Por Ramiro García Morete

“Te subo y te dejo donde te subí o donde me digas. Pero no hay que frenar. Es raro para mí frenar. No puedo. Me cuesta”. Ok: la entrevista se hace en su auto. José Supera está en mil cosas: clases, una novela, un guión y los preparativos para presentar un libro cuya buena recepción en su círculo íntimo no estaba en sus planes. Ni siquiera iba a ser una novela, sino un cuento sobre un entrenador de un equipo de rugby que estaba con menores. Pero cuando acercó la lupa –tal como él lo cuenta– vio una historia más grande, que incluía otras historias de ese club y, en verdad, iba más allá del club. Y no pudo frenar.

Legión, si bien se basa esencialmente en hechos reales, es un relato sobre el silencio y la velada opresión de las sociedades, potenciados en círculos que, bajo el aura de la pertenencia, se vuelven cerrados. Escrita en presente, los tiempos se mezclan y desde la oscura década del setenta a la ampulosa del noventa, desde la fundación del club hasta el presente, todo es –precisamente– presente. Y todo es de todos. Porque todo está narrado desde la primera persona del plural.

“Mientras en otro momento, que es el mismo momento, alguien escribe una novela que no es novela, sobre todo lo que nos pasó, pero, sobre todo, de lo que no nos pasó…”, dice, y entonces el narrador puede ser el primero de los diecinueve jugadores asesinados o desparecidos por los militares, pero también aquellos cofrades del club que los “batieron”; puede ser el jovencito que se iba con este entrenador que de un día para el otro fue borrado sin mucha explicación, o el que quedó paralítico, o el crack que se rebeló y murió de la manera que cada uno elegía contar: el narrador puede ser los dirigentes en cuestiones poco claras o los jóvenes arrogantes de camisas Lacoste embriagándose ferozmente y maltratando a la gente de menos recursos, o la gloriosa sensación de honor y lealtad que emerge de un scrum.

Como cuando era hooker antes de su lesión de cuello, Supera va hacia adelante todo el tiempo, inclusive cuando retrocede. Pero el narrador parece atascado en un nosotros menos cerca –por decirlo así– de Whitman que de Elliot: los hombres huecos, los hombres rellenos, como una voz mecánica y oscura, una tierra baldía incendiada por ritos y regida por leyes donde retumban como fantasmas las voces de lo no dicho.

Supera confiesa: “Siento que me faltó decir algo. Quizás es algo mío”. Y explica: “Creo que es un poco por un ambiente que conozco mucho. Mis amigos son de ahí, yo jugué hasta que me lesioné el cuello a los veinte. Y prácticamente uno de los personajes de ahí es una mezcla de mi propia experiencia con un entrenador que tuve”.

Si bien no lo menciona el libro, “ahí” sería La Plata Rugby Club, y se encarga de aclarar el amor que siente por el juego y por grandes amigos que aún conserva, pero que “cuando uno se hace escritor o se pone escribir y tiene que agarrar y hacerse cargo de lo que pasó en su vida y por lo lugares que pasó, es muy difícil luego no contar. Me ha pasado con mi familia sobre cosas que no les han gustado. Tampoco sé si quiero hacer daño con la escritura. Pero uno tiene que hacerse cargo de lo que es, de lo que lo rodea y cómo uno está confirmado”.

“De alguna forma mi narrativa no estaría dada como está de no haber jugado al rugby. Mi narrativa en cierta forma va mucho para adelante, no frena. En el puesto que jugaba era ir para adelante todo el tiempo. El hooker es la punta de lanza, el que mandaban a morir primero. En mi vida me influenció: ir para adelante y chocar. Escribo y choco. Por ahí no pasa nada, y por ahí pasa. A nivel estilístico, también es ir para delante.”

Secretos verdaderos

A pesar de mezclar tiempos, voces e historias, el libro es dinámico y claro. “No tenía un mapa”, cuenta Supera. “Tenía varias historias. Esto empezó como un cuento. La historia de un entrenador que abusaba de unos chicos y el tipo está en su casa ahora. Por eso era una especie de revancha, de hacer una mínima justicia desde la ficción. No es un libro de investigación ni nada. Quizá ese algo que me quedó para decir. Siempre me quedó la espina de que en el club haya gente que ha marcado a jugadores y siga yendo como si nada. Y todos saben en el club que hay jugadores desaparecidos marcados por tal o cual tipo. Y a mí me parecía nefasto.”

Supera deja en claro que no hay resentimiento sino crítica: “Para mí esto podría ser la historia de un país, una muestra pequeña de lo que es una sociedad”. Eso puede advertirse en problemáticas que en estos círculos cerrados se potencian, como el lugar de la mujer. ‘Nuestras novias son también nuestras hijas, pero también nuestras madres y hermanas’, reza un pasaje. ‘De sus vientres sangrantes llegarán las próximas camadas de jugadores. Y es por eso que siempre debemos velar por la seguridad de esas frágiles presencias que nos pertenecen’”.

El libro publicado por Club Hem Editores se estará presentando el sábado 5 de mayo a las 16:30 hs en Zona Futuro, sala de la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires. Pero antes, durante y después, Supera estará pensando también en El hombre que quería ganar un premio literario, la novela que está escribiendo y dice que se está “divirtiendo.” A su vez, un proyecto para una película en Bolivia (El chico de un rayo, basada en un cuento suyo), la espera del rodaje de Limpiavidrios, y otras ventanas abiertas en su computadora, mientras está leyendo a Marta Dillon, James Elroy y Aira.