su ciudad de origen.

“Siempre: lo mío es el billete… de dos pesos”, bromea Goyeneche ante la también broma de “¿volvieron por el dinero?”. “Volvimos porque teníamos ganas de tocar y había pasado mucho tiempo. Suficiente como para volver a entusiasmarnos y tocar los temas como si fueran nuevos.”

Goyeneche intenta explicar los motivos por los cuales la banda decidió frenar tras haber editado Una comedia romántica: “Cuando pasás mucho tiempo tocando ya sabés cómo terminan algunas aventuras”. El cantante se refiere también a cierta rutina que se genera cuando se pone un pie en el circuito donde el prestigio no siempre se compensa: “No termino de dictaminar qué pasa en relación con eso. Si la música nos diera de comer sería todo más sencillo, pero todo más raro. En el sentido de que todos esos años que tocamos tenía cierta gracia porque no depositábamos en la música esa necesidad. Más que pegarla, la preocupación fue no fundirnos, que no nos saquen recursos que no teníamos, no endeudarnos… En Argentina en esta época sí o sí necesitás trabajar de otra cosa para mantener una banda, que no es una pyme sino una aventura”.

Con la palabra “indie” ya instalada y con nuevas generaciones que capitalizaron una escena más creativa que sustentable hace una década, Goyeneche no esquiva la mención de haber sido parte de una camada iniciática: “Nos hacemos cargo. No tiene nada de malo ni de bueno. No es virtuoso ser el primero si no lo hacés bien. Fuimos de los primeros con otros, sin los cuales no hubiera servido para nada. No es un descubrimiento, es hacer algo que no podés evitarlo. No es que corrimos un riesgo que iba a salvar el mundo. Pero es algo que le sirve más a los periodistas que a los músicos. Nosotros no pensamos: vamos a tocar con esa banda, hace indie rock. Entiendo que tiene algo de unir flechas, como una cosa pedagógica”.

Se oye el murmullo de la distancia

Mirando hacia atrás, Goyeneche distingue los tres discos. Play al viejo walkman blanco (2010) tiene “la virtud de haber sido grabado sin que supiéramos tocar, con un montón de condicionamientos técnicos, casi lo-fi, y sin embargo tiene fuego. Esas cosas que uno hace como puede porque no puede dejar de hacerlas. Ese registro tiene un valor”.

Todos los sábados del mundo (2012) es un disco “que suena mejor. El cambio de audio modifica lo artístico, el ropaje de esa canción es otro y hay otra precisión. Es un disco un poco más pretencioso. Lo escuchábamos con ese miedo a hacer algo distinto. Fue la primera vez que dejamos que alguien tome decisiones por nosotros. Una confianza plena con Julián (Perla), porque descubrimos que era igual que nosotros”.

Una comedia romántica (2015) implicó ponerse en manos de Tweety González y buscar un sonido más emparentado con la tradición del rock nacional: “Es un disco raro. Hubo mucha preparación pero luego fue ir a un estudio y que alguien ponga rec. Tuvo lo fascinante de trabajar con gente consagrada. Y las canciones tienen un encare un poco distinto, con otro tono. Más del bolero o el tango, por supuesto filtrado por nosotros. Si tocáramos el Himno sonaría medio punk… Creo que hay progresiones armónicas interesantes y distintas a las que veníamos trabajando”.

“Las películas que vi/ todas hablan de los dos”. Como pocos, Goyeneche sabe condensar elementos de la literatura y el cine de modo que fluyan en canciones entre orgullosas y melancólicas a la vez. “Tengo un respeto mayor por las palabras. No significa que esté buenísimo lo que haga. Pero la palabra me interesa, es una herramienta muy poderosa y que no siempre se puede manejar”.

Respecto del futuro, reconoce: “No tenemos ningún plan concreto, post el finde que viene. Nos gusta lo que está pasando. Tiene que haber canciones nuevas para grabar. Veremos…”.