Por qué el gobierno fomenta la violencia y el odio en la sociedad

Defender al policía que asesinó a un ladrón por la espalda y justificar los crímenes contra Maldonado y Nahuel, así como encarcelar a Milagro Sala y a exfuncionarios kirchneristas, le permite al régimen ejecutar sus premisas ideológicas y reforzar el apoyo de sectores sociales proclives a concepciones de derecha.

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“No entiendo cómo en un fallo que leí dice que estuvo todo bien hasta el último instante, donde los jueces dicen que (el policía) se excedió. Pero, ¿cómo que ‘se excedió’? Estamos hablando de que el policía perseguía a un asesino […] Dice el fallo que lo tendría que haber seguido hasta que otro policía lo apoye o logre reducir al asesino. Honestamente, yo no creo en eso. Yo creo que el policía está para cuidarnos a todos los argentinos, que es lo más importante, ¿no? Para que nos pueda cuidar, nosotros tenemos que darles las herramientas para que ellos puedan actuar […] Los argentinos somos gente que disfrutamos en el espacio público, que compartimos en el espacio público. Las calles de nuestro país siempre están llenas, siempre tienen vida. Entonces, no podemos poner en prisión domiciliaria a todos los ciudadanos porque no podemos contener a una pequeña minoría que no está dispuesta a vivir dentro de la ley […] Creo que represento como ciudadano a la inmensa mayoría de los argentinos que no compartimos lo que expresan estos jueces. Que seguramente, con lo que lograron, seguro que Zaffaroni llamó para felicitarlos. Pero la mayoría de los argentinos no pensamos como Zaffaroni y su teoría. La mayoría de los argentinos sentimos que la Policía nos tiene que cuidar a nosotros, no a los asesinos ni a los delincuentes”.

Esas palabras formaron parte de la respuesta de Mauricio Macri a una pregunta periodística sobre el asesinato por la espalda que el policía Luis Chocobar perpetró contra Pablo Kukoc, el joven que, junto con otro ladrón, atacó a puñaladas a un turista en el barrio porteño de La Boca en diciembre pasado. El jefe de Estado se expresó de ese modo en la conferencia de prensa del viernes en Chapadmalal (lugar donde el oficialismo nacional y bonaerense realizó las jornadas de deliberación que una ridícula costumbre del discurso político y periodístico argentino llama “retiro espiritual” cuando debería llamarse como lo que es: un retiro “político”. Sin vueltas).

Igual que siempre, Macri actuó impecablemente entrenado y preparado por los expertos en comunicación que diseñan cada una de sus apariciones públicas. Utilizó, como es habitual en su retórica, palabras cuidadosamente estudiadas para provocar empatía en las audiencias: “el policía está para cuidarnos a los argentinos”, “el policía perseguía a un asesino”, “somos gente que compartimos en el espacio público”, “no podemos poner en prisión domiciliaria a todos los argentinos” (obsérvese el efecto que busca generar en quienes ven/escuchan su alocución, con el contrabando semántico de las palabras “prisión domiciliaria”), “creo que represento como ciudadano a la inmensa mayoría de los argentinos”, “seguro que Zaffaroni llamó para felicitarlos” (a los jueces), “la mayoría de los argentinos sentimos que la Policía nos tiene que cuidar a nosotros, no a los asesinos ni a los delincuentes”.

Cada manifestación verbal la acompañó con sus respectivos gestos, miradas, tonos, expresiones faciales, caras adecuadas en el instante preciso -por ejemplo, “de preocupación” (por caso, mientras el periodista le formula la pregunta) o de “incredulidad” (como cuando dice “no entiendo cómo un fallo que leí dice…”)-, así como los demás artificios de imagen destinados a impactar eficazmente en diversos públicos y a procurar una receptividad favorable en determinados sectores de la sociedad (puede verse ese tramo de la conferencia de prensa en un fragmento de cuatro minutos publicado en el portal digital de TN, el canal informativo del Grupo Clarín: https://tn.com.ar/politica/mauricio-macri-defendio-al-policia-luis-chocobar-no-entiendo-el-fallo-de-esos-jueces_851748).

Con esa puesta en escena, Macri amplificó el mensaje político que dirigió en particular al personal armado del Estado y en general a toda la sociedad cuando, días atrás, recibió y felicitó a Chocobar. A su vez, esa es la continuidad del respaldo otorgado por la ministra Patricia Bullrich y el conjunto del oficialismo a la Gendarmería cuando atacó a una comunidad mapuche en Chubut y mató a Santiago Maldonado -“se ahogó”, dice el relato oficial- y cuando Prefectura Naval asesinó por la espalda al chico Rafael Nahuel en Bariloche, también durante una protesta mapuche.

En cada nueva ocasión, el gobierno redobla la estrategia que viene practicando desde los primeros días de su gestión: fomentar que crezcan la violencia y el odio en la sociedad, como parte de su acumulación de poder destinada a desmontar el modelo de país heredado de la etapa kirchnerista para reemplazarlo por otro que beneficie a las clases sociales privilegiadas y a la consolidación de un sistema capitalista más extremo y alevoso, aquí y en todo el mundo.

