Por Ramiro García Morete

Parece cosa de niños. En plenas vacaciones de invierno, el Pasaje Dardo Rocha está atestado de niños. La ciudad también… ¡el mundo! Pero particularmente aquí se desarrolla la 28º Feria del Libro Infantil y Juvenil y el casco central es un infierno encantador. En la sala del Mumart, en uno de los extremos, cuelgan de las blancas paredes preciosas obras de distintos autores y técnicas: color digital, color directo, lápiz, tinta, plastilinas, témpera, serigrafía. Se trata de la Muestra de Ilustración de la Asociación de Dibujantes de Argentina sede La Plata, que engloba el trabajo de veintitrés dibujantes platenses. Ello no sólo sirve para exponer la obra, sino también para visibilizar el trabajo y la unión de un oficio que a veces, desde la soberbia o la especulación, parece cosa de niños.

“¿Se venderían esos libros expuestos a unos metros sin ilustraciones?”, se preguntará Ricardo Blotta, representante ADA sede La Plata y uno de los casi doscientos ilustradores profesionales de una ciudad que curiosamente no tiene una carrera de Ilustración.

“ADA a nivel nacional es una asociación que tiene casi cincuenta años”, introduce Blotta. “Y desde hace unos siete años a esta parte que se fue reinventando, apuntada fundamentalmente a lo que es el reconocimiento de los derechos de autor, por un pago justo de trabajo, que es una deuda importante dentro del mercado editorial”.

Y se explaya: “Por ejemplo, ancestralmente Editorial Columba no te devolvía los originales ni te pagaba derechos de autor. De ahí a esta parte costó mucho trabajo implementar el tema, porque es una costumbre del mercado. Te pagaban el trabajo, los libros se reeditaban y vos no veías un peso. La ley dice expresamente que los derechos son tuyos. Lo que cedés en mayor o menor medida, con o sin restricciones, son los derechos de la reproducción y negociar esa obra que vos haces”. Y añade: “Aunque sea una cosa obvia, es difícil, porque el mercado se mueve así. Como ellos van a riesgo, pretenden lo mismo”.

Como suele ocurrir con las disciplinas artísticas en general, donde la consideración ya no sólo del mercado sino general es un tanto despectiva, la ilustración carga con aquello de “total vos lo hacés en un ratito. Está tan arraigado que a uno mismo le cuesta reconocer el propio valor de su trabajo. Porque para hacerlo en un ratito estuviste veinte años dibujando. Eso también hay que pagarlo. Es como si un médico estuvo siete o quince años estudiando, no vas a pagarle poco porque resolvió un diagnóstico en un día”.

ADA apunta a ilustradores “profesionales, no en el sentido de que hayan estudiado (no hay titulo de ilustrador ni historietista), sino que tengan un trabajo y una formación profesional, que publiquen. Dibujantes, historietistas, ilustradores infantiles, de adultos, científicos, de publicidad. Hay muchas ramas”.

La muestra, que se extiende hasta el 30 de julio, cuenta con obras de Laura Cecilia Acosta, Mariano Acuña, Mariana Ardanaz, Diego Barletta, Laura Blanco, Ricardo Blotta, Florencia Cassano, Penélope Marien Chauvié, Maite Doeswijk, Vanesa Elisabeth Gaido, Diego García Leiva, María Ayelén García, Lidia Susana Kalibatas, María Paula Monteagudo, Mateo Quintero, Miguel Rivero, Nadia Romero Marchesini, Chantal Paula Rosengurt, Angel Saab, María Inés Solari, Anahí Tiscornia, Victoria Magalí Vanni y María Zambiachi.

Además de armar un tarifario que sirva de parámetro para ellos mismo pero también para las editoriales, la ADA hizo mucha fuerza para que fuera ley el Instituto Nacional de Artes Gráficas durante el gobierno pasado. Pero, a pesar de estar reglamentado, nunca se implementó para poder efectivizar con fondos: “Lo más importante es que empezamos a ser visibles y que nosotros mismos cobráramos más conciencia de toda esta historia. Porque al estar cada uno en su tablero y en su contrato y contacto, perdés noción del entorno”.

Ese entorno mantiene a La Plata como una ciudad siempre prolífica y ha cambiado respecto a las redes sociales, y Blotta recuerda cuando iba con la carpeta a la editorial La Urraca. “Ahora hay ilustradores que se difunden por las redes e inclusive ya generan su púbico. Ya no es el máximo anhelo para muchos publicar en un libro.”

Blotta refuerza la necesidad de unidad y recuerda: “Cuando tenía quince años empecé a pintar vidrieras como letrista. Luego ingresé a la Facultad de Bellas Artes e iniciamos una revista de historietas y de humor llamada La Gastada. Posiblemente la primera revistas de historietas a nivel universitario. De ahí en más, en los noventa dije que voy por acá. Esto es lo mío”. No era cosa de niños.