El Pampero Cine: libre como el viento

La cineasta platense Laura Citarella reflexiona sobre la prestigiosa productora de la cual es una de sus cabezas y “La Flor”, la grandilocuente obra y plato fuerte del BAFICI que se estrenará mañana.

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Por Ramiro García Morette

Lo bueno del cine es que durante dos horas los problemas son de otros, dijo en tono de humorada alguien alguna vez. Pero para muchos el cine no es un problema sino una experiencia -compleja, por supuesto- que se asume como decididamente propia. Y cuando uno de apropia o se deja apropiar hasta volverse esa experiencia, el tiempo no puede ser un condicionante. O, como dirá Laura Citarella, “que el tiempo sea más bien un compañero y una aliado”. La cineasta platenses es una de las “social vitalicias” -junto a Mariano Llinás, Agustín Mendilaharzu y Alejo Moguilansky- de El Pampero Cine, una de las productoras nacionales más prestigiosas, originales e independientes en todos los sentidos. Una estructura horizontal donde los roles van rotando en pos de una causa común. Películas como Historias Extraordinarias (Llinás) o La mujer de los perros (Citarella), solo por citar algunas, desafían formas, estéticas y narrativas, y el mismo modo estandarizado de producir y proyectar cine. Su flamante obra -cuyo estreno parcial devino en una procesión casi espiritual de un fin de semana en Trenque Lauquén- se llama La Flor. Con dirección de Llinás, se trata de una obra rodada en casi diez años y que alcanza las catorce horas de duración. Por lo cual su proyección en esta veinteava edición del BAFICI se dividirá en tres funciones. Seis relatos que recorren distintos géneros y posibilidades protagonizados por Valeria Correa, Elisa Carricajo, Pilar Gamboa y Laura Paredes (actrices, dramaturgas y directoras del colectivo Piel de Lava). Una nueva obra grandilocuente pero elaborada artesanalmente que sin dudas es uno de los platos fuertes del célebre festival.

Forma de ser

Citarella se explaya sobre el sentido de la forma: “Además de como un lugar estético, un lugar desde donde hacer transformaciones, también un lugar político. Muchas veces se acusa a las películas de El Pampero o de películas cercanas de otros directores de no tener un compromiso político. Y en un punto son estos elementos los que se vuelven objetos políticos”. Citarella mira con reticencia aquello de “la forma es contenido”: “Digamos hoy en día pensar de manera binaria algo es raro. En general las películas que hacemos le huyen mucho a la idea establecida de contenido o de contar historia o que en el argumento o lo temático este la película, no experimentando todo el tiempo con formas que van acompañadas de ciertos procedimientos y cierta dramaturgia. Nos peleamos bastante con cierta idea de lo temático. Es algo que se ha metido en el cine mucho a partir de las series, que son cien por ciento temáticas, que necesitan efectividad en cuanto al guión, necesitan que los espectadores se identifiquen, establecer un discurso, un lugar moral para que el espectador haga interpretaciones. Los espectadores se volvieron mucho más reactivos a la forma”.

Trabajar la forma, sin dudas, lleva su tiempo. “La Flor se rodó en diez años. Y en general las películas de El Pampero se vienen realizando así, a lo largo del ‘mientras otra cosas’. Va a ser raro pensar sin La Flor. Lo que dejó es que habilitó a un nivel ilimitado de poder hace películas de esta manera, sin que te importen los problemas de continuidad y que el tiempo sea más bien un compañero y un aliado. A lo lago de la película uno ve cómo las actrices envejecen, pero también cómo dominamos mejor las formas o las herramientas técnicas. Se aprecian distintas adquisiciones a lo largo de diez años.”

Pero la idea del tiempo no sólo implica lo cronológico, sino el modo de producir imágenes y trabajar las escenas según lo que ellas requieren y no lo que indica una estructura vertical o el sistema industrial. “Dentro de un esquema como el nuestro, que intenta ser más un espacio de expresión y de creación, es raro someterse a esas reglas más obtusas. El tiempo que uno tarda en producir una imagen o producir una escena es el tiempo que esa escena manifiesta orgánicamente que necesita. Y si uno intenta manipular eso, puede que salga mal.”

Continuará

Algunos años atrás, Citarella dividía su vida entre el cine y la música. Editó un disco de canciones y se presentaba en distintos escenarios de La Plata y Capital Federal. Sin embargo, afirma que “son dos cosas muy diferentes. Hay algo de la inmediatez de agarrar una guitarra y ponerse a tocar que no existe en el cine. En el cine se necesita mínimamente una estructura para filmar, quizá un poco de dinero. Hay algo del tiempo entre que uno tiene una idea, la desarrolla, consigue la plata, filma. Aunque es verdad que nosotros igual tratamos de llevar ciertos esquemas de banda de rock al cine”.

Tras Ostende (protagonizada por Laura Paredes) y La mujer de los perros (con Verónica Llinás), Citarella prepara Trenque Lauquen. “Es como una segunda película del tipo de Ostende: localidad de la provincia de Buenos Aires y personaje que cae de alguna manera como turista o extraño. En ambos casos, el personaje es el mismo pero no hay una relación de tiempo entre una y otra. No tiene pasado ni futuro. También hay algo del tono y las actuaciones, pero que va encontrando algo más propio. Empieza a caminar para un lugar más inesperado. Es una película mutante, que se va transformando constantemente. No sé hasta qué punto, porque todavía no la terminé”.

Cuando La mujer de los perros fue estrenada, Citarella solía comentar sin bandera pero con orgullo: “La hicimos cinco mujeres y doce perros”. Obviamente consciente de la perspectiva de género, se corre sin embargo de un mirada literal en cuanto al ámbito del cine. “Yo siento que cuando se discute el espacio de la mujer en el cine es mucho más problemático -como todos los problemas de género- en espacios con estructuras verticales. En espacios donde hay un patrón, donde hay potreros, donde hay pirámide… Donde hay guita, para ser más concreto. Donde hay poder es más difícil que la mujer entre en un rol de líder o directora, y también en otros roles. Pero no tanto en un contexto horizontal como el nuestro”.

Define El Pampero como una familia que “piensa el cine como un ejercicio no industrial o comercial, sino más bien que se autogestiona para no dejar de existir, para que el cine no se muera. Es un grupo al que le interesa experimentar con las ideas, los pensamientos, y que está muy cerca de otros grupo que están en la misma sintonía en otros disciplinas (teatro o música independiente)”. Y extiende: “En ese sentido, hay una visión política claramente. Cada vez es más complejo resistir con estas ideas, concretamente no existen los patrones”. En ese terreno, El Pampero nunca ha trabajado con el INCAA, pero considera que es necesario y señala con preocupación su situación: “Está muy bien que exista una industria, que haya trabajo, que haya subsidios. Criticar al INCAA no serviría hoy, porque está en una situación de vulnerabilidad y preferimos no dañarlo más de lo que está. Lo que creemos de base es que la burocracia y la industria no le hacen bien a las películas. Ahí es donde disentimos con el INCAA”.