Por Ramiro García Morete

Una moto, un DVD y un televisor. Cuando las cincuenta horas de estudio se habían agotado porque –según confiesan– no dominaban aún el proceso de grabación, un amigo que luego devendría en mánager ofreció vender su moto para conseguir más horas. También consiguieron en cómodas cuotas un tele y un reproductor que faltaban y terminaron el disco debut. Justo tres años después de hacerse lentamente un nombre en Mataderos, cuando de movida se negaron a vender cincuenta entradas para un productor inescrupuloso y prefirieron hacerse de un equipito de sonido para convertir Rancho Bull en su base de operaciones. Ciriaco nunca había dudado que el camino sería largo pero fructífero. Lo supo cuando trabajaba en un psiquiátrico y de tanto llevar la guitarra alguien le preguntó si podría ir de asistente a un concierto en el cual tocaba. Cuando llegó, el concierto era de León Gieco y Víctor Heredia. Compuso cinco canciones en menos de dos meses y rápidamente formó la banda. Canciones de rock signadas por la tradición suburbana, entre La Renga y Héroes del Silencio, tamizadas por aires folklóricos y líricas en clave social que van desde las crónicas barriales a la reivindicación de pueblos originarios, Malvinas, Gauchito Gil y cuestionamientos sociales varios. Con la misma convicción con la que no dudaron en vender aquella moto, jamás detuvieron el motor y con algún cambió de formación editaron cinco álbumes, participaron de festivales importantes y llenaron el mítico Obras en 2017. Este sábado a las 19:30 hs llegan a Sala Opera (58 e/ 10 y 11) con Ciudad de fuego: Nagual.

La última placa de la banda expone un sonido más crudo y directo tras la decisión de grabar en vivo. “Entramos todos en el estudio, juntos. Hacíamos dos tomas de cada tema”, cuenta el cantante Ciriaco Viera. Y explica: “Empezamos a escuchar música de los años setenta y averiguar cómo grababan y como hacían sus discos. Buscábamos captar el momento, lograr eso. Creo que este disco fue un desafío, hacerlo de esta manera. Para ello ensayamos seis meses todos los días. Buscar la canción desde la tocada. Aprendimos mucho”.

Más allá de lo estilístico, Ciriaco –fanático de Atahualpa Yupanqui– reconoce que todo parte de la canción. “Yo busco la canción. Que me llegue, que me llegue a mí y que llegue la totalidad. En la sala puede cambiar, pero no mucho. Nos conocemos tanto que más o menos ya imaginamos lo que busca el otro”.

“Yo busco la canción. Que me llegue, que me llegue a mí y que llegue la totalidad. En la sala puede cambiar, pero no mucho. Nos conocemos tanto que más o menos ya imaginamos lo que busca el otro”

La anécdota del primer disco es, según el músico, el mejor reflejo de lo que les ha pasado siempre. “Reflejo de que empezamos algo y teníamos que terminar. No ha sido fácil. Siempre le hemos ganado con voluntad y terquedad”, dice. Y asegura que siempre creyó: “Mis compañeros no tanto. Yo sí. Siempre supe. Yo empecé a hacer música con Nagual. Desde el momento que subí a un escenario asistiendo a un músico de León Gieco y vi lo que generaba la música, me propuse hacer y componer en vez de tocar la batería”.

Ese camino implicó decisiones como la autogestión. “Como todo camino que uno elige, es bastante bravo. Hay que trabajar mucho para poder lograrlo. Rodearte de buenas personas. Cada uno elige. Siempre hay un garca que te quiere comer, sin importarle un carajo el arte.”

Ya sea desde las letras, desde participar en actos o proyectando la cara de Maldonado en Obras, la banda no es ajena a las problemáticas sociales. “Es que somos parte de la sociedad. Y venimos de distintos lugares que nunca fueron cómodos. Desde chicos, al venir de ahí, viviste esas cosas y seguís observando eso. Todas esas cosas tan simples pero tan comprometidas cuando las tenés que decir en una canción. El compromiso nos nace desde que empezamos”. Y concluye: “Siempre nos manejamos con el sentido común del laburante. Siempre fuimos una banda de entradas baratas. Y de dar mucho por un costo mínimo. La situación me hace acordar a 2001. Fuimos obreros y entendemos.”