Por Luciana Isa

Hace dos años, el 8 de agosto de 2016, llegaban a este mundo Milo y Moro. Nacieron por medio de una cesárea –programada–, que no fue tal porque, si bien todo estaba planificado para las 20 hs de ese frío lunes de agosto, alguno de ellos, o quizás ambos, resolvieron que su voluntad de conocer las maravillas del mundo no podía hacerse esperar, y entonces todo se suscitó con mayor prisa, nerviosismo, virulencia, y más dolor de lo esperado. Claro que también, a lo esperado, lo posible, hay que anexarle lo incuestionable de los hechos; porque nadie en esta sociedad regida por un discurso que goza de una feroz hegemonía reguladora de todas nuestras prácticas –como es el discurso médico-científico– podría interrogarse acerca del modo en que debe procederse en un parto gemelar; ¿alguien podría imaginar otro modo que no sea una intervención por cesárea? Casi indiscutidamente podría afirmarse que no, ya que los avances médicos y científicos en materia de prevención, profilaxis del embarazo, parto y posparto, entre otros asuntos que hoy forman parte del Programa Médico Obligatorio pero también de un proceder médico orientado a patologizar los nacimientos y todo lo que rodea a este fenómeno, han calado fuertemente en los discursos sociales, sobre todo en los últimos cincuenta años, y lo cierto es que no sólo nadie lo imaginaría, sino que ninguna mujer –o casi ninguna– quisiera ensayar la posibilidad de experimentar un parto natural por partida doble, más allá de las experiencias conocidas como “partos humanizados” que hace ya varios años comienzan a emerger y que se fortalecen luego de la sanción de la Ley Nº 25.929, conocida como Ley de Parto Respetado, aprobada en el año 2004.

Claro que cierta “mirada crítica” de estas prácticas varía cuando se trata de discutir, dar el debate, generar consenso acerca de las violencias de género, entre las cuales la violencia obstétrica es una de las que adquiere un lugar muy protagónico y que en la última década ha empezado a ser una problemática que forma parte de la agenda pública. Muchas veces, en este como en tantos otros órdenes, parece que lo lógico, lo evidente, se vuelve ininteligible cuando se trata de una misma. Discutir es una cosa y poner el cuerpo otra, sin dudas mucho más compleja. Encontrarse sola en esos lugares en los cuales las reglas del juego las piensan, las implementan y las regulan otros, y las y los pacientes, lejos de poder revertirlo, nos encontramos ante el mayor de los estados de vulnerabilidad, en el que naturalizamos que no nos queda más que aplacar nuestro ser crítico y aceptar las reglas de la institución médica; más aún, siendo gratas y “dando las gracias” por estar vivas y en perfecto estado, al igual que nuestros hijos –el ritual del agradecimiento eterno a los médicos que trajeron a nuestros hijos a este mundo–, es sin dudas lo que muchas veces nos inhabilita a desplazarnos de la problematización hacía la praxis política. Y no porque existan dos planos, el material y el simbólico, sino porque aquí, en este territorio, se corre el riesgo de borrar cualquier marca identitaria, hasta el punto incluso de la invisibilización. 

Sin embargo, regresando al inicio de estas líneas, es el 8 de agosto (8A) lo que estimuló esta breve reflexión, que conecta con la decisión previa de la llegada de Milo y Moro y, sin requerir de mucho esfuerzo, con lo que implica la sanción de la ley de despenalización de la interrupción voluntaria del embarazo, instalada en la agenda pública y mediática como Ley de Aborto. 

Esta conexión es tal porque desde que organicé mi vida en función de la llegada de ellos no hubo un día en que mi lógica racional no estableciera este enlace. ¿El motivo? Porque tuve la posibilidad de decidir que mis hijos nacieran cuando yo identifiqué las ganas, el deseo o vaya a saber cuál es el sentimiento más profundo que motoriza la llegada de los hijos –sin dudas este punto ameritaría fundamentos de carácter más psicoanalítico–, y también cuando pude establecer un límite entre lo que estaba dispuesta –o no– a hacer para que finalmente Milo y Moro dejaran de ser un proyecto lejano, para formar parte de nuestra cotidianidad. 

Cuerpos intervenidos: las Técnicas de Reproducción Asistida (TRA)

Cuando hago mención a esas ganas, esa voluntad que permite organizar y jerarquizar los tiempos y prioridades de metas u objetivos en nuestras vidas –sin dudas para quienes tenemos la posibilidad fáctica de, al menos, intervenir para planificar nuestro futuro–, que fueron las que en determinado momento me impulsaron a querer concretar el proyecto de la maternidad, también debo agregar que, en muchísimos casos, esas ganas no van acompañadas por las virtudes de nuestra naturaleza biológica que implica la procreación como un hecho o fenómeno dado naturalmente, en el momento que una lo decide. 

