“Soy una víctima más entre todas las mujeres que confiamos en los hombres y que lamentablemente sufrimos violencia y pedimos ayuda y no pasa nada hasta que no terminamos muertas o nos meten en una cárcel”, dice Marcela Mendoza a Contexto desde la Unidad 33 de Los Hornos, donde cumple prisión perpetua por defenderse de su agresor.

En abril pasado, en un fallo escandaloso, los jueces Ernesto Domenech, Andrés Vitali y Santiago Paolini, con investigación de la fiscal Silvina Domenech, omitieron la violencia machista que sufría y que había denunciado, y la condenaron a perpetua por el “homicidio agravado por el vínculo a raíz” de la muerte de Eduardo Gómez, su expareja, fallecido en agosto de 2015.

Esta semana, Casación aprobó el recurso presentado por la familia de Marcela y será la Sala N° 1 de Casación Penal la que tome el caso. Esperan que está vez haya un juicio con perspectiva de género, que se tomen en cuenta los antecedentes y la violencia que ejercía Gómez sobre Marcela.

Los hechos sucedieron el 9 de agosto de 2015, cuando Mendoza salió de su casa para encontrarse con Eduardo Gómez, su expareja, quien la llamó para hablar en el pueblo de Bartolomé Bavio, partido de Magdalena, donde vivían ambos. Él tenía dos exposiciones por violencia de género y una perimetral, pero ella accedió a verlo ante el temor de que su agresor fuera a su casa, donde estaban sus dos hijos. Minutos después, Marcela se subiría a un viaje de ida, en un Volkswagen Gol blanco para hablar con Gómez, quien comenzó a increparla, mientras manejaba camino a Magdalena.

“Seguía insultándome, preguntándome con quién andaba, que era una puta de mierda, que lo hacía quedar como un pelotudo. Yo le decía que me la pasaba amasando en mi casa para poder darles de comer a mis hijos y que no salía a ningún lado. Él me decía que era una mentirosa, golpeaba el volante con las manos, siempre gritando, furioso, acelerando el auto, yo con miedo a que choquemos porque la ruta estaba mojada”, contó Marcela en su declaración ante la Justicia.

“Estaba muy enojado, como fuera de sí. El rostro, la mirada, como agresivo… Me dijo que volviéramos a intentarlo, que habíamos planeado muchas cosas juntos. Que muchas de las agresiones de él eran culpa mía, y yo le dije que no. Me dio un sopapo, me agarró de los pelos, me dijo ‘hija de puta, todo esto va a terminar mal, te voy a matar’. Clavó los frenos y ahí vi que agarró algo del costado izquierdo y que me lo iba a arrojar”, agrega, y cuenta que nunca vio qué era pero atinó a cubrirse el rostro con sus manos.

“Automáticamente empiezo a sentir fuego, y ahí estiro la mano, abro la puerta y me arrojo del auto”, y relató que una vez fuera pudo mojarse en un charco, mientras Gómez con fuego en su cuerpo seguía en el vehículo gritándole: “Sos una puta, me la vas a pagar igual”. Ella, en tanto, lo llamaba para que también se metiera al agua.

Dionisio Cennes Mezza transitaba por esa ruta en su moto cuando vio la escena: un auto blanco humeante, una mujer saliendo por el asiento del acompañante y atrás un hombre. El vecino frenó su vehículo y se acercó. Ahí Gómez le dijo “Esta puta me quiere prender fuego”, mientras la mujer le pedía ayuda, señalando que ese hombre la quería matar. Minutos más tarde, Eduardo Gómez fue trasladado al Hospital San Martín de La Plata, donde falleció tres días después producto de las quemaduras, y ella terminó detenida. Hoy cumple una sentencia en la que la Justicia no tuvo en cuenta la historia de violencia por la que atravesó Marcela.

A Eduardo lo conoció en Recordando, un boliche de La Plata, y mantuvieron durante cuatro años y medio una relación a distancia, sin problema alguno, hasta que ella accedió a mudarse con él a Bavio, su pueblo natal. “Una vez que me fui a vivir con él, empezó a demostrar realmente lo que era: a hostigarme, insultarme, denigrarme, molestar a mis hijos, irse”, relata Mendoza desde Los Hornos.

