Por Carlos Ciappina

Como en casi todos los procesos históricos, las fechas y las memorias sufren las distorsiones del poder. Así, el 11 de setiembre ha pasado a ser una fecha que conmemora el atentado a las Torres Gemelas en Nueva York, hecho relevante por sus implicancias posteriores en los Estados Unidos y en el mundo. Pero este acontecimiento ha dejado en las sombras uno no menos importante.

Un 11 de setiembre de 1973 se va a producir un hecho con una relevancia no menor, también por sus consecuencias a futuro, en nuestra América Latina: el golpe de Estado del dictador Augusto Pinochet. Por muchas razones, será una bisagra en la historia latinoamericana (y mundial).

En primera instancia, debemos señalar que el golpe militar terminó con la experiencia político-social que más inquietaba a los Estados Unidos en aquella época de la Guerra fría y la Doctrina de la Seguridad Nacional: el gobierno de la Unidad Popular (la alianza de partidos de izquierda que había triunfado en las elecciones de 1970), conducida por el presidente Salvador Allende, se había propuesto la tarea virtuosa de alcanzar el socialismo por el camino de la construcción democrática.

“La vía chilena” (pacífica) al socialismo era, en ese momento, la peor noticia para la perspectiva que los Estados Unidos le daban a la lucha “contra el comunismo” en América Latina y el mundo. Mientras pudiera asociarse el socialismo o comunismo con procesos de acceso al poder por la fuerza (léase URSS, China, Cuba) la política de “contención” norteamericana se justificaba desde la lógica de la defensa de la “democracia” .

Pero con la búsqueda del socialismo precisamente a través de las instituciones democráticas, Allende y la Unidad Popular ponían en jaque toda la estrategia militar agresiva norteamericana contra el “comunismo”.

Así, el golpe fue precedido de una campaña feroz –encabezada por la embajada norteamericana en Chile y el Departamento de Estado– de desestabilización económico-social: bloqueo crediticio, sabotajes industriales, cierre de importaciones chilenas a Estados Unidos, reducción de exportaciones norteamericanas a Chile, desabastecimiento, financiamiento de huelgas (particularmente la gran huelga de los camioneros) y una campaña de prensa internacional (y nacional, de la mano del diario conservador El Mercurio) que, junto con las protestas y manifestaciones de las clases medias altas y la élite chilena, puso en jaque al gobierno de la Unidad Popular.

Aun así, los resultados electorales –consecuencia de las políticas inclusivas del gobierno de Allende– le daban cada vez más apoyo al gobierno democrático y, en ese entendido, las Fuerzas Armadas se decidieron a dar el golpe de Estado.

El golpe en sí fue brutal y despiadado, las imágenes de los tanques de guerra bombardeando la casa de gobierno con el gobierno dentro, los disparos a los civiles en las calles (incluyendo reporteros), la utilización del Estadio Nacional como gran cárcel y lugar de torturas y asesinatos recorrieron el mundo: 3.000 muertos y desaparecidos dieron cuenta de la brutalidad del golpe pinochetista. Pero aun así la dictadura que se inició ese 11 de setiembre escondía todavía una barbarie peor: sería la antesala del primer experimento económico-social neoliberal en el mundo.

A simple vista, el golpe de Pinochet parecía una dictadura “pretoriana” más de las tantas de América Latina. Pero las Fuerzas Armadas chilenas se propusieron algo más profundo: modificar drásticamente la matriz socioeconómica del país con un experimento que estaba siendo propuesto desde hacía décadas y nadie había llevado a cabo: una economía de libremercado. El neoliberalismo. El eje de ese cambio será la entrega del Ministerio de Economía a un grupo de jóvenes egresados de la Universidad Católica de Chile que hicieron sus posgrados en la Universidad de Chicago con los teóricos neoliberales Milton Friedman y Friederick Von Hayek.

Friedman y Hayek venían pregonando desde hacía décadas la reconstitución de lo que llamaban una economía “libre”, con un equilibrio fiscal riguroso y la privatización de toda la esfera estatizada de la economía. En el año 1975, el propio Milton Friedman fue a asesorar al gobierno chileno y propuso una “terapia” de shock: despedir al 30% de los empleados públicos, reducir el 20% el gasto público, aumentar el IVA, privatizar todas las empresas públicas y los sistemas de salud y educación.

Dos pilares básicos de estas reformas fueron la modificación del sistema de jubilaciones de reparto administradas por el Estado hacia un sistema privado, manejado por Administradoras de Fondos de Pensiones. Así, se trasladó hacia el sector financiero una masa enorme de recursos económicos resultado del trabajo chileno. La otra reforma profunda fue sobre el sistema laboral: en el año 1979 se flexibilizó y desindicalizó el sistema laboral chileno, bajando costos y salarios.

En apenas siete años (para 1980 estas reformas estaban consolidadas) Chile pasó de la construcción del socialismo hacia una economía y una sociedad privatizada y monetarizada como ninguna otra del mundo. El experimento, de la mano de la férrea represión dictatorial, fue un éxito macroeconómico (se estabilizó la inflación, se reinvirtieron capitales externos) y un fracaso social (se incrementó la pobreza, creció el desempleo y se redujo el valor del salario y las prestaciones sociales y jubilatorias).

Pero a partir de ese “éxito” la teoría del shock neoliberal sería utilizada de allí en más por Gran Bretaña (en 1978, con Margaret Thatcher) y Estados Unidos (1981, con Ronald Reagan). El neoliberalismo dio sus primeros pasos de la mano de una de las peores dictaduras del siglo XX. La “libertad de mercado” se instaló negando todas las demás libertades.

Esa es la consecuencia profunda del golpe pinochetista de aquel 11 de setiembre de 1973.