Por Ramiro García Morete

“Vive el hoy, el tiempo es un error metafórico”. Cuando Picaporters suena, el tiempo se suspende. No se detiene, sólo fluye de otro modo. Climas densos e introspectivos, acordes sólidos y extasiados. El trío no corre ni se queda quieto: sólo busca su propio tiempo y su viaje.

Como cuando a mediados de 2011 eran un cuarteto más orientado al progresivo, la canción y las composiciones eran complejas. Habían sido años de rotar de la mano de un demo casero y buenas presentaciones en vivo. Y surgieron las ganas de estar más cerca de Pescado Rabio o Pappo que de Serú. Eso implicó un cambio de formación: el tecladista y compositor Juan Oliverio decidió irse por razones artísticas. Pero también una reformulación. La puerta que se cerró abrió otra.

“Fluye el río lleno de colores, rumbo hacia la libertad”, cantarían unos años más tarde. Serían los colores y no tanto el río (que cambia y siempre es más o menos el mismo) el eje: la sonoridad por sobre la canción. Lucas Barrué logró comprar sus soñada Gibson SG, Juan Pablo Vázquez dejó sus ahorros en una batería de los años sesenta y el bajista y vocalista Juan Pablo “Salta” Herrera se liberó desde lo compositivo. Elefantes (2013 y remasterizado recientemente) sería el puntapié y El horror oculto (2016) la constatación de una búsqueda que hace de Picaporters una de las bandas más viajeras e intensas del rock local.

“Somos una banda que genera un ambiente”, cuenta Barrué. “Capaz en una tonalidad y no con transición de tantos acordes como antes. No tocamos, capaz, los acordes tan llanos, los tratamos de insinuar. O tocar alguna alteración del acorde. La búsqueda va más por el timbre que la armonía o la función del acorde. Más de un timbre de la afinación o el lugar del mástil. Desde el sonido.” El guitarrista entiende que el estilo de la banda es “mántrico. La idea es esa. Y componemos y proponemos los discos pensando que en vivo se tiene que generar esa sensación de viaje. Que la gente se vuelva zombie o loca. Crear una sensación que no sea sólo analizar la música, que genere algo en el cuerpo”.

Desde lo lírico (donde predominan las figuras alegóricas, cierto aire mítico y místico), hace un tiempo que las letras son responsabilidad del cantante y bajista. “Él pasó por varios cambios y cuestiones personales. Se volvió más espiritual. Cuestiones personales y un par de cosas que se notan. Tiene las ideas más claras y ha bajado pensamientos que tenía. Las letras hablan de relaciones, pero siempre desde una lírica que no sea de manera directa.”

Con temas que pueden alcanzar los diez minutos, Picaporters apuesta a la sensibilidad colectiva del ensayo. “Grabamos todos los ensayos desde el año pasado”, describe Barrue. “Todo microfoneado y queda registrado. Para este disco es una locura, las cosas que después escuchas y sirven para armar ni sabés cómo las hiciste o cómo llegaste a tocar eso.” De ese modo es que preparan un nuevo disco que se grabará en noviembre nuevamente en El Attic, con Patricio Claypole.

“Pensamos que tiene más que ver con el primero que el segundo disco, que se compuso de manera más improvisada. Fue como una psicodelia a la que convertimos en canciones. Está pasando algo parecido. Está cambiando la velocidad, más rápidos. No tan doom, pero sí psicodélicos. Pensamos un metal psicodélico, temas que arrancan muy acelerados y terminan en algo muy space. Nos gusta empezar un tema de una manera y que mute hasta que cambie hasta la armonía, todo”. Y agrega un detalle técnico que sabrá apreciar el público atento: “algo importante es cambiar la afinación. Volvimos al 440. Antes estábamos medio tono abajo, que hace sonar todo más denso. Ahora buscamos algo más rápido, que entre como un lanza”.

Con algunos recitales por delante en la ciudad y afuera (Río Cuarto en septiembre), la banda se concentrará en los ensayos del disco. Aunque no sean ajenos al contexto social, siendo una banda independiente: “Es una etapa difícil de laburo y dinero. Igual nos parece que no da esconderse. Hay que estar. Nadie va a esconderse. Hay un poco menos de posibilidades de grabar y tocar. Pero hay que buscar la vuelta y seguir haciéndolo”. Y finaliza: “En tiempos como estos uno se pone a prueba en lo que a uno le gusta y el amor que le pone a ciertas cosas. Uno se da cuenta de que no lo hace más que porque le gusta hacerlo. Para levantarte a la mañana e ir a ensayar o tocar. Si esperaba éxito, dinero o fama, hace rato me di cuenta que por este lado no viene. Prefiero viralizar un video de YouTube. Como banda, no creo que nos interese. Nos gusta más pensar que dejamos obra en los discos y música para que se escuche. Y listo. El resto no nos calienta”.

Este viernes 31 de agosto, Picaporters se presenta junto a Las Diferencias en Guajira (49 e/ 4 y 5)