Por Ramiro García Morete

No recuerda la canción pero sí la sensación. La niña de seis años que adoraba disfrazarse se halló cantando algo que le gustaba. Poseída por el entusiasmo, corrió a contarle a su madre: “¡Mamá! ¡Mirá! ¡Canto bien!”. Un par de años después –previo a fascinarse con los Beatles o Ella Fitzerald– comenzó un taller donde bocetó sus primeras composiciones. Hablaban de hadas y cosas que le gustaban. “Era como un juego. Y ahora es como un juego también”, dirá. “Cosas que me atraviesan.” Y sin necesidad de pretensiones: la poesía puede estar en lo cotidiano como una pared o un botón, considera. Tampoco tiene necesidad de apurarse, como sintió en algún momento de La Nena Transformer, el proyecto rockero que encaró a los quince. Prefiere llevar su propio tiempo, como cuando acomoda las palabras y los fraseos con un sentido del ritmo lúdico pero no jocoso. O como cuando, amable pero firme, no quiere que le digan qué hacer o cómo hacerlo por ser mujer. Lleva su propio tiempo esta joven de diecinueve años cuando se siente fuera de época pero a la vez se ve atraída por el trap o sonidos contemporáneos. Hay algo del tiempo en su voz: una jovialidad anacrónica, mezcla de candidez y aplomo, una leve y reparadora distancia para contar con entereza la pena. “Tengo que pintar mi transparencia/ para no ser tan clara”, canta. Algo que empaña su timbre diáfano y lo vuelve más profundo. Algo así como el primer brote tras un invierno seco, el primer sol que inicia el deshielo. Algo que, sola o acompañada por la banda que lleva su apellido, está descubriendo la tímida y “cada rota” Carmen Sánchez Viamonte.

“Cuando terminó La Nena Transformer”, cuenta Sánchez Viamonte, “venía con ganas de tocar sola porque había canciones que consideraba que no entraban tanto en un repertorio de rock. Fue creciendo la idea, pensamos en invitar gente. Un delirio que terminó siendo La Sánchez Viamonte”. El ensamble (completado por Juan Pedro Lucesole en guitarra, Nico Marini en bajo, Santi Oñate en batería, Pablo Martin en teclado y Rorro Sánchez Viamonte en flauta y mandolina) es ahora una banda donde “todos participamos íntegramente en las decisiones tanto estéticas como de accionar. Son mis canciones, traigo esas propuestas, pero luego todo cambia en manos de los chicos”. Con cinco temas grabados el año pasado, La Sánchez Viamonte planea un disco largo y mientras tanto sostiene una condición propuesta por la cantante: “De entrada le propuse a los chicos: ‘Quiero que todos nos vistamos y pintemos’. Proponerle eso a cinco varones… y se re coparon. También confían mucho en mí. Y es muy significativo”.

Pero por otro lado está ese relato de ruptura a viva voz y guitarra llamado Episodios del deshielo. “Paralelamente yo tenía ganas de seguir tocando sola. Y a ese punto lo quería hacer sola, sola, solísima”, cuenta sobre ese disco solista planeado. “Sola puedo hacer lo que quiero y abrir un abanico dentro de la imaginación y la percepción. En banda es más un trabajo de ensamblar con otros, discutir con otros y armar capas. La vía de tocar sola siempre es una posibilidad nueva y muy necesaria para mí. De esa necesidad de hacer lo que yo quiera y que nadie me dijera cómo lo tenía que hacer, porque venía de otros mambos. Por ser mujer, por ser chica, siempre te dicen ‘vos tenés que estudiar más guitarra’. En un momento los querés matar a todos. Pero no lo hice, grabé un disco.”

¿Qué es lo esperás de mí?

En Episodios…, Sánchez Viamonte reunió canciones que significaban algo y que al juntarlas notó que contaban una historia. “Episodios del deshielo es un tema que no entró pero me vino al pelo porque la historia es esa. Un momento de la vida donde se desbloquea algo y se pasa a otra cosa más saludable. Sin embargo, es un disco muy triste”. Ella misma menciona “el hielo, la sangre, las flores” como parte del imaginario poético que conforma su cancionero. “Las letras es a lo que más atención le presto. Me interesa tratar el lenguaje dentro de mis posibilidades. Palabras que quizás usamos en lo cotidiano pero no son frecuentes en una canción. La poesía no necesariamente tiene que tener un vuelo espiritual, sino que me gusta encontrarla dentro de la simpleza y con ella exprimirla y expresarla.”

“Todo esto está dentro perdido, las mareas sacan a flote tremendo lío”, entona en “De flores celeste”. Si bien estudia música y canto, Sánchez Viamonte asegura que “no tengo ganas de ser guitarrista ni ser impecable. No tengo ganas de ser impecable en nada porque no me interesa la prolijidad. Mi foco está puesto ahora en cómo quiero cantar y qué quiero cantar”. Sin embargo, hace un par de meses que no compone: “Estoy en un momento de bloqueo. Tengo un enojo muy conducido hacia una situación particular. Todavía no estoy sabiendo bajarlo a tierra”. Mientras tanto, está escuchando artistas como “Nathy Peluso y música que viene con sintetizadores. Y me re interesa. Es algo a lo que no me atrevo. Es súper nueva. Yo soy muy antigua para la edad que tengo. No pertenezco a 2018. Entonces, esas cosas me parecen re ajenas y re llamativas”. Y confiesa: “Lo sufro un poco. Porque por momentos me desencuentro con mi generación”.

Ya sea con los nuevos ritmos o los pedales de guitarra, Sánchez Viamonte espera el momento de animarse. Casi como una constante: “Soy bastante tímida, eventualmente. Y me cuesta la confrontación. El animarse es algo que siempre está presente. Pero igual siempre me animo, porque soy cara rota”.

El 29 de septiembre, La Sánchez Viamonte se presentará en El Galpón de las Artes (71 e/ 13 y 14), y el 4 de octubre en El Quetzal (CABA).