Por Ramiro García Morete

La fuerza no pasa por el volumen sino por la claridad. La libertad no pasa por hacer cualquier cosa sino por elegir. Tan claras pero no tan frecuentes, tales ideas parecen ajustarse perfectamente a Güacho y su modo de comunicar: en cada concierto, en cada imagen o en cada nota.

Con tres discos (uno de ellos editado en vinilo por un sello austríaco), dos giras europeas y una en puerta, conciertos junto a bandas como Radio Moscow o Kadavar, el convocante trío con base de operaciones en Tolosa, integrado por Hernán Torres (batería), Joaquín Castillo (bajo) y Lisandro Castillo (guitarra y voz), se presenta en una especial y exclusiva jornada doble de entresemana: martes 8 y miércoles 9 de mayo en Pura Vida (Diag. 78 e/8 y 61). Ambos días contarán con la apertura solista de dos amigos y compañeros de Sr Tomate: Alejandro Bértora y Poli.

El principio de caminar

Desde el sonido hasta la imaginería, Güacho es atravesado por un discurso estético notorio que suelen llamar concepto. Y aunque no estuvo totalmente premeditado, ocurrió desde un principio. Lisandro Castillo cuenta que se trató de “crear una estructura para llenar de contenidos. Un experimento para un proceso creativo, quizas. Había espacios vacíos y cierta voluntad de darle lugar al imprevisto, pero dentro de algunos marcos que usamos como guía más que nada. Nunca como estructura rígida”.

Esa estructura dinámica (algo que atañe inherentemente a la música popular) implica una sonoridad densa y potente, pero no exenta de sutilezas. Un trío al frente que cobija sutiles capas y arreglos que otorgan al relato sonoro segundas o múltiples lecturas. Con el consejo heredado de Yupanqui (“la sexta en re”) y común a varios pioneros del río Mississippi, la banda escapa a la denominación de stoner –más allá de compartir algunos recursos– y se siente más identificada dentro de lo que se diría “blues pesado”.

“Nos encanta esa denominación”, asume Castillo. “Creo que es lo que hemos intentado… andar cerca de eso, no del blues como estilo estricto sino más bien pensando en su espíritu, en lo que significa, y acercarnos a su sonoridad con nuestros pocos elementos. Mezclarlo con cosas folclóricas desde lo rítmico y el uso de determinados recursos, buscar espacialidad y cierta psicodelia… pero por sobre todo, buscarnos a nosotros dentro de todo eso. Eso fue lo único concreto. La definición se la dejo al Indio Bazán Vera, que se cansó de hacer goles en el ascenso”.

A la espera de declaraciones a cargo del delantero de Almirante Brown, lo que está claro es que Güacho se ha convertido en una de las banda de notable convocatoria, demostrada en la presentación de su último disco al aire libre para mil quinientas personas, a pesar de no responder a ninguna etiqueta reconocible ni mucho menos tener un estilo radial.

Castillo no posee una respuesta concreta, pero “nos sentimos agradecidos más que nada porque nos ha permitido vivir momentos inolvidables y darle cierta sustentabilidad a la ilusión de sostener un proyecto estético musical que es algo que realmente no se imaginó”. Parte de ese reconocimiento se advierte en el respeto de bandas y artistas de otros estilos con los que comparten escenarios o simplemente admiración.

“Hemos intentado sostener maneras y formas que son lo que somos. Más allá del estilo o del agrado o no de ese estilo. Quizás tenga que ver con eso, no lo sé… No lo he hablado… Sí siempre hay afecto y buenas palabras para nosotros, pero creo que eso pasa con toda la comunidad de bandas y artistas independientes en la ciudad, no a todos les gustará lo que hacen todos o las formas de todos… pero en general todos entendemos que estamos más o menos en la misma”, completa.

Historias de viajeros

En 2017, Güacho presentó Vol. III  y cerró la trilogía propuesta en 2012. La persistencia de la memoria fue el título y como todo en la banda, la delicada materialización de una idea. “La guerra más difícil de todas, no olvidar –explica Castillo sobre un título que puede remitir a Dalí o a Carl Sagan–. Llegar al final, terminar una idea y no olvidarse de todo lo que pasó en el medio. Reinterpretarse y ser parte de una construcción definitiva como grupo de personas. O algo así… Es lo mejor que pudimos hacer con lo que somos”.

