Poco parece importarle al presidente electo de Colombia, Iván Duque, los ocho millones de votos que obtuvo su rival, el candidato de izquierda Gustavo Petro. Tampoco da muestras de querer sostener el proceso que llevó a la firma del Acuerdo de Paz entre el gobierno de Juan Manuel Santos y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia – Ejército del Pueblo (FARC-EP).

No parece importarle la enorme cantidad de líderes sociales asesinados en el último año, ni mucho menos la proclama firmada por todos los países que integran la CELAC, en la que se declaró a América Latina y el Caribe como zona de paz. Duque, como buen representante de la derecha colombiana, se encuentra totalmente alineado con los intereses de Estados Unidos en la región.

Repitiendo el discurso redactado en las oficinas de Washington, caracterizó al gobierno de la República Bolivariana de Venezuela como una dictadura y anunció que mientras siga como presidente Nicolás Maduro Colombia no tendrá embajador en ese país.

En otro claro gesto de alineamiento con la política de desintegración que impulsa el Departamento de Estado de Estados Unidos y que reproducen sus alfiles y peones regionales, Duque anunció que su país se retirará definitivamente de la Unión de Naciones Suramericanas (UNASUR).

Duque es un fiel heredero del derechista Álvaro Uribe Vélez. El expresidente ha sido señalado en más de una oportunidad por sus vínculos con el paramilitarismo, el narcotráfico y el crimen organizado. La propia DEA norteamericana lo nombraba como un hombre estrechamente relacionado con los grupos narcotraficantes y la Justicia colombiana lo investiga por, supuestamente, haber brindado apoyo logístico en al menos dos masacres llevadas adelante por los paramilitares.

Tanto Duque como Uribe Vélez atacaron fuertemente los Acuerdos de Paz firmados por el gobierno de Juan Manuel Santos y la guerrilla de la FARC-EP, como también mostraron su rechazo a los diálogos de paz entre el gobierno y el Ejército de Liberación Nacional (ELN).

En ese contexto, no extraña la poca preocupación que el presidente electo ha mostrado por el asesinato de líderes sociales en su país. Cifras que aterrarían en cualquier otra nación y que cuestionarían si lo que allí se vive es un sistema democrático parecen resultarle insignificantes. Cada tres días asesinan a un líder social. Luego de que Duque fue electo, asesinaron a más de veinte dirigentes. En lo que va del año, la cifra supera los 130, y, si se toma como parámetro el tiempo trascurrido desde la firma de los Acuerdos de Paz hasta la fecha, el número supera largamente los trescientos. Todos los dirigentes sociales y de derechos humanos cayeron bajo las balas de paramilitares y sicarios.

Sin dudas, el aspecto que Duque ve como mayor alegría de la herencia recibida de Juan Manuel Santos es la incorporación de Colombia como socio de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN).

Poco parece importarle la proclama de la Comunidad de Estados Latinoamericanos en Caribeños (CELAC), firmada por todos los países miembros (entre ellos, Colombia), en la que se declara a toda la región como zona de paz.

En esa línea, no llama la atención la reunión que recientemente tuvo con el jefe del Comando Sur norteamericano, el almirante Kurt Tidd, en la que hablaron de sus preocupaciones en la región.

Colombia se ensombrece y oscurece a toda América Latina. Sólo los pueblos podrán poner límites a las ambiciones belicistas del imperio y de sus esbirros regionales, ya sea peón, alfil o Duque.