Por Ramiro García Morete

“Esto me hace pensar mejor/ que aunque no estemos juntos/ lo seguiremos cantando.” Desde hace un año, Tomás ensaya frente a un espejo. Casi como el niño que escuchaba los vinilos de Cat Stevens con su madre o los CD de Nirvana con su hermano, Tomás juega. Y como corresponde a un niño y a un adulto, juega en serio. Con los ritmos y adhesivas melodías y serpenteos vocales, esas canciones habitan tan cerca de Mateo como de Animal Collective, entre guitarras brasileñas y beats rioplatenses.

Ensaya frente al espejo porque desde hace un tiempo Tototomás dejó de ser un proyecto colectivo y ahora en escena sólo lo acompañan synthes, samplers y por supuesto su guitarra. Tototomás, tototomenos, es lo que quiere. Tocar la guitarra todo el día y que la gente se enamore de su lúdica voz. Aunque trabaje de preceptor en un secundario y haya tenido que terminar Sociología para recién reconocerse como músico. Algo que sólo habrá dudado frente a su espejo, pero no a la hora de girar dos veces por México y una por España o haber compartido escenario con Juana Molina o Miss Bolivia, entre otros. Con dos LP (Jau jau y Bochorno) y dos simples, Tomás Casado es Tototomás, uno de los cantautores más personales y reconocidos del under.

“Hay como una tensión, pero es prácticamente lo mismo”, dice el cantante respecto de Tomás y Tototomás. “En el presente estoy tocando generalmente solo, en un plan más electrónico. Con una samplera, con synthes, con guitarra. Siempre las voces y coros con una pedalera con armonizadores. Tocando mucho acá en La Plata, en C.A.B.A. Ahora me voy a Chile. Y un poco corté con la lógica colectiva.” ¿Razones? El dinero no es todo, pero cómo ayuda: “Responde a que no es un proyecto que fuera sustentable. El año pasado nos fuimos a México y fuimos un mes. Ocho, nueve fechas, y luego grabamos. Pero cada uno tenía su trabajo y sus proyectos. Es desgastante remar todo el tiempo”. Pero eso no es todo, amigos: “Por otra parte me di cuenta de que es una situación que estaba evitando, y bancármela en un escenario más grande fue también una excusa para armarme yo, para empoderarme de alguna manera”.

Atento a la tradición pero también a la música contemporánea como el trap, Casado reflexiona: “Disparar pistas está más legitimado porque muchos lo han hecho, y yo estoy un poco en ese camino. Pero, aunque está la pista, tenés que estar vos con tu voz, bancándotela en vivo, con tu show, diciendo algo con un sentido. Y de alguna manera actuando, de lo que sos vos o de lo que será”.

Un rasgo de los shows de la formación colectiva era cierto aire festivo. “Es uno de los desafíos. Creo que en la música que hago y en las rítmicas ya hay algo.” Como bien dice, todo parte de allí: “Amo las melodías. Construyo desde ahí. Es una de las cosas que más me motiva a la hora de hacer música. Bases rítmicas, mucha guitarra brasilera. La mayoría de las canciones que hago son juegos, sin letra. Y viene de eso: de jugar con la voz y la guitarra. De improvisar con la voz y equivocarme. Yo no había tomado clases de canto hasta hace unos años. Era jugar y cantar. Viene de ahí, de la música que escucho. Tampoco tengo una educación formal de música, si bien fui unos años al conservatorio. Pero lo de la voz y jugar con la guitarra viene por otro lado… Es como una escapatoria de todo eso”.

Gran parte de esa libertad la mamó en “la escena del hardcore y del punk que había cuando tenía trece años, antes de que se hablara del indie”. Pero aclara que siempre compuso desde la criolla y que la eléctrica se la compró recién a los diecisiete. Lo mismo respecto del discurso político en las canciones, algo usual de esos géneros: “Yo tengo formaciones diversas. Estudié sociología. Pero lo más fuerte es la música. Tengo distintas aristas que a la hora de hacer canciones me interpelan. Y tengo una necesidad de decir cosas. Pero no me sale un discurso directo. Trato de decir algo que sea más universal y que no sea literal”.