El periodismo militante de La Nación disfrazado de objetividad y neutralidad

Ante el descrédito que rodea la investigación por los “cuadernos de la corrupción” (que ameritaron quince detenciones en base a fotocopias) el diario de Mitre no sólo reivindica su operación mediática, sino que la expone como ejemplo de “autoridad periodística” por encima de fake news y redes sociales.

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El diario La Nación realizó una singular exposición en una columna en torno al tratamiento de sus contenidos en general y el abordaje de la trama en torno a los discutidos “cuadernos de la corrupción K” en particular. El artículo se anuncia como “El valor del periodismo que se mantiene intacto” y allí el diario de Mitre se autoproclama como una autoridad periodística por encima de las llamadas “fake news” que inundan las redes sociales y “la prostitución ejercida desde ciertos sectores del periodismo”, según el autor, cultivado durante el período kirchnerista bajo la definición de “periodismo militante”.

A grandes rasgos, el artículo intenta dejar en claro al lector que, en épocas donde los avances tecnológicos y la aparición de múltiples plataformas de comunicación virtuales han generado no sólo una competencia infinita, sino también una degradación de la calidad informativa y el rigor periodístico, medios como La Nación son el rector de responsabilidad basado en la neutralidad, el profesionalismo y, de manera fundamental, la objetividad.

“Periodismo hay uno solo: el clásico, histórico y fundacional. El que narra los hechos en forma objetiva, desde un lugar neutral, sin tomar partido. El que prefiere perder una primicia a exponerse a una desmentida”, expresa la nota sin mayores eufemismos, tomando como ejemplos a paladines mundiales de la prensa liberal como The New York TimesThe Washington Post o The Financial Times. En el caos de la sobrecarga de información y datos de la web, el autor pregunta: “¿cómo identificar la verdad entre tanto palabrerío? ¿Cómo discriminar lo cierto de lo falaz cuando a veces parecen idénticos? ¿Cómo diferenciar a un emisor riguroso y responsable de otro temerario y falaz en el vértigo de estos tiempos?”. La respuesta es fácil: leer La Nación, el diario neutral y objetivo.

Lo llamativo es la insistencia del autor por separar al longevo diario argentino de aquello que circula por foros, blogs y páginas de Facebook, siendo estas últimas un molesto competidor del periodismo profesional que profesa La Nación. Lo que la nota no menciona es la relación (cuando no complicidad corporativa) que subyace entre esos mismos sectores. ¿O la desaparición de Facebook de una nota del portal Primereando de fuerte contenido crítico hacia el gobierno, antes descalificada por el portal Chequeado, fue mera casualidad?

Precisamente, lo invisible en la nota de La Nación es esa delicada zona donde información, intereses económicos y operaciones políticas se cruzan y afectan de manera mutua. Así lo evidencia que una corporación periodística como Clarín se asocie (a través de su apoderado Cablevisión) con Telecom para formar un gigante comunicacional que controle Internet, TV por cable, diarios y telefonía móvil. Ante tal escenario, resulta difícil creer en Internet como esa zona liberada a su propia suerte, en manos de millones de twiteros y blogueros anónimos que, según el autor, marcan una agenda apócrifa de “viveza y buena pluma”.

A su vez, es notoria la omisión en la nota de la investigación del periodista de El Destape, Juan Amorín, sobre falsificación de aportes de campaña de Cambiemos, un escándalo nacional que tardó casi diez días en llegar a las páginas de La Nación, en contraste con la reivindicación de la investigación sobre los cuadernos de coimas (publicada curiosamente semanas después de la investigación de Amorín) cuyas pruebas hasta ahora se basan en fotocopias. ¿Los listados de aportantes truchos en todo el país entrarían también en la categoría de fake news? ¿O sería otro producto de la “prostitución” del periodismo militante kirchnerista?

La apoyatura de La Nación sobre un periodismo canonizado en la supuesta neutralidad de ataduras políticas y contiendas financieras es propia del discurso liberal que, en general, sirve para justificar que un solo grupo empresarial acumule gran parte de la pauta publicitaria oficial o que haga lobby para que se eliminen, por caso, legislaciones para controlar la concentración de medios. En esa línea, el especialista en medios e industrias culturales Martín Becerra remarcó: “Hay sólidos argumentos y bastante empiria para documentar el daño a la convivencia democrática cuando hay excesiva concentración de poder en manos de un grupo de medios”.

En tanto, la volatilidad que ha suscitado el tratamiento de los “cuadernos” –en plena antesala a un año de elecciones– ha llegado al punto de que la “tribuna de doctrina” de Mitre deba justificarse a sí misma. Remarca que todavía es confiable, que siguen siendo un reservorio de la verdad. Que nada tienen que ver con las redes de desinformación que propaga Internet y “el periodismo militante” opositor. En ese aspecto, la frase de La Nación es acertada. Periodismo hay uno solo: el que disputa poder.