Por Juliana Novello

El rol de las mujeres en los medios de comunicación supo ser un espacio incómodo. Dentro de la esfera de lo público, y con el fortalecimiento del capitalismo y el patriarcado como un solo sistema político, social y económico, el lugar de las mujeres en los medios se volvió cada vez más hostil. 

La voz que se encuentra legitimada, e incluso habilitada en los grandes medios, corresponde a la construcción de hombres cis, blancos, letrados, que conllevan una matriz cada vez más arraigada, pero que sin duda es puesta en tensión con el crecimiento del movimiento feminista en nuestro país. 

El machismo no sólo se expresa de modo físico, verbal o económico, entre otras vertientes, sino que la violencia simbólica sobre las mujeres e identidades disidentes ha logrado consolidarse como un modo de expresión del patriarcado que se habilita cotidiana y sigilosamente, sobre todo en los medios de comunicación. 

Natalia Mellman, secuestrada, torturada y violada hace diecisiete años en la ciudad de Miramar. Nahir Galarza, condenada por el crimen de Fernando Pastorizzo, su exnovio. Ambas recibieron del Poder Judicial una porción de condena del machismo, la condena social que viven las mujeres e identidades disidentes que deben afrontar un juicio. Además de una cobertura mediática que fomenta y juzga la sexualidad, la moral y la vida de las mujeres por sobre cualquier otra circunstancia. 

Durante diecisiete años la familia de Natalia debió afrontar diferentes luchas para lograr la condena de los responsables del femicidio. Aquellos que la subieron a un patrullero y la llevaron al barrio de Copacabana en Miramar. Los mismos que dejaron su ADN grabado en el cuerpo, que sin embargo para la Justicia no fue prueba que bastara para otorgarles los años suficientes por el crimen cometido. 

No se repitió la misma historia con Nahir, cuyo caso le costó a la Justicia sólo siete meses de investigar y deliberar. Para los medios hegemónicos y concentrados de comunicación, la espectacularización de la vida y el cuerpo de Nahir fue condena suficiente. Desde el último 28 de noviembre supimos más detalles recónditos de su vida privada que de la causa por la que fue juzgada. Estuvimos al tanto de sus comidas, su vestimenta, el espacio físico en el que se encontraba y el modo de relacionarse con sus compañeras. 

“Angelical para algunos, diabólica para otros, atractiva para la mayoría”, tituló Clarín, ahondando en la vida privada y sexual previa a la muerte de su expareja y exponiéndola. 

¿Qué sabemos de la vida privada de los femicidas de Natalia Mellman? ¿Y del femicida de Anahí? ¿De los responsables de la muerte de Lucía? ¿O de Melina? La respuesta es: nada. En los mejores casos, sus nombres, sus prácticas un día y la relación con la víctima. Ahora se hicieron segmentos especiales en la hora pico de las cadenas y sobre la vida de Natalia, Anahí, Lucía y Melina sabemos absolutamente todo.  

La agenda mediática no es sin sentido político. No es sin causa ni sin efecto. No pudimos ver en los grandes medios la represión ejercida a los familiares, amigos y organizaciones feministas que acompañaron a la familia de Natalia, que ante la absolución de uno de los responsables fueron atacados con balas de goma por la policía. 

Si algo sabemos desde el movimiento feminista es abrazar, crear y pelear por luchas que creemos justas. Aquellas que nacen de nuestros cuerpos, como un calor que nos invade y que no podemos ignorar. Desde el voto a las mujeres, hasta la última llegada al Congreso del proyecto de ley por el aborto legal, seguro y gratuito, sabemos que, si queremos, podemos. 

El Estado avanza ante la agenda feminista. Y las mujeres nos endurecemos, nos enternecemos, nos abrazamos y nos potenciamos. No es sólo la capacidad de hacer bandera la sororidad, sino fundamentalmente de hacerla carne y lucha. No tenemos un fin sin sentido. Sentimos la desigualdad en nuestros cuerpos y la transformamos en energía para no cansarnos ante las injusticias. 

Así es como en las instituciones de poder de nuestro país expusimos las violencias. Del mismo modo que tuvieron que sacar de circulación el manual de la AFA, transformar las publicidades y tener secciones especiales de la discusión del aborto en los noticieros. De la misma forma que en las novelas en la hora pico aparecen las actrices con el pañuelo histórico de la lucha feminista por el aborto legal, seguro y gratuito y hablan con lenguaje inclusivo, pariremos una nueva lucha. La de imponer y transformar las agendas periodísticas.

No todas las mujeres deseamos, queremos, podemos parir. Sin embargo, de lo que estamos convencidxs desde el movimiento feminista es de sacar de nuestras indignaciones nuevas luchas. Ante el enojo, contraer y expulsar un combate: una agenda mediática profundamente feminista.