Por Federico Varela

Una de las condiciones que puso el Fondo Monetario Internacional (FMI) para otorgar un crédito Stand By a la Argentina es que el Banco Central de la república deje de intervenir para controlar el precio del dólar. Lo que se denomina flotación libre no es otra cosa que la ley de la selva cambiaria, en la que obviamente inclinan la balanza aquellos que tienen mayor poderío.

¿Quiénes son los que generan mayor cantidad de divisas extranjeras en el país? Los agroexportadores. ¿A quiénes se les prometió una baja progresiva de retenciones (impuestos) a la comercialización de su producción en los próximos meses? A los agroexportadores. ¿Quiénes pueden ahora especular para liquidar sus cosechas en este contexto de volatilidad financiera y un Banco Central maniatado? La respuesta es bastante obvia.

Ahora, si nos centramos en las cifras del crédito otorgado, es cierto que 50 mil millones de dólares deberían calmar las aguas y otorgar cierta estabilidad a una economía que, como siempre, cuando se distorsiona golpea a los más débiles, que son los desocupados, los trabajadores informales y los jubilados. Pero hay un dato que nunca se ve reflejado en los medios y que parece un tabú en los debates económicos que marcan la agenda: el déficit comercial.

“Es inviable un Estado que gasta más de lo que recauda”, es una frase que se repite cotidianamente machacando el sentido común. Pero, ¿qué es el gasto? Son los salarios, las jubilaciones y pensiones, la salud, la educación, la obra pública, la tan aclamada (cacerola en mano) seguridad, entre otras cosas. Sería muy simple efectuar la pregunta: si el Estado gasta más de lo que recauda, y lo hace inviable, ¿porqué se eliminaron los impuestos a la minería y se bajaron las retenciones a los productos primarios?

A la sombra de dicho eslogan se encuentra el problema real: un déficit comercial –diferencia entre importaciones y exportaciones– que acumula en el primer cuatrimestre del año un saldo negativo de 3.420 millones de dólares, marcando un récord histórico. Si a esto le sumamos la fuga de capitales –que se duplicó en 2017 superando los 22 mil millones de dólares–, que los exportadores dejaron de estar obligados a liquidar las divisas que reciben por sus commodities, y una toma de deuda cercana al 50% del PBI, nos permite dimensionar el artefacto explosivo que se dejará armado cuando termine el saqueo.

Hay otro dato clave de la realidad económica Argentina, que está ligado a las imposiciones del Fondo para aportar el primer desembolso de su crédito, tiene que ver con la cancelación del stock de Lebac. Las Lebac son Letras del Banco Central que cuentan con una tasa de interés del 40%, lo que posiciona al país como el campeón mundial de la tasa de interés, seguido por Irán en un cómodo segundo puesto con 18 %. Esto genera una serie de consecuencias (¿no deseadas?): permite la fuga de divisas, ya que los capitales golondrina ingresan con dólares que transforman a pesos, invierten en Lebac y, con los intereses más el capital, vuelven a comprar dólares que sin ningún tipo de restricción se pueden retirar del mercado. 

Una tasa al 40% además ahoga a las pymes, ya que, evaluando los costos de los insumos, sumado a un tremendo tarifazo, producir con valor agregado en un mercado sin consumo da una cuenta simple: resulta más rentable la especulación cambiara que el modelo productivo. 

Las exigencias de Christine

Quizás uno de los sucesos más tristes de los últimos tiempos –sin olvidar el pedido de disculpas al querido rey de España, las manifestaciones con relación a que las Malvinas serían un gasto, el desprecio por las universidades y la ciencia, la reforma previsional, entre muchísimas otras– fue la conferencia en la que el presidente de la nación tuvo que salir a manifestar que se habían iniciado conversaciones con el FMI. Fue la demostración cabal de que el poder fáctico lo tienen los grupos económicos, quienes pusieron un límite, “volvemos al Fondo” o la corrida bancaria los arrastra hacia el abismo.

Hasta que se conocieron las cifras del monto que se otorgaría (si se cumplen las metas), el gabinete económico –similar al mito canónico de la hidra–, hizo los deberes y planteó un brutal ajuste sobre la economía que, golpeando a los más débiles, superará los 20 mil millones de pesos. Una cifra escalofriante para ser un recorte, pero una migaja de pan en un banquete si se lo compara solamente con las reservas que se fugaron en la última crisis cambiaria: 10 mil millones de dólares. Es decir que el ajuste que se le promete al FMI, y que se pagará con aumento del desempleo y la pobreza, significa apenas un 8% de lo perdido en una corrida bancaria. 

Es cierto que uno con las cifras a veces se deshumaniza y pierde la capacidad de sorprenderse.

Crónica de un final anunciado

Está claro hacia dónde conduce este modelo. Ya conocemos las recetas, los actores que las aplican, y sabemos o sospechamos que no cierra sin represión. Se define como un mal necesario la reducción del salario real “para recuperar competitividad a través de la implosión de los salarios medidos en dólares”. Se ataca despiadadamente todo lo que tenga que ver con lo público. Se está profundizando la política represiva y se está equipando a las fuerzas de seguridad. Escuchamos voces que abogan por la intervención de los militares en los asuntos internos. Y en ese contexto, claramente las decisiones económicas las va a tomar el Fondo Monetario Internacional.

Tenemos el desafío de unirnos, de construir poder popular, de organizarnos para estar en la calle defendiendo nuestros derechos, con inteligencia y solidaridad, batallando con unos tanques mediáticos que son uno de los dispositivos más importantes del esquema de vaciamiento. En esto tenemos que concentrarnos. Seguimos siendo, a pesar de todo, los únicos dueños del destino de nuestra patria.