Plagar: “Se quejan de los grafitis pero no de las casas tapiadas, las ratas y los baldíos”

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Graffitis en La Plata, (Foto: Fabián Aguilar)

Por Ramiro García Morete

Leandro de Martinelli sabe ser molesto como un grafiti. Gusta de incomodar y de incomodarse. Como un grafiti, por supuesto, tiene sus razones y sus lógicas. Ama las preguntas, básicamente. Quizá por ello es periodista. Artaud decía que la vida es eso, “arder en preguntas”. Pero De Martinelli no levanta temperatura. Con fría suficiencia se expresa sobre esas incomodidades (intelectuales, discursivas, etcétera) que otros le generan y también con el mismo dejo de insolencia que habrá tenido cuando a los trece o catorce pintó algunas paredes con nombres de pandillas que duraban uno o dos días. Pero ya no es un adolescente y menos un pandillero.

Es un hombre de 42 años cumplidos al instante de esta nota y poblados de cuestionamientos intelectuales. Por eso, al ver grafitis en las paredes, donde muchos vieron manchas, él vio preguntas. De ellas – y de infinitas conversaciones con su socio y amigo Augusto “Falopapas” Turallas- es que nace Plagar, un libro ensayístico y un enfoque distinto a la bibliografía dominante que suele versar sobre la reproducción global de un fenómeno originado básicamente en New York.

Además de recorrer la historia de las crews y las pintadas locales, De Martinelli desentraña la razón inmobiliaria y su responsabilidad en las transformaciones que propicia es cultura propia del hip hop, que algunos tildan de vandalismo.

“Su mera presencia todavía produce un tipo específico de tensión social, remarca la falta de consensos sobre el espacio público, señala un tipo de DOMINACIÓN. o, dicho de otro modo, todavía exaspera, indigna, jode”

El libro se encarga de distinguirla de otras prácticas nacidas en la llamada contracultura, y como no pudo ser integrado al capitalismo, “Su mera presencia todavía produce un tipo específico de tensión social, remarca la falta de consensos sobre el espacio público, señala un tipo de dominación. O, dicho de otro modo, todavía exaspera, indigna, jode”. El autor habla de vecinocracia, que entre otros asuntos “no le importa que se arruine la ciudad sino quién la arruina”.

No me escribas la pared

“Lo interesante es ver la manera en que la arquitectura funciona como un bloque ideológico y de poder -introduce De Martinelli-. Y si bien estos pibes -que no son tan pibes en realidad, ese es otro prejuicio- no lo hacían tan premeditadamente, cuando intervenían paredes intervenían esos poderes. Es claro cómo el vecinalismo y el amor por la propiedad privada nos forma a todos. Al principio pensaba: ‘Este grafiti… me pintaron la casa’. Me hinchaba. Me sigue hinchando un poco porque no es que me agrada la forma. Pero me enamora la sutil política del grafiti”.

Y la distingue de la pintada más directa o más planfletaria. “Para que el graffiti se instale en una ciudad, la ciudad tiene que colaborar. Como colabora proporcionando espacios vaciados, fuera de la dinámica urbana, casas y otros territorios que han sido retirados del presente, que viven en el pasado, no tienen luz ni gas, nadie saca la basura”.

¿Ciudad Limpia?

Plagar (cuyo nombre responde al modo en que la gente del ambiente llama al acto de salir a pintar) repasa las transformaciones arquitectónicas de la ciudad y la responsabilidad de las distintas sociedades inmobiliarias durante las últimas gestiones municipales para alterar la trama urbana sin que el dedo acusador los apunte. Sólo a los aerosoles.

“Nosotros tenemos una ciudad que hasta el 2000 fue muy bella. Luego, con el código de Reordenamiento Urbano (con Julio Alak) y en 2010 (con Pablo Bruera), la ciudad empezó a perder mucho de su identidad”. Plagar hace foco en “el Código de Ordenamiento Urbano para habilitar construcciones en alto dentro de un casco urbano que se postulaba como patrimonio arquitectónico de la humanidad. El proyecto era simple: derrumbar casas, muchas con más de cien años, para levantar edificios, en general torrecitas tristes con locales en la planta baja. Lo que se multiplicó primero fue el síntoma inmediato de la especulación inmobiliaria: el abandono de viviendas. Ese año el Censo Nacional contabilizó un 19% de viviendas ociosas”.

“En esa despreocupación por el espacio público o esa transformación de la municipalidad en una inmobiliaria, aparece la despreocupación de todos por el espacio público”

De Martinelli desarrolla: “En esa despreocupación por el espacio público o esa transformación de la municipalidad en una inmobiliaria aparece la despreocupación de todos por el espacio público. Y cada uno cuida su espacio privado. En tanto esta es mi casa y voy a cuidarla. O esta es mi ciudad y voy a pintarla toda. Por un lado hay propietarios que abandonan sus viviendas como parte del ciclo vital de especulación inmobiliaria, lo venden a una constructora que arma un proyecto y que empieza a construir. Hasta que eso se verticaliza y se concreta pueden pasar siete u ocho años que está ahí y funciona como lienzo ideal para los grafiteros. Yo veía que todos se quejaban de los grafitis pero nadie de las casas tapiadas, incendiadas, las ratas, los terrenos baldíos”.

“Todos se quejaban de los grafitis pero nadie de las casas tapiadas, incendiadas, las ratas, los terrenos baldíos”

Lucha de poderes

Frente a su casa hay una “inspiradora” gran esquina vacía y abandonada con una vereda que en verdad es barro. Las recorridas fotográficas iniciadas en 2015 ayudaron a entender la “ciudad no como bien de consumo sino bien de uso”. Y resume: “Para que el grafiti se instale en una ciudad, la ciudad tiene que colaborar. En una ciudad donde hay una mirada sobre el patrimonio no ocurre tanto”.

“Para que el grafiti se instale en una ciudad, la ciudad tiene que colaborar. En Una ciudad donde hay una mirada sobre el patrimonio no ocurre tanto”

Con un nuevo libro en mente, De Martinelli asegura que el sector inmobiliario así como arquitectos o martilleros no comprenden la complejidad. “No se hacen cargo de su parte”, sentencia. A su vez, cree que el posgrafiti o arte callejero legal piensa la ciudad como un lienzo pero que los lugares escogidos no tienen una significación particular.

Tampoco está muy seguro de la conciencia completa de los grafiteros, muchos de los cuales entrevistó y de otros recibió evasivas propias de la mística misteriosa de este universo. Y esa falta de dogma o ideología definida le atrae.

“Es lindo. Es donde a uno le da el lugar como comunicador para tratar de entender la lógica. Por más que no lo piensen, hay un trabajo en contra del poder. Y que crece a medida que ese poder crece. Todo poder conlleva su propio contrapoder. Esa síntesis foucaultiana está ensamblada perfectamente”.

Cursando un doctorado en Comunicación de Perspectiva en Estudios Culturales, se propuso dar “una disputa hacia la opinión pública. No me interesa guardármela en los debates sesudos de la academia, en revistas indexadas, para tratar únicamente de proponer una mínima hipótesis que tengo que demostrar. A mí me interesa como ensayista visibilizar una lógica, ponerla en funcionamiento y dar el debate. Y lo traté de escribir lo más sencillo posible. Lo cual es lo más difícil”.

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