Durante la ceremonia de nombramiento del nuevo embajador norteamericano ante la Organización de Estados Americanos (OEA), Carlos Trujillo, celebrada en la Casa Blanca, el vicepresidente de Estados Unidos, Mike Pence, volvió a arremeter contra Cuba, Nicaragua y Venezuela.

En una nueva actitud injerencista y antidemocrática, Pence mostró una enorme hostilidad contra los tres gobiernos, a los que tildó de “tiranías”, los amenazó y aseguró que seguirá trabajando para derrocarlos.

Afirmó que “el hemisferio occidental es una prioridad crucial para Estados Unidos porque la seguridad y la prosperidad de nuestra región afectan directamente la seguridad y la prosperidad del pueblo estadounidense”.

“En Cuba, puede que el nombre de los Castro se está debilitando, pero su legado de tiranía sigue vivo”, dijo. Luego agregó que “en las últimas semanas, el gobierno de Nicaragua ha reprimido brutalmente a su propio pueblo por alzar sus voces en protestas pacíficas”. “En Venezuela, bajo el mandato del dictador Nicolás Maduro, una otrora floreciente democracia se ha desintegrado en una dictadura”, aseguró Pence.

Por su parte, Trujillo afirmó: “Trabajaré diligentemente con determinación y nunca pararé hasta que Venezuela, Cuba, Nicaragua y el continente americano sean libres”.

Desde la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca, el ataque de Washington contra estos tres países se ha profundizado. La arremetida imperialista, antidemocrática y violenta que busca imponer gobiernos a la medida de sus intereses en cada punto de la región ha tomado un nuevo impulso.

La destrucción de los espacios de integración regional llevada adelante por los líderes neoliberales que buscan transformarse en los principales alfiles de Trump es un claro ejemplo de ello. El mandatario argentino Mauricio Macri y el golpista brasileño Michel Temer son dos claros exponentes de ello, y han sido fundamentales para la suspensión de Venezuela en el MERCOSUR, la desactivación de la UNASUR, la parálisis de la CELAC y la creación del Grupo de Lima (cuyo único fin es atacar al gobierno de Maduro). Que la OEA se haya vuelto a convertir en un Ministerio de Colonia norteamericano, y que la última Cumbre de las Américas se haya transformado en un circo en función de los intereses del magnate presidente estadounidense, también son parte de las políticas trazadas en la Casa Blanca.

A ello se suma la fantasiosa historia del “ataque sónico” contra los funcionarios norteamericanos en La Habana. Ficcional narración, digna de una película de James Bond, que sólo tiene como fin justificar el sostenimiento del bloqueo y entorpecer la normalización de las relaciones entre Cuba y Estados Unidos, medida que afecta no sólo a los 11 millones de cubanos que viven en la isla, sino a la enorme mayoría de cubanos y de norteamericanos que viven en Estados Unidos y desean el restablecimiento del vínculo entre los dos países.

A la lista se agrega la terrible asfixia económica contra el pueblo venezolano y la constante amenaza de intervención militar para derrocar al gobierno democráticamente elegido de Nicolás Maduro.

Tampoco quedan fuera de ese recuente los recientes hechos de violencia desatados en Nicaragua, que tuvieron como disparador la reforma previsional y que luego se transformaron en un verdadero proceso de desestabilización contra un gobierno que ganó por el 70% de los votos.

Al mejor estilo de las guarimbas realizadas en Venezuela por la violenta oposición, grupos cercanos a los senadores reaccionarios norteamericanos Marco Rubio, Ileana Ros Lettening, y Bob Menéndez transformaron las calles de las ciudades nicaragüenses en un verdadero campo de batalla. Con estudiantes como punta de lanza y mascarada y con los medios de comunicación entrenados para deformar los hechos y mentir descaradamente, los violentos grupos ocultaron su verdadero y único fin, que era derrocar al presidente Daniel Ortega.

Con la mentira como bandera y la amenaza a flor de piel, la antidemocrática política exterior norteamericana amenaza a los países soberanos y vuelve a poner en vilo la paz de la región.