“La situación fue cada vez más conflictiva, hasta que yo le dije que no podía seguir más así: mis nenes estaban viendo todo eso y yo me estaba enfermando. Era todo el tiempo estar llorando en la pieza para que los nenes no vieran esa situación”, dice Mendoza. En ese contexto, con dos hijos a cargo y sin trabajo, le pidió a Eduardo que la dejase quedarse en la casa hasta poder alquilar algo propio. Gómez accedió, pero nunca se fue del todo y comenzó a ponerse peor. Escondiendo el auto para que vecinos y familiares no lo vieran, ingresaba de madrugada y se la agarraba con ella. “Se ponía a llorar. Tenía que tener sexo con él. Si no, era una puta que andaba con otro. Me revisaba el Facebook y controlaba todos los movimientos”, cuenta Marcela.

Apurada por salir de esa situación, comenzó a trabajar de lo que podía: amasando pastas para un negocio, cuidando ancianos, de limpieza en un banco. Eduardo, en tanto, viendo cómo ella buscaba salir adelante sin él, comenzó a amenazarla. “Me dijo que me iba a sacar a patadas en el orto con mis hijos, a tirarme en la calle, me empezó a romper todo y yo fui y puse una exposición”, recuerda ella. Con la exposición no fue suficiente, así que después le colocó una perimetral. “Nunca la cumplió. Se manejaba porque el que pagaba el alquiler era él”, explicó.

En una ocasión, Gómez le dijo que si le levantaba la perimetral la dejaba estar tres meses más en la casa hasta conseguir otro domicilio. Fueron al Juzgado de Paz y por medio de una mediación que se hizo con una jueza presente se levantó la perimetral. Él se excusaba en que en el trabajo estaban despidiendo mucha gente y que con ese precedente corría más riesgo. La perimetral se levantó pero él la siguió acosando.

En un pueblo de poco más de tres mil habitantes, Marcela tuvo problemas para conseguir un hogar para ella y su hijos, y una vez que logró mudarse la única casa que encontró disponible estaba ubicada frente a la de su excuñada. Gómez hizo de la casa de su hermana casi una trinchera. Cuando no la acosaba por teléfono, estaba allí mirando cada movimiento, quién entraba, quién salía, a qué hora se iba, a qué hora volvía. A raíz de esas observaciones, cayó en una conclusión poco acertada: Marcela andaba con todo el pueblo. Y el domingo 9 de agosto de 2015, cuando en Argentina se celebraban las elecciones primarias (PASO), le quiso hacer saber que él sabía eso y la contactó para hablar. Marcela, por miedo a que ingresase a su domicilio donde estaban sus hijos, aceptó que la pasara a buscar. El resto ya es historia.

“La persona golpeadora para afuera siempre es el mejor. Adentro de la casa es otra cosa: lo viví con mi padrastro y también con el padre de mis hijas”

Marcela afirma que Eduardo le arruinó la vida para siempre, que si sabía realmente cómo era no iba a Bavio con él, que estaba enamorada, pero nunca se imaginó que era así. “La persona golpeadora para afuera siempre es el mejor. Adentro de la casa es otra cosa: lo viví con mi padrastro y también con el padre de mis hijas. Lamentablemente las mujeres que somos siempre maltratadas es siempre de la puerta para adentro, y para afuera, para el resto, son los mejores hombres”, reflexiona Mendoza.

Las denuncias y las palabras de Marcela no fueron tenidas en cuenta por la Justicia, que no dudó en condenarla ni se encargó de asistirla, dejándola los primeros días en una comisaría cercana al pueblo de Gómez, casualmente custodiada, entre otras personas, por un primo de él, que la dejó sin colchón, sin agua y sin comida cuanto pudo. Tampoco recibió mucho apoyo desde Bavio, ese infierno grande que se había armado entre rumores y versiones que afirmaban que ella estaba loca y obsesionada con Eduardo, nacido y criado allí.

Además de omitir las denuncias por violencia de género, la Justicia utilizó flojos argumentos para acusarla: “¿Cómo explicar que la imputada fuese ajena a toda maniobra si presentó lesiones de quemadura en sus manos?”, se preguntan los jueces en el fallo, que no tuvieron en cuenta que las lesiones fueron en la parte dorsal, lo que coincide con la versión de Marcela, quien afirma haberse cubierto el rostro para protegerse.

En el fallo, basado en su mayoría en testimonios de allegados a Gómez (su mamá, su hermana, amigos y conocidos de él), los jueces precisan otras preguntas que dejan muy claro la falta de perspectiva de género con la que se manejaron, entre ellas: “¿Por qué reunirse con el imputado si tenía una orden de restricción solicitada por ella?”, “¿Cómo explicar que le temiese a la violencia del acusado, según dijo el testigo Dionisio Cennes Mezza, cuando estaba prendido fuego en el interior del vehículo?”.