Claramente, yo formé parte de ese universo de mujeres y hombres que por diversas razones –que no siempre son de orden médico, sino que en ocasiones pueden responder a la necesidad y voluntad de concebir hijos de otros modos que no son los regidos por los cánones heteronormativos y patriarcales– deben recurrir a las opciones que ofrece la medicina reproductiva y los avances en materia científica y tecnológica, para poder acceder al proyecto de la maternidad/paternidad. Fue a partir de ese momento –y durante siete años– que viví un proceso complejísimo, que si bien tuvo el desenlace más deseado, sin lugar a dudas es una trama cargada de múltiples y diversos sentidos que van sembrando, con el correr del tiempo y los “fracasos” de los tratamientos, infinitos y contradictorios interrogantes que nos llevan a lugares que no siempre son los buscados. Pero la práctica política habilita, entre otras cosas, a enfocar los hechos con prismas determinados, que nos permiten, en ciertas ocasiones, mirar críticamente y con un matiz analítico la trama de la cual formamos parte. 

Y en este punto es que el hecho de haber transitado durante siete años por institutos médicos especializados en medicina reproductiva y haberme “sometido” –porque pensar en que sólo sometemos nuestro cuerpo sería una afirmación retórica– me llevó a plantearme innumerables veces y en diferentes instancias hasta dónde o cuál era el límite posible o el que yo podía permitir para dejar intervenir mi cuerpo en función de ese deseo. ¿Cuántas intervenciones médicas soporta una estructura psíquica, en las que cada tratamiento es una nueva esperanza que se abre, pero a la vez una posibilidad totalmente incierta? ¿Cuántas frustraciones podemos sostener en pos de este anhelado proyecto? ¿Cómo es que el ámbito de la maternidad/paternidad, que forma parte de un universo “privado”, se desplaza a un territorio más expuesto como es el de la salud y cuánto podemos llegar a vulnerar nuestros cuerpos con la intervención tecnológica en pos de cumplir con nuestros deseos, que muchas veces quedan diluidos en mandatos sociales? 

Sin embargo, estas preguntas que me formulé incansablemente están atravesadas y se acoplan directamente con unos de los puntos o aspectos más controvertidos, discutidos, hablados, discurseados de la Ley de Aborto, que hoy estaremos expectantes de su aprobación, luego de su histórica media sanción en la Cámara de Diputados. Porque a esta altura de los hechos y la discusión ya sabemos que en cierta medida hemos perdido la discusión de aborto sí o aborto no; quienes bregan por las dos vidas lograron mellar que eso era algo que aún había que discutir. Todos sabemos que por lo que hoy estamos peleando es por lograr que el Estado regule la práctica del aborto, de modo legal, seguro y gratuito, y que esta práctica deje de ser penalizada como si se tratara de mujeres que asesinan. 

Sabemos muy bien que se trata de que el Estado debe intervenir para regular nuestro derecho a decidir cuándo ser madres, de qué modo, y en las circunstancias que una mujer lo desee. Sabemos que las decisiones sobre nuestro cuerpo son autónomas y no por ello debemos ser penadas por la ley. El Estado tiene que intervenir para poder garantizar ese derecho. 

Del mismo modo en que yo pude decidir cómo y cuándo poner un límite a la intervención tecnológica sobre mi cuerpo a los fines de poder acceder al proyecto de maternar, e incluso en el camino el Estado, a través de la Ley de Fertilización Asistida, pudo comenzar a instalar el tema y que estos procedimientos no quedaran a reducidos a los centros privados, con acceso sólo a quienes tienen condiciones materiales y simbólicas para hacerlo, tal cual ocurre hoy con los abortos clandestinos, y no por esa razón las mujeres fueron obligadas a realizar esos tratamientos. Del mismo modo en que yo tuve autonomía para decidir cuándo y hasta cuánto llegaba mi deseo, de igual modo espero que a quienes hoy les toca tomar la decisión puedan entender que las decisiones son nuestras, tal como lo son los cuerpos, y que nadie puede obligarnos a hacer nada que no queramos para nosotras. Sólo se trata de que el Estado esté ahí para protegernos y hacer de esta decisión un asunto de Salud Pública, y por lo tanto, regulado y con condiciones igualitarias de acceso para todas aquellas personas que así lo deseen.

A dos años del nacimiento de Milo y Moro, ese es mi deseo. QUE SEA LEY.