Por Ramiro García Morete

La memoria se dispara. A veces como un flash, otras como un objetivo. Siempre como un ojo atento al paso del tiempo y de los eventos. Basta recorrer la galería de fotos que integran la muestra anual de ARGRA 2017 y, si bien en inabarcable, parte de esa mínima porción de historia se dispara y condensa instantáneamente. Es que eso es o debería ser el periodismo: un ejercicio de memoria cotidiana. Y los reporteros gráficos lo plasman con la contundencia aquella de que una imagen vale más que mil operaciones de olvido o distracción.

La tristemente célebre foto de Yabrán en las orillas de Pinamar y los mismos reporteros alzando las cámaras introducen una exposición que en tres salas del Islas Malvinas muestra el pañuelazo, una cruz volando en una manifestación de camioneros, los ojos desbocados de Magnetto en el velorio de Ernestina de Noble, Macri en blanco y negro cual puesta televisiva de Nixon, un joven encapuchado llevando del brazo a una señora en medio de una represión, Patricia Bullrich jugando a G.I. Joe, la primera niña trans, alguien adorando a Cristina, estrellas de rock, luchadores de catch y más manifestaciones y oficiales con el palito de abollar ideologías.

Cada una de las imágenes contiene no sólo una noticia o una historia, sino un ánimo, un enfoque, un subtexto… una estética. “El otro día, mientras armábamos, entró un hombre con sus hijos”, nos cuenta Eva Cabrera, vicepresidenta de ARGRA con veinticinco años en el oficio. “Miraban y hacían fotos con el celular. Y en un momento me dice: todo esto pasó en un año. Yo no lo puedo creer. Parece mentira.”

Donde está Eva Cabrera pasa algo. Y sí… difícilmente la crucemos en una apacible mañana soleada. Marchas, reclamos sindicales, actos, conflictos… allí estará apuntando. Con un pie dentro y el otro afuera, como todo fotógrafo. Con un ojo en la imagen y el otro en la información, como toda reportera gráfica. Pero esta vez la acción es la puesta a punto de la muestra, mientras a través del teléfono corrobora que dentro del mal todo esté bien: el día después de la muerte de Chicha Mariani, la policía reprime a los trabajadores del Astillero. Algo a lo que no hay que acostumbrarse pero que los reporteros gráficos conocen muy bien.

La muestra, que tuvo una exitosa acogida en el porteño Palais de Glace en julio pasado, expone 167 obras de noventa fotógrafos de todo el país, seleccionados entre “alrededor de 3.700 socias y socios. Nosotros somos una organización federal. Se hace con una convocatoria en la cual hay un primer comité que hace una selección y de allí al comité definitivo. Este está compuesto por socios y suele haber invitados”. En esta ocasión estuvieron Julieta Di Marziani (Anfibia), Fernando Massobrio (docente en ARGRA Escuela), Martín Zabala (de Comisión Directiva), Celina Mutti (social de Rosario) y Emiliana Miguelez (fotografía de la UNSAM y docente de la Escuela de ARGRA). “Ese comité ve las fotos proyectadas sin saber quién es el autor”, explica la fotógrafa, quien orgullosa cuenta que un trabajo suyo fue seleccionado sin que supieran que le pertenecía. “Creemos que es lo más democrático. Una vez que se ve el resto, de ahí se rescata lo que no sacó el primer comité.”

A veces las fotos cobran vida propia: “A mí me sorprendió que anoche falleció Chicha Mariani. Publiqué una foto de hace diez años, empezó a circular y cuando busqué en Internet vi que está suelta. Nada… las fotos son de todos cuando ya tomaron ese estado. Nos pasó con fotos de la dictadura, como la de Eduardo Longoni. Esa foto ya es de la gente”. Aunque, atentos: es una manera de decir. Porque las fotos sí tienen dueño y algunos lo ignoran: “Fue la gran excusa de las empresas para rajarnos. La excusa es que todo está en Google, como si fuera Google dueño de todo. Hay disputas con algunos editores porque suponen que al estar en Internet la foto es pública. Y no: está sujeta a derechos de autor. Más allá de que te paguen o no, es de alguien, alguien le puso el cuerpo”.

De pronto, flash…

Respecto de la proliferación de cámaras y formas de registrar imágenes, Cabrera reflexiona sobre quien hace de ello un oficio trazando un paralelo: “Todos sabemos escribir, con más o menos faltas de ortografía, mejor o menor capacidad de sintaxis. Pero no somos escritores”.

Alguien puso el cuerpo, dice Cabrera y eso sí que no es sólo una manera de decir: “Durante el tratamiento de la Reforma Previsional tuvimos más de treinta compañeros heridos con balas de goma, gaseados, lastimados. Es difícil trabajar en esa situación. Pero nunca vamos a dejar de hacerlo”. Y agrega: “Nos están atacando. Creo que nos tiran a propósito porque hay algo de lo que hacemos que les molesta. Y mucho”.

La coyuntura de represión y disciplinamiento social es una de las razones por las cuales “es la primera vez que ponemos una foto de nosotros mismos: el camarazo, que es nuestra forma histórica de protestar. El primero fue en 1982 y creo que la consigna fue ‘Se va a acabar esa manera de pegar’. Esta vez hicimos uno repudiando el cierre de DYN y el otro fue el de Télam. Porque, además de reprimirnos, cada vez tenemos menos medios para expresarnos. Porque tiene que ver con la soberanía informativa. La mitad de los compañeros despedidas, corresponsalías cerradas. Es muy difícil informarse”.

El reporte gráfico sabe ser un punto intermedio entre el periodismo y el arte. Por un lado, “hacer fotos es nuestra manera de decir y opinar. Tampoco una foto es la verdad. Es un recorte de lo que ves por el ocular de la cámara. Trabajamos con los dos ojos: uno en el ocular y otro alrededor”. Y a la vez, “cuando elegimos qué enfocar y que disparar, buscamos con estética y discurso”. Aunque por supuesto “hay una foto que es documental y vale por el momento que fue sacada, por más que no tenga estética”.