“Negocio” redondo 

El macrismo es, al mismo tiempo, profundamente ideológico y marketinero. Es decir que une aquello en lo cual cree efectivamente con aquello que le otorga réditos políticos porque así consigue reafirmar los apoyos conquistados en ciertas bases de la sociedad. En definitiva, como suele decirse, “une lo agradable con lo útil”.

En la matriz de una ideología están la visión del mundo y las creencias respecto de cómo deben organizarse el poder, la sociedad, la economía, el reparto de la riqueza, las relaciones internacionales, etcétera. Al mismo tiempo, la utilización obsesiva y perfeccionada de las técnicas del marketing político permite investigar tanto las opiniones, creencias y preferencias/rechazos de los distintos sectores sociales, como los prejuicios, sentimientos y predisposiciones latentes. En base a ello, se puede actuar en función de determinados objetivos.

El gibierno y sus aliados de las distintas corporaciones conocen a la perfección que el miedo y el terror son disciplinadores sociales. Saben que la gente asustada es capaz de aceptar situaciones que sin la presencia de esas condiciones subjetivas -miedo y/o terror- no aceptaría.

Ejemplo de ello es que el hecho de “matar por la espalda”, que implica matar a alguien que no está en posición física de agredir a quien le dispara sino que se está alejando del lugar -eventualmente en actitud de escapar, de huir-, es un ataque mortal contrario a las normas morales humanitarias y de respeto por las personas, pero ese principio puede ser violado con consentimiento social si al crimen se lo justifica por el daño que causó previamente, o que podría causar posteriormente, la persona que finalmente es asesinada. Esa apelación al miedo es la que acaba de utilizar Macri una vez más (en la conferencia de prensa citada).

Además, por la convergencia de la matriz de derecha oficialista con la que tienen determinados sectores sociales, el gobierno actúa con impecable coherencia desde sus inicios, cuando la gestión jujeña de Cambiemos metió presa a Milagro Sala. Lo mismo ocurre cuando el oficialismo convierte al pueblo mapuche en enemigo. En ambos casos se activan los reflejos clasistas, racistas y machistas -contra las/los pobres, las/los indios/as y las mujeres- existentes en una parte considerable de la población y que son continuamente reforzados por las maquinarias mediáticas dominantes.

De igual modo, encarcelar a exfuncionarios y dirigentes afines al anterior gobierno es otra manera de ejercer el autoritarismo que impregna la matriz ideológica del régimen, y a la vez afianzar el respaldo de sectores sociales ultra-antikirchneristas y también de factores de poder locales y extranjeros que apuntan a destruir toda expresión política popular que desafíe sus intereses.

Simultáneamente, ese tipo de accionar cumple la función de instalar en el debate público temas ajenos a los despidos de trabajadores/as, la pérdida de poder adquisitivo de los sueldos y las jubilaciones frente a la inflación, la invasión de artículos importados con la consiguiente quiebra de empresas y comercios, el aumento astronómico de la deuda externa, la vuelta de la timba financiera y, en fin, toda la masacre social y económica que están provocando las políticas gubernamentales.

La misma función desempeñan las periódicas apariciones en los medios de comunicación del asesor presidencial Jaime Durán Barba, un experto en manipulación de masas, estrategias de violencia comunicacional, guerra sucia informativa y acción psicológica sobre la opinión pública. A principios de este mes dijo que “la gente pide que se reprima brutalmente a los delincuentes. Hemos hecho encuestas y la inmensa mayoría pide la pena de muerte” (la edición digital del diario El Cronista publicó el 6 de febrero un resumen de sus declaraciones: https://www.cronista.com/economiapolitica/Segun-Duran-Barba-la-mayoria-quiere-represion-brutal-a-delincuentes-y-pena-de-muerte-20180206-0081.html).

En definitiva, para la alianza oficialista “es un negocio redondo” violentar el espíritu y el ánimo de las personas comunes del pueblo, y en consecuencia el clima social y político del país. De esa forma lleva a la práctica sus premisas ideológicas y al mismo tiempo refuerza apoyos sociales numerosos e influyentes. Logra unir lo agradable con lo útil.

Por primera vez en un siglo, la derecha llegó a gobernar el Estado mediante el voto de una mayoría ciudadana y desde allí exhibe la misma propensión a la violencia que antes perpetraba con las dictaduras, así como la misma impunidad para ejecutarla.

Y lo más grave es que esa impunidad surge fundamentalmente del respaldo de sectores de la sociedad que no son cuantitativamente marginales, sino muy significativos. La prédica y los hechos generados desde cualquier actor del poder, en este caso el gobierno o sus aliados, producen determinados efectos según sea el contexto social en el que son percibidos.

Por eso, en un país donde amplios contingentes de la población son proclives a internalizar como propias las concepciones agresivas y autoritarias de la ideología dominante -de modo inconsciente, sin saberlo o sin elaborarlo intelectualmente-, no hay que subestimar la eficacia política que resulta de fomentar la violencia y el odio como hacen Macri y todo el régimen gobernante.