Marcela, que además estudia abogacía, detectó además otras irregularidades. “El pueblo se ocupó de él y de que vayan a atestiguar lo que querían. Si vos ves las exposiciones que hicieron por su cuenta, fueron con media hora una atrás de otra. Las únicas que perciben el olor a nafta fueron la tía y la hermana, porque la ropa se la dieron a ellas. La pudieron haber rociado con lo que querían: no la agarró un perito, no la agarró un policía. ¿Por qué los policías no fueron a nuestro domicilio a ver si encontraban algo? No se hizo nada, una pericia de nada. Porque a mí no me hicieron una pericia de nada, no me hicieron asistencia de nada, sólo se abocaron a él y en buscar testigos falsos a decir mentiras”.

En base a estas declaraciones y sin tener en cuenta que el único testigo del caso declaró que ella también le pidió ayuda, Marcela fue condenada a perpetua en abril, pero ya lleva casi tres años en prisión. Hoy cumple su pena entre trabajo y estudio en la Unidad 33 de Los Hornos, donde no recibe una dieta adecuada para su celiaquía y tampoco medicación. Tiene promedio 10 en conducta, pero sabe que en la cárcel el clima muchas veces se torna hostil.

“Hoy estás bien y mañana viene una que te quiere lastimar y te lastima, es así. Medicación no hay, la requisa le permite a algunos alguna cosa y a otros no, tanto comida como vestimenta. Y tenés que sobrevivir día a día. Cuando llegan las ocho de la noche decís: un día más. Porque estás encerrada con candado y sabés que nadie te va a venir a hacer nada”, explica Marcela desde uno de los teléfonos de la cárcel.

Marcela extraña mucho a los suyos. Cuenta que siempre trabajó, que a sus hijos nunca les falto nada, que siempre se cargó su familia al hombro. Hoy son sus hijas quienes luchan por ella y llevan su caso a cada marcha del movimiento de mujeres. “Estoy sacando fuerzas porque sé que mis hijas están haciendo todo lo posible por ayudarme y que tiene que salir la verdad a flote”, dice Marcela, quien pide que haya justicia. “Yo fui víctima de una persona. No pueden fallar de la forma que fallaron porque no existen pruebas, porque soy inocente. Fui atacada por una persona y pedí ayuda: fui al destacamento a decir que esta persona me estaba amenazando, que esta persona constantemente venía agredirme, y nadie hizo nada”, denuncia.

Para Marcela, “hay una mano negra” con dinero de por medio que hizo que los jueces cambien de parecer, ya que en las audiencias (a pesar de las preguntas machistas) incluso se reían de las incongruencias de los testimonios y eran favorables a la versión de la mujer. Pero en la sentencia esa postura cambió. “La última semana se cambió todo.” En Bavio, un audio viral denunciaba al intendente de haber girado dinero a uno de los jueces. “Si hubo un arreglo de plata, no sé de donde salió. Ellos se conocen entre todos y todos se tapan todas las cosas”, consideró Marcela.

“A los jueces les diría que realmente no hicieron justicia. No tiene coherencia lo que hicieron, porque no se basaron ni siquiera en los testimonios que escucharon. El fallo es de un machismo total. No tomaron valoración a nada, ellos mismos se fueron los tres días riéndose de las barbaridades que escuchaban” sostuvo Mendoza. Para ella, “hubo una forma machista de ver a una mujer e inculpar. No tienen ninguna prueba contundente que demuestre que yo fui a atacar a alguien, hasta la autopsia de él dice que no tiene ni rasgos de violencia ni de defensa”.

Aparte de los jueces, Marcela cuenta que la fiscal Domenech también actuó con un sesgo patriarcal. “Lo único que me preguntaba era si alguien había visto un moretón, si alguna vez alguno de todos ellos me había visto un moretón. No pasa por un moretón; pasa por todo lo que te dicen. La violencia es psicológica, material, económica. Y en eso estás con tus dos criaturas. Y si tengo un moretón en el cuerpo no voy a andar desnuda mostrándoselo a todo el mundo”, sostuvo.

“Soy inocente. Yo no fui a hacerle nada a nadie. Yo soy una víctima más entre todas las mujeres que confiamos en los hombres y que lamentablemente sufrimos violencia y pedimos ayuda y no pasa nada hasta que no terminamos muertas o nos meten en una cárcel”, insiste Marcela mientra espera que esta vez la justicia sea tal.