Por Bernardita Castearena

—¿Vos sabés lo que es tener que decirle a tu familia que hay que elegir entre comer o pagar la luz? —pregunta Héctor Pinto mientras corta una cebolla.

El hombre sesentón de manos grandes y chomba rayada es un extrabajador de YPF que acompaña el reclamo del Astillero desde que empezó el plan de lucha. Cuando la cebolla se fusiona con el aceite adentro de la cacerola, un olor intenso invade el interior de la carpa blanca llena de mercadería y carteles que levantaron los trabajadores del Astillero Río Santiago frente a la legislatura ante la constante amenaza de cierre por parte del gobierno provincial. Afuera, un puesto de choripán echa humo y dos manteras se pelean por el lugar para tirar su sábana con la ropa usada que tienen para vender.

Es miércoles al mediodía y los trabajadores de Río Santiago están reunidos en la fábrica para debatir la última propuesta que les ofreció el gobierno: levantar la carpa y cobrar el ítem de productividad –un plus que para muchos significa más del 30% del salario–, o seguir con la medida de fuerza y cobrar el sueldo con descuentos. Después de doce horas de asamblea, se definió seguir el plan de lucha hasta lograr que el Astillero vuelva a retomar sus actividades.

“El problema de base es la reactivación del Astillero, no el tema del salario. Porque sino arreglan este mes y después siguen pasando el tiempo adentro de la fábrica con los brazos caídos. Es una agonía permanente”, afirma un trabajador de ATE que cuida la mesa ubicada en la entrada de la carpa.

Durante la mañana y el mediodía, el personal del Astillero suele tener reuniones con funcionarios del gobierno o hacer asambleas en la fábrica que duran desde doce a dieciocho horas. Mientras ellos no están en la carpa, el lugar es ocupado por trabajadores de otros sectores que apoyan la lucha. Además, todos los mediodías se hace una comida multitudinaria que disfrutan más de doscientas personas que pasan por la plaza y no tienen ningún vínculo con los trabajadores de Río Santiago.

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“Hay que dinamitar el Astillero” le dijo Mauricio Macri a un empresario a mediados de julio. La respuesta: una denuncia judicial por “apología del delito e instigación pública a cometer delitos como autor penalmente responsable” y la toma de la fábrica.

—Después vino la herida de muerte, que fue la compra de barcos a Israel y a Francia, teniendo en cuenta que nosotros tenemos todo el capital humano y el desarrollo tecnológico para hacerlos —dice Gustavo Ruiz, delegado del sector de soldadura.

La compra que hizo el gobierno son cinco lanchas-patrullas israelíes que salieron 49 millones de dólares y cuatro buques de guerra franceses en desuso por 300 millones de euros. Hacer esos barcos en el Astillero significaría 6.229.000 horas hombre de trabajo que le darían empleo a 1.200 personas.

Hace más de un año que Gustavo Ruiz llega a trabajar a las 7 de la mañana y se encuentra cara a cara con el abandono: tanto él como sus compañeros no tienen nada para hacer y tienen que economizar los pocos recursos que les quedan. Algunos sectores del astillero no tienen gas, agua, oxígeno, no hay insumos, ni chapas, ni tuercas, ni discos, ni máscaras para los arenadores, ni arena de buena calidad. Los trabajadores muchas veces tienen que trabajar con la linterna del celular porque hay sectores en los que no hay luz.

“Entendemos que lo que quiere hacer el gobierno es vegetarnos: dejarnos que flotemos psicológicamente, que perdamos la calma y empezar con el tema de los retiros voluntarios que nosotros no vamos a permitir. Es por eso que la semana que viene vamos a rodear la dirección con todas las herramientas que tenemos para pedir respuesta”, dice Ruiz.

La historia del Astillero está marcada por la lucha: desde su creación en 1953, durante la presidencia de Juan Domingo Perón, el polo de construcción y reparación naval tuvo que enfrentarse a las políticas neoliberales de la última dictadura cívico-militar –que dejó a más de cuarenta trabajadores desaparecidos– y a la amenaza permanente del gobierno menemista, a la que los trabajadores resistieron convirtiendo el Astillero en una de las pocas empresas estatales que no pasó a capitales privados. Desde 1991 hasta 1993, estuvo cerrado hasta que se dio el proceso de provincialización. A partir de ahí se retomó la actividad lentamente hasta que en 1997 llegó el primer contrato para hacer buques para un armador alemán.

Durante los últimos quince años, los mil trabajadores que quedaron de los años noventa lograron duplicar los puestos de trabajo e impidieron que ingresasen mecanismos de tercerización y subcontratación laboral.

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El domingo 29 de julio, Jorge Lanata presentó un informe en su programa en el que habla del Astillero con el hashtag #MirenDondeAjustar. Antes de que empiece el video, el conductor, sentado en su escritorio, dice: “¿Cómo podemos seguir manteniendo un astillero que no saca un barco desde hace treinta años?”, lo que sigue es un videoclip en el que hablan dos personas del gobierno de la provincia y el secretario general de ATE. Trabajadores, ninguno.

En los últimos treinta años, los trabajadores hicieron las corbetas mepo que están al servicio de la armada, el techo del Estadio Único, compuertas, material ferroviario, piezas fundamentales para las centrales hidroeléctricas, el techo del Teatro Argentino, buques para Alemania, turbinas para Yaciretá, entre otras obras.

—Cada terminación de obra es muy emocionante para todos porque es como un hijo que nosotros largamos —dice Ruiz con la voz quebrada.

Actualmente, hay dos buques parados: Eva Perón y Juana Azurduy que Venezuela encargó y que los trabajadores no pueden terminar por la asfixia crediticia que sufren por parte del gobierno provincial.

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El 21 de agosto, pasado el mediodía, mientras sacaban el cajón de la fundadora de Abuelas de Plaza de Mayo, Chicha Mariani, del Rectorado, las personas que pensaban acompañar el féretro hasta el cementerio se encontraron con el comienzo de una brutal represión a los trabajadores del Astillero que duró más de una hora.

—Fuimos a entregar un petitorio para que nos reciban después de suspender la reunión por la mesa paritaria, nos dijeron que iban a charlarlo ahí adentro y al rato salieron a tirarnos agua y balas de goma —cuenta Héctor Pinto.

Desde el día de la represión, los trabajadores tuvieron varios llamados a reunión por parte del gobierno provincial que se terminaron suspendiendo: el último fue el martes 4 de agosto. Los trabajadores se movilizaron hasta el Ministerio de Infraestructura y lo único que recibieron fueron excusas para postergar la reunión.

El próximo miércoles 12 de septiembre, los trabajadores de ATE van a hacer un paro provincial y nacional en el que se van a cortar las rutas de todo el país.

—Nosotros construimos la soberanía y por eso luchamos para que se recupere ese potencial en la construcción de buques. No queremos ser becados del Estado, y no vamos a abandonar las calles hasta resolver el conflicto y combatir la política de ajuste de este gobierno —dice Gustavo Ruiz con la voz cansada.