“Si el teatro se ocupa de definir lo que está bien o lo que está mal, estamos en problemas”, dirá Braian Kobla y dejará en claro que Montaraz (la obra que escribió y dirige) escapa o debate contra ciertos estándares lineales de la dramaturgia. Como un ensayo sobre cómo el poder atraviesa los cuerpos por medio de lenguajes yuxtapuestos que incluyen música en vivo, loops y cinco actrices (Denisse Van Der Ploeg, Julieta Ranno, Natalia Maldini, Anabelén Recabarren, Eliana Giommi), la obra viene de representar a la provincia de Buenos Aires en el Festival Nacional de Teatro realizado en Rosario y se presentará con entrada libre y gratuita este jueves 24 y el 31 en el Centro Universitario de Arte que depende de la Secretaría de Arte y Cultura de la UNLP.

Respecto de la experiencia en Rosario (tras haber ganado la instancia provincial), Kobla destaca la importancia de “entrar en debate con creadores de otros lugares distintos a lo que está instalado. A veces los debates y vanguardias están centralizados. Me interesan las búsquedas periféricas, y el festival permite un compendio de obras de todo el país, importantes para abrir el juego y mostrar que dentro de la periferia haya búsquedas singulares”.

Respecto de las búsquedas que escapan a lo estandarizado, el director contrapone Montaraz a “una estructura dramatúrgica apoyada en un relato que suele ser lineal. Nos propusimos preguntarnos de qué manera el espectador construye relato. La manera lineal no es la única. Uno escucha una sinfonía y construye relatos con climas, crescendos, etcétera. En el teatro, que tenemos más herramientas en relación con lo perceptivo, intentamos crear una obra donde el relato esté apoyado en canciones, loops de textos, coreografías y hasta freestyle”. Y explica: “Hay dos personas que discuten ideológicamente, pero al modo de las batallas de rap”.

Del mismo modo que se altera la narrativa, lo hace el espacio: “No trabajo con la idea de escenografía. Había pensado una estructura y dispositivos que posibilitaran el transcurrir de la acción, pero el mismo material empezó a expulsarlos y quedar desmantelado. Finalmente se trata de un cuadrilátero de 4×4, una mesa, cinco sillas”. Y tras señalar que “los músicos son el pulso de la obra” (Francisco Raposeiras y Andrés Dillón) se encarga de aclarar que su rol como autor es inherente a la interacción con el resto del equipo y la obra en sí: “Creo que cuando uno arranca un proceso de búsqueda la obra empieza a filtrar por sí sola. Si yo fui escribiendo en los ensayos, fue una creación colectiva en la que me apoyé en la particularidad de cada actor. Que se construyera desde el cuerpo de las intérpretes”.

“fui escribiendo en los ensayos. fue una creación colectiva en la que me apoyé en la particularidad de cada actor”

Originalmente su idea era trabajar con bailarinas o personas entrenadas en la danza. El hecho de que Montaraz sea protagonizada por cinco mujeres cobra un sentido agregado en una coyuntura de lucha por la igualdad de géneros. “Se terminó dando que eran cinco mujeres. Eso es loco, porque nos sorprendió, y uno advierte cómo la obra se resignifica por el contexto social, político. Cuando arrancamos se iban sucediendo las primeras marchas masivas de mujeres manifestándose. A la vez, las intérpretes están muy comprometidas. Inevitablemente empezó a reinterpretarse el material. Y cuando hicimos la primera presentación nos dimos cuenta de que tiene una resonancia actual”.

Atravesada por varios sentidos, la obra (que cuenta con escenografía, vestuario e iluminación a cargo de Sol Santacá y asistencia de dirección a cargo de Rafael Gigena) hace hincapié en el poder, y como “su discurso circula de manera aleatoria, no horizontal, una dice una cosa, otra responde otra. Nunca se puede instalar la lógica de débiles y fuertes. El poder como un random donde nadie entiende bien cómo opera”. Por eso se encarga de hablar de “resonancias” y no de un mensaje o bajada de línea: “No hay intención de ser pedagógico”.