Por Ramiro García Morete

Juan es Limbo Junior. No porque se trate de un proyecto solista, ni mucho menos porque Pepo, Juanba y Axel queden relegados a un segundo plano. Todo lo contrario. Juan es Limbo Junior porque en cierto modo se vuelve todo aquello que hace o ve. Mesurado pero no falto de emoción, Juan sabe ser como un sensible observador que registra todo lo que ocurre en su interior y alrededor.

“En el apagón general miré a otros como yo, desnudos” cantará. Juan puede mirar desde afuera pero nunca desde lejos. Cuando escribe o canta o filma, Juan es el otro. Ya sea el viejo que cuenta su historia en el asiento trasero, el chico que vivía al otro lado de la calle, el que camina en dirección contraria, otro tipo de la fila en Plaza Miserere o el surfista que sólo quiere hacer canciones de rock. Esas canciones que componen entre los cuatro o cinco –si contamos al inefable Ramiro, guía espiritual– socios de un club secreto que conjuga y construye desde el garaje un universo propio e inquieto.

Épica juvenil, literatura norteamericana, cinefilia, fuerza garagera, intertextos, guitarras y baterías lúdicas, ciudades abandonadas, casas de tatuajes y un sinfín de alegorías. En Limbo Junior todo eso –que en este torpe texto puede abrumar– suena con la fluidez de quienes ensayan desde hace cinco años al menos dos veces por semana, y graban un disco por año, y viajan y siempre están tramando un nuevo plan.

El primer plan, sin embargo, no salió como se esperaba. Sino mucho mejor. Juan Artero (cantante y guitarrista) proyectaba un nuevo disco solista a cargo de los hermanos Salvador (bajo) y Juan Bautista Barcellandi (guitarra) en un pequeño departamento en la calle 43. “Yo ponía solo algunas melodías, letras y acordes”, cuenta Artero. “El resto lo hacían Juan y Pepo. Ese disco nunca vio la luz pero fue como el germen. De algún modo, cuando se sumó Axel (batería) se transformó en Limbo Junior.”

Los textos breves casi en prosa y las melodías preciosas de Artero “se transformaron mucho. Para mí, de una forma positiva. No pienso como un proyecto individual. Más allá de que seamos horizontales y democráticos, todos colaboramos de alguna manera en la composición. Sobre todo se nota en lo último que grabamos y en lo que grabamos ahora. La posibilidad de intervenir las canciones son cosas que se componen en la sala. Bastante trabajo de sala y ahí se va cocinando todo”.

Reconocidos por bandas referenciales como El Mató o Ases Falsos de Chile, Limbo Junior parece hacer un camino al margen del vértigo de las redes y la aceptación especializada. “Estamos por cumplir cinco años. Y en este tiempo nunca dejamos de ensayar por lo menos dos veces por semana. Sacamos un disco por año, hacemos videoclips, tocamos… Quizá no tan seguido como nos escriben en las redes sociales, pero tocamos. Estamos en movimiento.”

Y agrega: “Hay gente que se lo toma como una competencia, como un campeonato o como una cuestión de superación. Yo creo que es una búsqueda. Pensamos que disco a disco tratamos de encontrar sonidos diferentes, contar cosas distintas, vamos creciendo y queremos que se refleje en los discos. Y de apoco vamos encontrando gente a la que le gustan las canciones, gente que nos escribe. Tuvimos la posibilidad de ir a Chile y tuvimos re buena experiencia y recepción. Un montón de gente cantaba los temas y en La Plata está pasando. Te motiva. Vas a tocar y hay gente que está cantando tus temas. Y está re bueno”.

Con tres discos que van de un primer registro vivo y crudo Limbo Junior (2013) y el aceitado repertorio de Club Secreto (2014) hasta el elaborado y más experimental El Hijo Pródigo (2017), Limbo Junior tiene nuevos planes. “Hay un nombre pero no lo queremos decir”, responde Artero respecto al próximo disco. “Lo estamos guardando. Hicimos un plan que está saliendo bien en el que ya grabamos bajos y baterías. Y el viernes que viene salimos de viaje a Tandil a terminarlo.” En ese período quizá emerjan historias, como aquella camino a Rosario que Pepo contó sobre un barco y Juan hizo canción. O haya una discusión de contenidos sobre El ángel informativo, el periódico que la banda reparte en cada concierto que junto a las producciones audiovisuales alimenta el intento imaginario de la banda. “La idea de Limbo un poco excede a la música. Se fue construyendo por nuestros intereses de decir cosas, nuestros gustos, lo que sentíamos en ese momento y lo que sentimos ahora.”

Abocado cada vez más al lenguaje audiovisual, Artero no le ve “mucha diferencia a todas las cosas que hago. En Limbo es más un proyecto colectivo. Pero en todos los otros lugares que participo también lo es. Yo tengo intereses y muchas veces ganas de decir algo o intención de alguna forma de intervenir. Y lo hago de distintas maneras. Unas de esas es la música. Que creo que es la más divertida. Le dedico un montón de tiempo, energía y ganas”. Y remata, con su tono suave y claro: “Me gusta mucho más tocar que las otras cosas que hago”.

Limbo Junior se presenta este miércoles a las 22 hs en el ciclo La Sangre en el Ojo, junto a Los Acoples y Antonia Navaro en Pachanga (54 e/ 7 y 8).