En la profundización de esa estructura dinámica, el larga duración (que contó con el aporte en percusiones de Edu Morote y los teclados de Julián Rossini) acetúa cierto pulso cancionero sin descuidar cierta obsesión por el audio. ¿Son tan metódicos como parece? “Sí y no. La obsesión es más con una idea de lo verdadero, lo que somos en verdad, la búsqueda inconclusa y eterna del lenguaje propio. Las ganas de que eso suene de tal manera para tal canción. Ahí te encontrás haciendo muchísimas cosas para acercar lo que te imaginás. Después está lo que sale. Pero sí, hay ganas de buscar sonidos, sensaciones a través de esos sonidos. El mundo del audio es completamente fascinante y es hermoso perderse en eso que, bien utilizado, enriquece de modos increíbles las canciones”.

Castillo prefiere ser cauteloso respecto de lo que ocurra tras la trilogía: “Estamos con las ideas puestas en el desarrollo de este último peregrinaje al que le queda un gran año”. Entre otras, este 2018 incluye su tercera gira por Europa. Castillo evoca las experiencias anteriores: “Imaginate viajar con tus amigos en un lugar donde todo es diferente… te hermana, te hace ver las cosas de otra manera, conocés otro mundo. El valor de la gente que quiere el bien acá o en el culo del mundo, es el mismo y es lo que hace que el mundo no sea un lugar tan horrible. Hemos conocido mucha y muy buena gente y han sido experiencias que han marcado todo lo que hacemos y haremos. Esperamos, como todo lo que se repite, mejorarlo, pero fundamentalmente volver a ver a seres entrañables que nos han dado estos viajes”. Entre los discos que seguramente suenen en la gira no faltarán The War on Drugs seguro, El disco plateado del Negro Lamas (Shaman Herrera) y cómo que no alguno de Los Tipitos…”.

Bajo la insignia de Tomas del Mar Muerto, Güacho maneja desde la independencia todos sus pasos con gran profesionalismo. “Veo medio raro lo que es la independencia… lo entiendo como etiqueta útil, pero no me parece que exista tal cosa. ¿Independiente de qué? Si necesitás de miles de factores funcionando… Espacios culturales, políticas culturales, necesitás de todo… Tenés que tener cierta cantidad de dinero disponible para comprarte un equipo… para repararlo… para viajar… Sí hay un valor en no responder a los condicionantes ideológico-políticos que no te representen, pero no más que eso. Después creo que a cualquiera que le propusieran un contrato a partir de componer sus canciones accedería. Uno quisiera vivir pensando sólo en ese misterio único que nos ha dado la música. El problema no es ese contrato, es lo que dice ese contrato. Lo que indica, sus pretensiones insanas, su desconsideración y su falta de respeto. A partir de ahí se vuelve una decisión o una subordinación. Después, cuando lo que hacés no tiene un rango comercial, no está pensado de esa manera y no accionás en esa dirección, creo que se transforma en el único camino. Más allá de que después aparezcan ciertos intentos interesados en tu “producto” cuando el barco ya está andando, es difícil que accedas a ese mundo tan hostil”.

Una cláusula inamovible en el contrato tácito de Güacho es la parrilla, que se enciende con mucha frecuencia tras el ensayo y donde, condimentos mediante y la inclusión también de propuestas no carnívoras, músicos y amigos comparten y pican sin platos individuales: todos desde una misma tabla. “Hay una piromanía importante –reconoce el asador de la banda–. Desde más chicos, los viajes al sur, luego sostenidos en el tiempo, a los fogones de toda esta época. Hasta habíamos pensado en prender unos fogones en la presentación, re imposible… con guita sabés lo que hubiese sido todo…Supongo que esa búsqueda medio primitiva que subyace (o no tanto) a un asado o a lo que sea vinculado al fuego sigue siendo fascinante, nos aleja de la alienación diaria y por sobre todo nos junta. Es lo que nos junta”.